Por Antonio Calera-Grobet / @manchadetinto

Ilustración: Helena Blanco / Private Junk

El paseo por el parque para olvidarme del escritorio se ha convertido en todo un viaje desde que conocí a A. Dada una noche fría de color púrpura, podemos decir que un tanto licuado por media docena de cervezas belgas, se me soltó de pronto la lengua con la mesa de al lado. Ahí estaba A., con su corte asimétrico como marco de su piel banca (contrastada suavemente por el surco de sus labios color vino), acompañada de una perra de bigotes largos, genuinamente despeinada, con suma personalidad. “Kiwi”, me dijo, sin que le preguntara su nombre. Ahora digo que esas mechas de su Kiwi hicieron que me fuera de lengua y me enredara con A. Cuando A. llega de la oficina y se da un baño, salimos expulsados como por cohetes para dar vueltas con la Kiwi. Yo, enredado hasta el cuello entre sus vidas, debo decir que nada me encresta tanto (quiero decir como si surfeara yo mismo sobre una ola gigante vestido de batón de seda), que saberme preparado para tal periplo por el sur de la ciudad. Es más: en ocasiones, debo reconocerlo, sin haber esperado lo suficiente a la llegada de A., con cierto nerviosismo de ser capturado al cometer la fuga, he decidido hacerme al camino yo solo con mi cuadrúpeda y peluda amiga, con quien gusto de pavonearme frente a tantos paseantes y sus ordinarios ejemplares.

kiwi antonio calera-grobet ilustracion OK

No es que la Kiwi sea preferible a otras especies que parecen haber sido diseñadas para refulgir. No. No es siquiera bonita y tampoco puede decirse que sea elegante. Algunos limitados que la ven como una simple mascota le han dicho “mona”, “simpática” o “chistosa”. La gran imbecilidad. Estoy convencido que si comprendiera lo que ello significa, se soltaría a tarascadas contra los torpes dedos que le soban la cabeza como si fuera una bola de cristal, desgarraría los suéteres y chamarras de los que no atinan más que a moverle el copete de un lado a otro suponiendo que tal estupidez le gusta. No. Nadie atina a definirla. Kiwi está lejos de todo eso y justo en ello reside su absoluto carisma. Da la impresión que la Kiwi simplemente se hermosea a sí misma y el no clamar por la certificación de nadie la hace flotar sobre los pastos, aplastar a cualquiera sobre las pasarelas del parque.

Tal y como sucede con un caballo y su jinete, al principio no sabía cómo caminar con Kiwi. Rapidez y lentitud, ritmo y parsimonia fueron indicaciones difíciles de comprender para nuestro binomio. No pocas veces A. tuvo que mostrarme la manera idónea de sujetar y jalar la correa, de cómo irme haciendo de la autoridad necesaria sin sofocar el estilo de su ser vivo preferido, de su mamífero querido como ella le decía en voz alta para molestarme. Entonces los tres reíamos y seguíamos nuestro camino. Es cierto que al cabo de algunos paseos (pese a las interrupciones más o menos ruidosas de los ejemplares de poca monta), todo se tornaría en una natural cadencia pero la cosa no fue sencilla. Y aunque A. no participe de nuestras teorías conspiracionistas calificándolas de paranoia, Kiwi y yo hemos convenido que las agresiones que sufrimos en los entrenamientos se deben al rencor de ciertas especies por haber pasado de moda. ¿Cuántas especies no habrán sido abandonadas luego de pasar la fiebre de su glamour mediático? ¿Cuánto más tuvieron los pastores alemanes luego de Rin Tin Tin en los cincuenta, o los collies luego de que nadie recordara a la Lassie de los setenta, los casi marciales dobermans luego de la muerte de Thomas Magnum en los ochenta? ¿Quién se haría de la gracia de un boxer ahora que nadie los pela? ¿Quién invitaría a dormir a un lindo san bernardo, a conversar tranquilamente con la esquizofrenia de un cocker spaniel?  Tantos y tantos que se fueron. Ya no vemos babear lenguas negras de chow chow, ya no hay nieve en ninguna techumbre como escenografía para alaska o akitas, tantos otros que sucumbieron por mero y seco desprecio: los french poodle, por ejemplo. ¿Quién habrá escupido sobre la faz de la tierra tan insignificantes perros del menor de los infiernos? ¿Quién mando chihuahuas que son más bien ardillas cruzadas con ratas?

En fin. Perra es la vida del perro mundo de la farándula. Por lo pronto Kiwi, A. y yo seguimos en lo nuestro, a decir verdad con ufana altanería. Obstaculizamos las puertas de las tiendas mientras compramos botellines con agua, nos tiramos por la resbaladilla prohibida en la zona de juegos exclusiva para niños, comemos chocolates desparramados en las bancas. Podría decirse que nuestro acoplamiento es absoluto. Somos buenos en lo que hacemos y lo hacemos a nuestras anchas. Reímos de lo lindo. Y a la Kiwi vaya que se le nota el subidón. Rara vez olisquea a otro ejemplar (atina casi siempre a perros con estilo, los locos más decentes), atrapa al vuelo insectos multicolores, lanza dentelladas a las gordas comadrejas como si fuera un radar en persecución de lo vulgar. Yo digo que los mequetrefes lo saben y por eso es que nos huyen y hasta nos abren paso. Yo me doy cuenta que nuestra reputación ha crecido porque, sobre todo, Kiwi mea. Con soltura y quitada de la pena, mea. Tomándose todo el tiempo del mundo, sin premura alguna, sobre todos los árboles, los arriates, los filos de las banquetas para dejar claro quiénes somos los piratas secretos de estos lares. Porque si bien hemos desdeñado nos tilden como un azote del barrio, también hemos colonizado otros castillos, desplegado nuestra bandera en territorios distantes.

La pasamos bien, ni qué decirlo. ¡Y ya para que lo diga A., es que debemos estar muy cerca de la excelencia! Por eso premiamos a la Kiwi. No sólo no queremos enmendarle su despeinado sino que lo reforzamos y, aunque se trate  de una señorina que nunca se rebajaría con pedirlo, le regalamos con juguetes nuevos (carnazas, sudaderas, correas de peto), banquetes efímeros que ni siquiera soñaron los ejemplares abandonados en sus buenos tiempos. Galletas de paté gourmet, croquetas bajas en grasa de carne selecta, huesos de cerdo con tuétano en empaque de seis. Hasta un par de polémicos Rib-eye. Yo le digo a A. que se los merece, que se los ha ganado a cada paso. Habría que verla cacharlos como a los insectos y devorarlos en un tris. Nosotros mismos abrimos un vino luego de las largas caminatas. Vino blanco y frío, para brindar por la cada vez más alta belleza de nuestros periplos.

No cabe duda. El paseo por el parque para desentenderme del escritorio se ha convertido en todo un viaje desde que conocí a A., aquella vez, sentada con la Kiwi en la mesa del bar. Ahí me enredé de las mechas con las dos. Porque Kiwi hizo que me enamorara de su humana. O al revés, ya no sé. Ahí la llevamos. Creo que estamos preparados para el frío. Para los grandes viajes. Hasta para volar. Listos para soltar dentelladas a las comadrejas, los mequetrefes, todos esos ejemplares ordinarios porque detestamos la vulgaridad. Estamos listos para hincar el diente a los mapas caradura, dar con las más bellas y formidables pizzas metafóricas, los subibajas de la vida terrenal. Más que listos, pues, para hincar el colmillo a lo que siga, seguir el camino con la maquinaria a todo lo que da.

Editor Yaconic

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