Por Alfredo Padilla / @_PadillaAlfredo

Kiko Amat lo leí por primera vez en 2009, en unas fotocopias que alguien llevó a un desprovisto taller literario en San Luis Potosí. El documento se llamaba Manual de Literatura para Punks (o cómo publicar tres novelas sin haber estudiado), en el que el autor enumera, en una sarta de pasos desordenados, como garrapatear en primera persona: “La única manera de hacer crítica-narrativa sincera, humana y con alma y intestinos y —perdonen— pelotas, es mediante el contexto y con una sólida primera persona viva y real detrás. Lo demás es cirugía, disección de ranas, escribanos timoratos escudados tras el “juicio” y el ”análisis” que carecen de valor para desnudarse en público y escupir todo el dolor y la exultación que acompaña al estar vivo”.

El punk que llevó el Manual —un antisocial de nombre Ledy Romero— escribió sobre las hojas el nombre del autor con un Pilot en grandes letras negras: KIKO AMAT. El texto, por supuesto, me voló la cabeza.

kiko amat

Kiko Amat / Foto: David Herranz.

Leí —con inclinación caníbal— sus cuatro novelas publicadas en Anagrama: El día que me vaya no se lo diré a nadie (2003), Cosas que hacen BUM (2007), Rompepistas (2009) y Eres el mejor, Cienfuegos (2012), así como su Mil violines y otras crónicas sobre pop y humanos publicado por Reservoir Books y Mondadori en 2011, y Cha chap: (una antología confesional), en Blackie Books (2015), la recopilación de algunos de sus mejores —y peores artículos— publicados en varios medios, que yo había leído con anterioridad en Bendito Atraso, su blog personal.

Kiko Amat (Sant Boi, 1971) se define a sí mismo como un novelista autodidacta de extrarradio, periodista cultural sin estudios, anglófilo bocazas y fan totalitario del pop. En esta entrevista desaforada, hablamos de temas varios como los fanzines que ha editado, de Nick Hornby, Irvine Welsh y actores porno, así como de la escritura en primera persona, el punk, las series de televisión, del pedagogo revolucionario Ferrer Guardia y la anarquía.

Te leí por primera vez hace diez años en la antología de la revista Generación de Carlos Martínez Rentería sobre la Contracultura en México, llamada La Cresta de la Ola, con un texto titulado Manual de Literatura para Punks, publicado originalmente en el fanzine La Escuela Moderna. ¿Fue la revista Generación y Guillermo Fadanelli quienes te abrieron paso en el “mercado” editorial mexicano?

Bueno, lo que me abrió el “mercado” mexicano fue publicar en Anagrama, que tiene una presencia enorme en Latinoamérica, y también que Herralde sea como un venerable dios pagano allí. Un Shiva de la edición. Benigno o destructor, dependiendo de la ocasión (es broma, Jorge). Como autor de Anagrama paseé y emborraché a Fadanelli (de quien soy un lector razonablemente fiel) cuando estuvo en Barcelona en el 2005 o 2006, y supongo que eso propició el partido de vuelta. No conocía la revista Generación ni a ningún otro autor mexicano (me avergüenza confesar) antes de visitar el DF en el 2007. También soy lector y fan de J.M. Servín y de Juan Pablo Villalobos. Lo pasé bien en México, aunque no me hallaba en la mejor época de mi vida. Y al regreso me dolía un poco el tabique nasal y el hígado.

¿Por qué murieron Rowed Out!, Hangover, Vendetta y La Escuela Moderna, el fanzine que publicabas junto a tu hermano Uri? El único fanzine en Barcelona editado durante ocho años consecutivos, y que, en tus palabras, no era “uno de los mejores fanzines del país sino el mejor”.

¿Yo dije eso? Qué asco. Generalmente no hablo como Ice T (aunque no niego ser un puto bocazas). Pero sí, yo era fan de mi propio fanzine, lo cual resulta bastante abochornante. Hice el fanzine que yo desearía leer, no sé si eso es lo común (creo que sí). Todos los fanzines que mencionas tuvieron su razón de ser, y en su gran mayoría tienen que ver con la juventud, el empuje, la pasión y una cantidad de tiempo descabellada en mis manos. Todos terminaron cuando me harté, o cuando la vida me llevó a otros andurriales. Ya no edito fanzines. No tengo tiempo, y es algo que ya no me interesa particularmente (aunque la edición de fanzines en general me resulte admirable). Tampoco los leo, por cierto, y supongo que eso es también un motivo para no editarlos. No puede hacerse todo en esta vida, y lo que hago es a fondo (no como un diletante).

¿De qué manera influyó para ti Ferrer Guardia, quien fuera vilmente fusilado en Montjuic en 1909, tras los sucesos de la Semana Trágica?

En nada, o casi nada. Admiro a los anarquistas desde una cierta distancia basada en el pesimismo natural (al contrario que ellos, creo que el hombre NO es bueno por naturaleza), y desde luego respeto su proyecto pedagógico de Escuela Moderna, la de verdad, pero yo no soy muy de leer tratados teóricos anarquistas. Cuando sí lo hacía, por pura hambre de conocimiento, me moría de sopor. Proudhon era un plasta, por necesario que fuesen en su momento su mirada y sus ideas. Solo terminé Max Stirner porque el tipo me parecía esperpéntico, y su vida totalmente incongruente con lo que predicaba (era un gusano), y El único y su propiedad es puro delirio. También me hacen gracia las fantasías “anarco-individualistas” de Émile Armand, Godwin o el propio Stirner, pero las tomo por lo que son: experimentos en fabulación pura y utopía con grandes visos de catástrofe y caos social. Utilizar La Escuela Moderna como nombre de fanzine es solo un homenaje pop, nada más, como ponerle a tu grupo Durutti Column o calzarte una camiseta de Brigate Rosse (aunque sin las faltas de ortografía que puso Strummer en la suya).

He escuchado decir que eres el Nick Hornby de Barcelona. Yo estaría más de acuerdo con Antonio Ortuño, el escritor mexicano autor de La Fila India (Océano, 2013), quien en una cantina de Zacatecas me expresó que eras el Irvine Welsh de Llobregat, pero que pocos lo sabían. ¿Cómo se considera El Kiko?

Nick Hornby me gusta, pero del mismo modo en que me gustan los Carpenters o The 5th Dimension o Barrio Sésamo. Siendo consciente que mucho de lo que hace Hornby es puro melindre. Pero en fin, también tiene que haber sitio para un cierto tipo de endulzamiento. En efecto, por bagaje y entorno y visión me considero mucho más cerca de Welsh. Él también era el solitario y sensible de una panda de vándalos. Pero escribimos muy distinto. Welsh me encanta como ser humano, por añadidura.

¿Qué se siente ser un samboyano famoso, al lado de la actriz porno Fayna Vergara y de Toni Ribas, actor también porno y director de la saga de películas XXX Hardcore Innocence?

Olvidas los basquetbolistas. En efecto, mi pueblo natal es célebre mayormente por el básquet y el porno. Pero siempre lo había sido por el manicomio (hospital psiquiátrico), que era uno de los mayores de España, y también el rugby. Locos y balones ovalados. Nunca hemos destacado en las letras, las artes escénicas o el rocanrol. No sé por qué nunca han nacido más grupos de música aquí. Quizás sea porque el sitio es tan desesperanzador que te quita las ganas incluso de berrear en un micro. En todo caso, no soy famoso, solo vagamente conocido en un sector muy concreto. Desde luego no al nivel de los personajes que comentas (me acabo de enterar de quién es Fayna Vergara, lo confieso).

¿Qué representa para Kiko Amat ser parte del “Yoísmo”?, como diría Iñigo López Palacios, es decir, ser cómplice de la escritura en primera persona, como lo hace Chuck Klosterman (Minnesota, 1972) en al menos una decena de libros publicados desde 2001, y quien se ha podido colar en la revista Spin y en el New York Times.

Siempre he escrito en primera persona. Sé hacerlo de otro modo (en tercera o en segunda, en primera del plural y cómo se tercie) pero me toca más hondo y creo que establece una conexión más directa con el lector cuando escribo en primera. Todos mis autores y articulistas favoritos hablaban de sí mismos. No me va mucho lo de reflexionar sobre teoría literaria o periodística, así que solo puedo decirte que para mí es algo natural, y que encaja con mi talante y las cosas que me emocionan. Me gustan las historias vivenciales, aunque estén deformadas al modo Nik Cohn (que mentía como un bellaco cada vez que abría la boca o se acercaba a un teclado). No me interesa tanto la realidad como la épica y la fabulación. Cuando leía críticas de música pop con una parte de vivencia del crítico siempre me interesaba más su vida que la confección del álbum en cuestión. Y siempre me gusta más la leyenda y la batallita amplificada que lo que es pedestremente verificable.

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¿Cómo surge el festival multidisciplinar Primera Persona, un ciclo de jornadas para protagonistas de historias publicadas o subterráneas, que diriges al lado del escritor Miqui Otero?

De poner en un festival lo que te comentaba en la pregunta previa.

Justo en dicho festival convocas a los periodistas Nacho Carretero y Alberto Arce, pero también al escritor jalisciense Juan Pablo Villalobos (Anagrama, 2010), para hablar sobre el fenómeno del narcotráfico internacional. ¿Cómo llegaste a Juan Pablo?

Vaya, contesté un poco a esto en la primera. A Juan Pablo le conozco por sus libros, aunque he constatado luego que es una excelente persona, brillante y con las ideas muy claras. Y un narrador nato. Mi favorita suya es Si viviéramos en un lugar normal (2012). Esta entrevista ha sido realizada con un timing perfecto, pues acaban de anunciar el premio Herralde de novela y lo ha ganado él (cosa que, por otro lado, ya me habían soplado mis espías). Nadie lo merece más.

¿Cuál es tu banda Punk favorita?

Depende de qué punk. Del 60’s punk, Standells o Kenny & The Kasuals. Count Five también. De punk 77, supongo que Generation X y Clash. Luego, de punk 79-84 tengo millones de favoritos, especialmente en la vertiente mod revival y Oi. Me encantan Blitz y los Rejects y Purple Hearts, por ejemplo. El primer elepé de los Business es superfavorito de siempre. Y todo lo de Subway Sect.

El término Black Humor, como el de ciencia ficción, se ha popularizado y ha dejado de formar parte de la terminología propia de la crítica literaria para ingresar al lenguaje cotidiano, cuyo progenitor es quizá el novelista Bruce Jay Friedman. Tu humor es muy parecido al de Kurt Vonnegut, al de Joseph Heller, Terry Southern y Thomas Pynchon. ¿En realidad, de dónde proviene ese humor ácido?

El humor, como dice Tim O’Brien, no busca evadirse de la pena, sino que es una respuesta a ella. Me río, literalmente, por no llorar. Mi humor negro proviene de ser un tío dañado y estar bastante magullado, y tener una visión de las cosas que se define por el odio y la culpa y el resquemor, pero enfrentarme a todo ello con mofa cáustica. Uno tiene que reírse de todo, especialmente de uno mismo. El mundo es absurdo y ridículo, y los hombres lo son más aún. Son los dignos habitantes de este lugar cruel y arbitrario, decepcionante, pero que asimismo nos depara dos o tres cosas buenas. Las justas para no pegarte un tiro en la cara mañana mismo. Mi humor es, así, una respuesta a la tristeza de vivir. Cada uno afronta estas cosas como puede. Hace dos siglos habría tomado láudano y habría contraído alguna enfermedad venérea o me habría marchado al frente o me habría convertido en explorador del Congo, hoy en día me tomo un par de cervezas y me río con mis hijos, mi mujer o un par de amigos. Y escribo una novelita ligera. Todos los autores que mencionas me encantan y me considero su discípulo, aunque Pynchon no me gusta estilísticamente. Me encantan sus temas, pero soy incapaz de leerle. Es demasiado abigarrado. No aplica ningún tipo de contención al texto. Esas frases llenas de citas y dobles sentidos, que se extienden hacia el horizonte casi tanto como mis testículos se van hinchando al leerle…

¿Qué es ser un Anarco-Dandy?

No tengo ni idea. Una chorrada, posiblemente. Digo muchas tonterías, y esta es una de ellas. Lo saqué de la revista The Chap, que está dedicada al dandismo ludita, que a su vez encaja un poco con mi vieja visión mod de algunas cosas. Hubo una época en que me gustaba la mezcla de anarquismo individualista y zapatos pulcros. Me temo que ahora eso no se cuenta entre mis prioridades. Es una idea obsoleta, en cualquier caso, y muy pija. Me aburre la elegancia. No significa nada, no dice nada de nadie.

Kiko Amat

Laura Fernández ha dicho que Chap chap es una “oda al yo periodístico”, una divertida colección de artículos que abren un post-nuevo-periodismo, una prensa (sin complejos) en primera persona, que practicas e importas desde Inglaterra. Has sentenciado que “en el periodismo hay que escribir violento, pero el primer damnificado tienes que ser tú”. ¿Cuál es tu óptica personal del reportaje, cuáles serían las reglas de ese post-nuevo-periodismo?

Me resulta difícil contestar a esto. Yo no soy un “periodista de raza”, como suele decirse. Soy completamente subjetivo, autodidacta, y me dejo guiar por el romanticismo, la manía, la ira incandescente. Soy más bien un columnista que ha aplicado el columnismo desde el Yo a modos de los demás ámbitos del ensayo, con los resultados esperpénticos que ya conocemos. Yo siempre hago crónica en primera persona, independientemente de lo que me hayan encargado. Incluso en críticas de discos. En mis reportajes siempre salgo yo; soy incapaz de adoptar un discreto segundo plano. Esto no es porque yo me parezca particularmente fascinante a mí mismo, sino porque me gusta la involucración física y emocional del artista en la crónica, y he aprendido a hacerlo así desde que empecé a escribir. En mi libro Chap chap aparecen algunas de esas reglas y normas autoimpuestas o espontáneas de lo que hago. Pero si tuviese que resumirlo en algunos mandatos fundamentales, serían: no seas melifluo; no seas cursi (sé cualquier cosa menos un cursi); no seas aburrido; no seas impersonal; no seas copión; no seas un diletante; no seas advenedizo; no tengas miedo a estar solo; no tengas miedo a hablar de ti (cuando haya algo que contar). Y no seas un puto cobarde. Esto no va de caerle bien a la gente, ni de resultar simpático, ni de posar sonriente en las fotos.

¿El título de Chap chap proviene de aquella canción de La Granja?

En efecto. La canción habla del anhelo de juventud perenne, que por supuesto es una quimera, y por tanto una tragedia por definición. Siempre me ha entristecido la pérdida de inocencia que viene con lo de hacerse adulto; nunca he superado del todo esa mierda. También versa sobre el orgullo de no ser “normal” y no acatar las normas del mundo adulto. Me cago en la “normalidad”. Soy un freak orgulloso, desde mucho antes de que fuese vagamente hip lo de ser un maldito friqui tembloroso, afásico, anémico y con los dientes en desorden. No me importa estar mascullando a solas en un rincón. No me amedrenta la tensión a algunos les crea el no encajar. He sido demasiadas veces el único “algo” de una habitación para que eso me importe una mierda.

“Escucho música pop porque estoy triste o estoy triste porque escucho música pop”, expresa el actor John Cusack. Has acuñado el lema “Pop y Redención”, aunque también has dicho que no haces realismo social, pero tampoco pop. ¿Qué le aporta este género a Kiko Amat?

Esa es la típica frase Hornby que suena muchísimo mejor de lo que es. Muchos autores se especializan en esas frases de traca que en realidad no significan gran cosa. Yo soy un tío melancólico, pero ya lo era antes de conocer el pop. El pop verbalizó mi melancolía, tal vez. Me enseñó a explicarla y a conocerla cuando aún carecía de herramientas para hacerlo. Pero no me gusta la idea de la “literatura pop”, al menos no en su acepción común. Me parece una excusa para hacer amigable y mundana un tipo de literatura posmoderna autoreferencial en un marco puramente intelectual que me resulta muy irritante. Pero tampoco, desde luego, hago realismo social, porque —como decía antes— me interesa mucho más la épica y la hipérbole. Y los mamporros a mansalva. No sé muy bien lo que hago, en resumen, pero mi ideal narrativo estaría en medio de Wodehouse y Hubert Selby Jr. Humor brutal y tragedia salvaje, juntos. Catástrofe y venganza y humillación con algunas carcajadas estruendosas de aderezo.

¿Qué aconsejarías a los jóvenes escritores que quieren escribir en primera persona?

A botepronto, se me ocurre decir algo que va a sonar casi darwinista e incluso inhumano: no todo el mundo ha vivido vidas dignas de ser noveladas. Lo siento, tíos. Y aunque Karl Ove Knausgård sea un genio hablando de la cotidianidad, y detallando hasta el paroxismo su visita al supermercado sin que te aburras un solo instante, no todo el mundo puede hacer lo que él hace. No todos los mitos tienen la misma calidad, ni todos los yoes son igual de interesantes. Hay algunas primeras personas que deberían estar prohibidas. Colega: no hables de ti. Tu vida es muy bonita y apacible, incluso envidiable, tu familia maravillosa y benigna, pero esto es un coñazo de libro. Es mala narrativa. ¿A quién le interesan esas pajas estudiantiles? Dios santo. La narrativa es CONFLICTO.

¿Qué serie estás viendo ahora?

Transparent. Voy un par de años tarde, aparentemente, aunque debo decir que a mí la actualidad y el zeitgeist me traen bastante al pairo. Entro en las cosas cuando encajan en mi universo, o cuando se cruzan en mi camino, no cuando me obliga la tendencia en boga. Traté de ver Twin Peaks la semana pasada, porque cuando se estrenó en 1990 yo corría enloquecido por los campos de batalla de la subcultura juvenil y nada podía importarme menos que una serie de TV. Pensé que tal vez me había perdido algo, y tal vez fuera así. Lo que está claro es que seguiré perdiéndomela, porque me ha parecido insoportable y ha envejecido bastante mal. Solo me gustó el agente Cooper: un gran personaje, lo admito. Pero el resto de pánfilas haciendo morritos, los motoras repeinaos con las chupas inmaculadas, la chanteuse etérea en un bar de carretera de supuesta mala muerte, la dueña del aserradero que es una japonesa despampanante… Se me escapaba la risa y, claro, esa no es forma de ver una serie de suspense.

¿Mod, punk o popero?

De joven fui un mod con mentalidad punk. Me gustaba más el desorden y el despiporre tribal y narcótico (y vandálico) que el preciosismo y cool modernista. La frialdad no es lo mío. Soy de sangre caliente. Siempre relacioné subcultura con rebelión, obviamente, y con rechazo al mundo adulto, y con meterte en problemas, y con antiautoritarismo. Yo tenía una visión de los mods muy idealizada y muy bélica. Poetas guerreros, vaya. También me gusta la uniformidad y la dureza de lo skinhead. A John Osborne le llamaban teddy boy de la literatura, y quiero creer que yo soy un poco skinhead de narrativa, aunque con cierta ternura añadida. Me gusta la narrativa brutal, dura, limpia y hermosa. Aborrezco la afectación, la verborrea gratuita, los ejercicios de estilo y lo gazmoño. “Popero” siempre suena a insulto, lo digas como lo digas.

Kiko Amat

Editor Yaconic

Editor Yaconic

Revista de arte y cultura

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