Por Eduardo H.G. / @eduardoachege

Fotos: Daniel García

Nunca había asistido a una “batalla de gifs“. El concepto me parecía una ocurrencia de alguna agencia para captar público fácil, millennial, y aparentar “innovación”. Pero el morbo superó mi tirria; además me había propuesto captar la naturaleza de la GIF Revolution, como la nombró recientemente Telegram, y su encanto en la era de la aceleración, como dice Luciano Concheiro, Doogie Howser de la filosofía contemporánea.

Me encontraba en Querétaro. El CutOut Fest había programado la “Batalla de GIF´s” en el Museo de la Ciudad. Y ahí estaba, formado, dudando si fumar o no (en público, la marihuana siempre me pone paranóico). Pero no me podía defraudar: me había prometido que si entraba lo haría al menos con grifa encima, así que en último momento salí del museo y me pertreché en la esquina de una iglesia para quemarle las patas al Chamuco.

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Desde hace unos cuatro años el formato gif tiene un revival trepidante. Embelesó a la cultura digital. En 2013, El País apuntaba: “Este rudimentario archivo, cuya extensión .gif significa formato gráfico de intercambio, vuelve a la red. Ya no solo se utiliza en emoticonos y alertas, también como foto de perfil y para contar pequeñas historias.” Un año después, la Galería Saatchi de Londrés —una de las más importantes del mundo— lanzó una convocatoria para un concurso de gifs bajo seis categorías. Las obras seleccionadas conformaron una exposición anunciada en grande.

El mismo año, el museo Tate Britain, también de Londrés, convocó a los artistas del gif para animar obras de su colección de pinturas clásicas. La “1840s GIF Party” se expuso junto a las obras originales, en dispositivos digitales. Algunas piezas de la muestra se siguen viralizando, como las de James Kerr a.k.a. Scorpion Dagger, artista del gif que inyecta humor ácido a estampas clásicas del renacimiento, Jesucristo incluido.

Para los medios digitales, el posteo en redes sociales de un gif es tan importante como el de un reportaje de diez mil caracteres con espacio. Por el mentado “tráfico”, cuya meta, en la mayoría de los casos, es ser monetizable para la economía del medio. En los dispositivos que han tomado por asalto la vida del siglo XXI, gifs y memes se scrollean al por mayor, entre el bullying transmedia, la cultura pop, el humor godinez y los derroteros del arte contemporáneo. Gifeo, luego existo.

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Regresé con los ojos de emoji al salón dispuesto para el show. Adentro estaba oscuro. Mientras el público se acomodaba sonaban clásicos de Biggie Smalls y Tupac en las bocinas, y de pronto uno que otro sonido de Street Fighter: Hadōken, shōryūken. En el centro un hexágono a ras de suelo, flanqueado de luces rojas, reservaba dos computadoras para las batallas. Arriba, de cada lado, una pantalla proyectaría los archivos. El ring estaba listo y el público también, con hambre y sed de pixeles. Hadōken, shōryūken.

La batalla había convocado a unas 100 personas que lucían felices con banderines rosas y azules (los colores de CutOut) en mano. Uno tenía estampado el emoticon de la caca de WhatsApp, el otro no lo recuerdo. Había un jurado compuesto por doctos en la materia: millennials tardíos inmersos en la animación y las estrategias digitales. ¡La venganza de los nerds 2.0! En música los raperos son los nuevos rockstars, dijo Kanye West en 2013. En lo demás son los nerds. Todo es culpa de The big bang theory.

Me acomodé en una de las gradas cuando el host presentaba la dinámica: había una selección oficial de participantes. Luego de que se enfrentaran cualquiera del público podía pasar a retar con un gif, propio, que tuviera alojado en algún sitio. El problema es que solo eran dos personas en la selección oficial. ¡La batalla no duraría ni cinco minutos! “¿Qué está pasando aquí?”, me pregunté, paranóico y en mariguanol. Pero varios se apuntaron in situ. “Okey, okey, habrá más, cálmate, cálmate”.

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Vino la primera batalla. Los dos de la selección oficial. Un contrincante era de Tequisquiapan, el otro de la Ciudad de México. Tequisquiapan puso su gif: una animación de una especie de “banqueta” que explotaba. Francamente horrible. En la otra pantalla el contrincante proyectó una secuencia de stickers que había pegado en la calle, que mostraban a una figura amorfa en una especia de baile. La “banqueta” no tenía oportunidad frente al denominado “vandalismo” por el host.

Pero Tequisquiapan tuvo una segunda oportunidad. Proyectó un gif de la Peña de Bernal, orgullo queretano. El gif estaba compuesto por quizá cientos de fotografías que en movimiento daban la vuelta a la Peña. Un trabajo arquitectónico. Ganó. Luego pasaron los apuntados en el momento. El primero se defendió con estilo: su gif era el Monumento a la Revolución de la Ciudad de México visto desde el aire; pero cuya base giraba como licuadora y se elevaba para luego caer de nuevo. Imaginé a los “amantes de la ciudad” y chilangos de hueso colorado en un éxtasis frenético.

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Me perdí en el movimiento: los gifs me habían hipnotizado. Salió Tequisquiapan y entró una chica, Aranzaza, cuyo gif se mantendría hasta la última ronda: un par de figuras hechas de hilo se deshilachaban mutuamente hasta dejar un montón de hebras en el piso. Alguien, quizá el host, comentó que era una pareja destruyéndose mutuamente, ay el amor. Pero yo me proyecté y el loop de los deshilachados me caló hondo. Pensé en el destino de la humanidad como destrucción perenne.

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Pasaron gifs psicodélicos, de Donald Trump, asbtractos, de streat art y otros que no recuerdo por los besos de Mary Jane. Los deshilachados se mantenían. Pero en la recta final un chico regordete que portaba una cámara Go Pro en la frente, se coló en la competencia y proyectó una especie de pierna que caminaba feliz en una banqueta. El gif parecía un mojón alargado con patitas y manitas de raya en eterno loop, feliz y al encuentro con otro mojón. El público estalló de risa, el jurado se dividió.

Mientras arengaba al público, el chico, que se me figuró a Chico Che en versión geek, explicó que le había tomado una hora hacer su gif, mientras que la creadora de los deshilachados pasó una semana en el archivo. En el mundo del gif no importa el tiempo invertido, una semana un mes, 15 minutos. Una batalla de gifs no conoce de inversión de tiempo, sino de la reacción que se detone. El gif no se explica, se ve y ya. Es un bucle infinito que estalla en las retinas como una dosis en las venas de un adicto.

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En 2012, el diccionario de Oxford, uno de los referentes de la lengua inglesa, nombró como palabra del año “GIF”. El anuncio decía: “GIF celebró un hito léxico en 2012, ganando tracción como un verbo, no solo un sustantivo. El GIF ha evolucionado de un medio para los memes pop-culturales a una herramienta con aplicaciones serias incluyendo investigación y periodismo.”

El siguiente año la palabra sería “selfie”, luego “vapear” (fumar cigarrillos electrónicos). En 2015 sería el emoji de la carita con lagrimas de alegría (sí, el pictograma, no la palabra “emoji”), que fue el más usado en la red; en 2016 la palabra elegida es “post-verdad” (principalmente por fenómenos como el Brexit y Trump a.k.a. Amerikkko Blankkko).

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Cuando gif fue la palabra del año, medios como The New York Times y The Atlantic Wire se habían decantado por el formato para su cobertura de los Juegos Olímpicos de Londres. Aquello se definió como un “fenómeno” y fue analizado incluso por The Washington Post. Los gifs, escribió Emi Kolawole, ofrecieron “otra lente” para disfrutar y analizar los juegos, y fueron “una bendición” para quienes no tenían acceso a la cobertura en vivo.

En términos que solo entienden mis ex compañeros de la facultad de ingeniería, el gif es un formato gráfico que permite usar el algoritmo de compresión LZW (Lempel Ziv Welch), capaz de contener hasta 256 colores sin perder calidad de imagen. Fue creado en 1987 por CompuServe, compañía pionera en prestar servicios de internet en Estados Unidos.

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El gif es tan viejo como internet, evolucionó como la www y actualmente hay incluso sitios especializados de porno-gif. Hasta antes de escribir esto no había visto pornografía en gif; pero buscando fuentes para el artículo encontré este sitio y dejé que mi imaginación volara en bucle.

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Luego de varios intentos por destronarla, Aranzaza y sus deshilachados triunfaron en la competencia no oficial. La oficial fue para Tequisquiapan. Olvidé cuales fueron los premios. Todavía en modo weed salí del salón y me fui directo al monchis: una pizza de miel, aros de cebolla, papas fritas y dos cervezas frías me regresaron al centro de Querétaro. Más tarde, en el hotel, soñé que el mundo entero era una madeja de hilo digital, un gif.

Editor Yaconic

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