Por Enrique Mandujano

El mundo es territorio Disney. La compañía del ratón de orejas circulares se ha ido apoderando de las principales empresas y sagas fílmicas; es omnipresente. Pronto veremos que, en algunas de las secuelas de La guerra de las galaxias, los descendientes de Darth Vader tendrán voz chillona y cola.

Disney es también el dueño de nuestros recuerdos de la infancia. Ha reescrito los principales cuentos y obras para niños. De tal manera que los siete enanos siempre serán Gruñón, Tontín, Doc y compañía, aunque en el cuento original ninguno tiene nombre, y la Sirenita cuenta con esperanzas de un final feliz, pese a que en la imaginación de Hans Christian Andersen (1805-1875) queda reducida a un poco de espuma que se disuelve en el mar tras ser despreciada por su amor.

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‘La Bella y la Bestia’, Disney, 1991.

Disney es el formador y educador moral de la niñez. Las princesas son cada vez más políticamente aceptables, dejan de ser doncellas en peligro para convertirse en prototipos de Sarah Connor. Rapunzel no se avienta de su balcón para terminar ciega luego de que un espino le saca los ojos, ahora es émulo de Bruce Lee y usa su cabello como chacos vengadores.

A esta transformación se suma la crisis de creatividad más grande en la historia del cine. Si una historia es buena hay que exprimirle el mayor jugo comercial posible. Disney es experto: si una película de sus franquicias tiene éxito hay que sacarle todas las partes que suenen lógicas hasta que el absurdo nos alcance. Y si la versión original era en dibujos animados, hay que hacerla con personas reales para que vean que los humanos tienen cara de caricatura y que las caricaturas pueden ser tangibles.

Hemos visto una muestra de esto días recientes. La expectación se ha vuelto mayúscula con los avances de la nueva gran producción de Disney, La Bella y la Bestia, en versión humana. Lo nuevo es recrear lo viejo.

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‘La Bella y la Bestia’, Disney, 2017.

El primer tráiler jugó con la incertidumbre. Oímos los pasos, vemos la voz y al final se nos presenta la imagen de la nueva Bella: Emma Watson. El sueño erótico de los nerds encarna un cuento de hadas.

Tenemos memoria de Dory y más si se trata de temas visuales. Creemos que el cine se inventó en la época del Imax o el 4D. ¿Para qué perder el tiempo en ver películas mudas o en cintas en blanco y negro? Netflix es la máxima autoridad cinematográfica y en su catálogo deben estar todas las producciones hechas en la historia del ser humano.

Disney lo sabe y se ríe de nosotros. La compañía reconstruye los cuentos clásicos de la infancia para sustituirlos por nuevas versiones moralizantes y moralinas de historias que pudieran llegar a ser transgresoras.

LA BELLA Y LA BESTIA DE COCTEAU

Ahora que vemos a Bella transformarse en vocera de las mujeres luchadoras, que pelean por sus derechos y son capaces de regenerar a una bestia con la fuerza de un levantamiento de cejas, es momento de voltear la vista hacia una de las versiones más bellas de este cuento.

Jean Cocteau (1889-1963), dramaturgo, novelista, poeta, ilustrador, crítico, cineasta y ocultista, adaptó La Bella y la Bestia en 1946, y nos presentó la versión más bella que se ha hecho de esta cinta. Una versión que, de alguna manera, ha influido a sus sucesoras.

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‘La Bella y la Bestia’, Jean Cocteau, 1946.

Cocteau solo había dirigido un mediometraje, La sangre de un poeta (1932), que entró de lleno en la tendencia del surrealismo y que está a la altura de Un perro andaluz (1929) o La edad de oro (1930), de Luis Buñuel.

En su versión de la La Bella y la Bestia Cocteau se mantiene fiel a sus principios estéticos. Al comenzar la película hace uso de un recurso que rompe con la impresión de realidad ficticia que aspira a crear toda producción cinematográfica. Vemos lo que parece ser la sala de edición y a dos personas escribir con gis en un pizarrón los créditos de la cinta. Es una idea brechtiana. Jean nos hace ver que no será una representación de la realidad, sino que presenciaremos un producto de la imaginación. A esto se le suma una advertencia: el director le pide a su audiencia tomar en cuenta que va a ver la puesta en escena de un cuento dirigido a niños, por lo que varias de las cosas que se verán no se ajustan a la realidad.

De manera involuntaria, tal vez, los adelantos de la nueva versión de Disney hacen alusión a esto. Nos presentan el castillo de la Bestia y algunos de sus sirvientes para que veamos que son casi iguales a sus predecesores de dibujos animados. La versión de la versión. Y el recuerdo infantil se emociona al ver a la tetera sonreír, como si estuviera viva, como se imaginó que sería luego de ver la versión de dibujos. Pero la sorpresa se vuelve infantil, no avanza y muere luego de la primera vista.

Cocteau transforma el cuento de niños en una fábula para adultos. Prácticamente, la Bestia de esta versión ha servido de modelo para todas las posteriores, principalmente para le versión de 1991, de Disney. Al menos para la idea visual, no para la riqueza interna del personaje.

El director francés nos lleva a una aventura onírica que comienza con la aparición de Bella en el castillo de la Bestia. Contrasta la llegada del padre de la joven al castillo, ya que lo ve inverosímil, pero real, y ella entra a un sueño entre candelabros suspendidos en el aire, ventanas que se abren a posibilidades de luz ignotas. La misma Bella parece que flota mientras la gasa de las cortinas quiere abrazarla. La música arropa y hace flotar a la protagonista de la historia. Hasta que la visión de la Bestia lo rompe todo.

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Jean Cocteau y Jean Marais (Bestia) en el rodaje de ‘La Bella y la Bestia’.

El cuento de niños se vuelve adulto conforme Bella se ve seducida por el lado animal de su anfitrión. No hay moraleja moralina, hay el atisbo de una transgresión. En la escena en que Bella espía la forma en que la Bestia toma agua, casi como un perro o un animal salvaje, podemos ver una señal de deseo en la mirada de la joven. Es electrizante.

La nueva versión de Disney aspira a no defraudar a los niños que vieron la de hace 25 años. La iluminación es de cuento y el castillo parece dibujado en relieve. Cocteau encarna sus visiones y recrea su estética. En momentos en el que el neorrealismo italiano marcaba el paso de las producciones cinematográficas, el realizador francés crea una fábula de oropel para los adultos con imaginación.

La bestialidad del protagonista poco a poco subyuga a Bella. En un momento de la cinta ella casi se ve tierna al acariciar a su anfitrión, el cual siente algo raro y se lo reprocha:

—Me acaricias como se acaricia a un animal.

—Pero… es que eres un animal.

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‘La Bella y la Bestia’, Jean Cocteau, 1946.

Hay una creciente tensión sexual en la versión de Cocteau. El cuento de niños se transforma en fábula para adultos. La esencia animal de la Bestia fascina a Bella. Incluso cuando él cambia a humano ella se muestra decepcionada porque perdió esa parte, y ahora es tan común que le recuerda a su pretendiente, groseramente mortal.

Los actores de Cocteau encarnan sentimientos, visten emociones. La tendencia Disney es que el actor transforme al personaje. Ya no se encarna una historia, ahora la historia está al servicio del personaje.

Al entrar al salón de Bestia, con sus botas de obrera y sin el corsé de la versión de dibujos animados, podemos esperar que Bella Watson dirija un discurso feminista que llame a la eliminación de las princesas y pida la domesticación de las bestias. La tensión sexual está prohibida en Disney; las fábulas para adultos solo tienen espacio en la sección de clásicos de alguna tienda con tendencia al romanticismo obsoleto.

Editor Yaconic

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