Por Víctor Santana

Fotos: Irving Cabello

La noche de La Bomba Oriental concita a los fumadores a la banqueta del Teatro Fru-Fru. A las once, cuando aparece una limusina con Carmen Campuzano saliendo del quemacocos, drags y admiradores tiramos al unísono los cigarros para aplaudirle a la ex modelo. Mueve las manos enfundadas en guantes plateados que le llegan hasta los codos y contonea un vestido rosa de princesa, y una koka hindú que va de su diminuta nariz a su oreja brilla en las pantallas de todos los smartphones que la graban.

Su comitiva se encarga de abrirle paso hasta la entrada del teatro, pero los fans meten las manos y Carmen siempre estira un guante y sonríe. Un gordo con mirada de Mark Chapman se acerca y le dice que una vez la vio en el Blanquita, pero que hoy no trae los trescientos cincuenta pesos de la entrada, nada más doscientos. La comitiva empuja a Carmen al vestíbulo, donde la esperan los reporteros de Ventaneando y Suelta la sopa: ¿Cuándo empezó tu enemistad con Lyn May? ¿Peleaban por el amor de Andrés García? ¿Entonces, por el de Eduardo Antonio? ¿Recuerdas que Lyn te llamó esqueleto rumbero y que dijo que tenías nariz de moño? ¿Volverías a decirle momia de siete mil años y cara de memela? ¿Quién crees que ganará el duelo de Djs? ¿Cuánto tiempo llevas sin beber? ¿Cuándo fue la última vez que te metiste coca? ¿Carmen, has visto a tus hijas? Por último, regálale una campuvuelta a la cámara.

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Carmen es apresurada a los camerinos y no ve la estatua tamaño real de La Tigresa que la recibe en el foyer. Yo dejo de seguirla y entro a la sala. En una pantalla sobre el escenario se alternan videos del pop canalla que pinchan David Alcántar y Luis Rivas detrás del enorme logo iluminado de Spotify. No entiendo el disfraz de David, pero el maquillaje negro y naranja sobre los ojos y la cruz tatuada en su antebrazo derecho lo hacen resplandecer como un perfecto Michael Alig. Y Luis, ataviado con el keikogi blanco de pecho descubierto que usa Ken Masters, es la fantasía de todo el que cargue con una perenne efebofilia sublimada en las películas de Scott Mechlowicz y Johnny Rapid.

Entre las drags que compiten por la atención desde los balcones sobresalen la veterana Deborah La Grande, vestida como Chun-Li con abanicos, y Nina de la Fuente, una novata que hace la Carrera Drag en el bar Marrakech. Me gusta el carácter respondón que Nina imprime al voguing y su bamboleo de afro complementado con espasmos de pelvis. Me pregunto si ese ímpetu será su sello permanente o un tic que me gusta pero que Nina perderá cuando domine por completo a su personaje.

Salgo de la sala y voy al backstage. Un empleado del teatro me pide que apague el cigarro que prendo en cuanto veo aire libre. Le hago caso y subo al camerino principal y le pregunto a Miky dónde están las cervezas, y ella se acerca al lavabo y me da una Bohemia fría. Miky tiene veintiún años, mide uno sesenta y es una de las Monster Drags, un dueto inspirado en las muñecas Monster High. Me cuenta que para la Bomba Oriental prepararon un número de k-pop y k-hiphop.

Déborah La grande entra al camerino. Tira sus abanicos y le pide a una drag cercana que la ayude a quitarse el qipao. No soy el único confundido con el súbito cambio de vestuario y no me parece oriental el traje nuevo que se pone. Quizá aluda a un personaje de Candy Candy o de cualquier otra cosa que me supera, pero Deborah parece una Jackie O versión botarga. Después de estudiarse en el espejo descubre su error y la misma drag que la ayudó a quitarse el traje de Chun-Li la ayuda a ponérselo de nuevo.

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Al fondo del camerino está Silvertronic sentada sobre la barra, con una Bohemia en la mano. Choco mi cerveza contra la suya y la saludo. Me dice que no me pierda su participación porque tiene dos canciones nuevas. Un fotógrafo me pide que me mueva y Silvertronic modela para él. Se da la vuelta y mira al espejo, su mechón de rizos le cuelga hasta el hombro y aparecen gotitas de sudor en el tatuaje de labial que lleva sobre el pecho. La imagino inconsciente del fotógrafo y de mí mientras admira su propia belleza, que es tan clásica, conmovedora y oscura que ha sido idealizada desde el inicio del tiempo.

Salgo del camerino y una fila me impide bajar las escaleras. Le pregunto a un samurái con las más hermosas nalgas al aire si la fila es para conocer a Carmen o a Lyn, y me dice que a ninguna de las dos, es el meet & greet de Jujubee. Le digo que no sé quién es y me responde que es la invitada de honor, una exconcursante del reality de Ru Paul. Entro a ver a Jujubee y salgo para no interrumpir la sesión de fotos. Afuera dos veinteañeros hablan del novio de Jujubee, un musculoso pelón que no se separa de ella, y el más alto y maquillado le dice a su amigo que su sueño sería tener un novio así de guapo, que además sea su manager y lo cuide. Y yo pienso que ellos son más atractivos que el novio de Jujubee, pero mucho menos que el samurái de nalgas perfectas.

Voy por una cerveza a la fuente de sodas y en el lobby veo a Blasfemia, una barbuda que por esta noche dejó de lado la faceta religiosa de su drag y lleva un traje rojiblanco de olanes vagamente orientales. Le pregunto qué tal va su otro proyecto, el Conejo Viajero, que consiste en disfrazarse de conejo en todos sus vuelos, y me dice que ahora lo hace a dedo con Woody Wood Peter, su acompañante samurái de barba llena de diamantina. Empezaron en Oaxaca, llegaron esta tarde al DF y planean terminar en Tijuana.

Woody llama a Blasfemia y entran a la sala, y a mí me abordan dos travestis jóvenes. Se llaman Mauricio y Ohmul, llevan tres años de novios y es la primera vez que se visten. Están felices, el único momento de inseguridad lo vivieron a las nueve de la noche, al salir de la Plaza Antara de Polanco, pues no sabían si en realidad parecían chavas. Les digo que sí parecen y de algún lado sale un cuarentón de pelo rizado y nariz ganchuda que se presenta como su productor y manager. Dice que la femineidad del atuendo fue el imperativo:

—La verdad es que son unos chicos súperguapos, muy divinos y se ven súperbien. Están dándole a la gente lo que la gente espera, porque al final estamos en una sociedad que no está preparada para un drag grotesco. Está preparada para un drag bien, nice, cute.

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Me despido porque estoy en desacuerdo con los límites transformistas del manager y la siguiente travesti con la que hablo es igual de conservadora. April Holsman dice que está en la Bomba Oriental para mostrar que también puede hacerse drag siendo amable, atractiva y sin agresividad. Me volteo y encuentro al fin al tipo de drag que me interesa abordar. Se llama Gvajardo, es Dj, host, mide más de uno ochenta y debe pesar ciento treinta kilos: una Mercedes Sosa del dark. Hace poco se mudó de Monterrey al DF, porque allá la fiesta drag es mínima.

Entro a la sala y Carmen canta “Hijo de la luna”. Si esto fuera un reality no pasaría a la siguiente ronda, pero su eliminación tampoco alcanzaría la infamia viral. Lyn arranca poderosamente con una danza erótica a ritmo de percusiones. Todos a mi alrededor alaban que a su edad (?) sea capaz de hacer un split y contorsionarse como la teibolera más acrobática que jamás se haya visto. Y la danza también tiene algo de erótico cuando se obvian las costuras del traje color piel que dan firmeza a la exvedette. Pero eso no es difícil, pues los que abarrotamos el Fru-Fru de por sí somos capaces de creer, cuando menos por unas horas, que Lyn y Carmen están peleadas, que son Djs y que esta noche se batirán en las consolas.

 

Como luchadoras se van a palcos contrarios y Dj Campu lanza la primera estocada del combate: “Pobre estúpida” de María Daniela y su Sonido Lasser, que es una declaración de principios, pues en sus encontronazos mediáticos Carmen siempre ganó al bufe. Dj Lyn devuelve el golpe con “La muy muy”, y con ese movimiento popular marca el ritmo de sus futuros ataques.

La respuesta de Dj Campu es “Flash”, de Lorena Herrera. Para, tacón, punta y flash, recordar que el peregrinaje que hace Lorena en el videoclip incluye un reconocimiento a Dj Campu. Es una bofetada de vigencia en la carota de Dj Lyn, que se repliega con “Ojos así” de Shakira. ¿Alusión a su herencia asiática, o a la temática de la fiesta? En cualquier caso, un error.

Dj Campu desaprovecha el desorden defensivo de Dj Lyn y lanza de manera previsible “A quién le importa” de Alaska, que no provoca ningún daño en el palco contrario, y Dj Lyn también falla el golpe con “Eternamente bella”. Dj Campu se levanta con “Chica ye ye”, y lo que la platea y el auditorio le aplauden es que se asuma ye ye y sofisticada y portada de Vogue. Pero Dj Lyn tenía guardadito el misil de “Mr P. Mosh”: Lyn May es la reina de los comebacks y en fechas no tan lejanas como 1998 Plastilina Mosh reinstauró su culto. Y está a un novio de ser portada del Tv Notas, sin necesidad de granjas y desintoxicaciones.

El golpe hace mella en el palco de Dj Campu y la desesperación la empuja al dance frenético de “Wepa”. Dj Lyn se sabe crecida y se deja ir tranquila con “Bombón asesino”. Dj Campu sigue sin ver la luz y reconocer sus oportunidades y lanza la circuitera “Fashionista”, de Jimmy James. Dj Lyn deja caer “Qué rico mambo” porque siente que ya no tiene nada qué probar, entonces Dj Campu sale de los escombros con “Dr. Psiquiatra”, y lo que tiene toda la finta de un autogol es un aguijón envenenado: sólo la Trevi ha tenido una caída más estrepitosa, trágica y televisada que Carmen.

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Casi a las tres de la mañana Dj Lyn pone “No te metas con mi cucu” y luce cansada, más por la edad que por los trancazos sonoros. Dj Campu es impía y cierra el combate con “Arrasando”.

Concluye el evento y desalojamos la sala. No escucho a nadie defender la victoria de ninguna de las dos, pero si recae en mí la decisión del match: gana mil veces Carmen. Hay nobleza en el rescate de Lyn May, sin embargo ¿quién no se ha encomendado a Carmen en las crudas de cocaína y los noviazgos nacidos de la embriaguez? ¿Cómo no pensar en ella cuando nos persigue el pasado y nadie quiere vernos frescos y rehabilitados? Para algunos cultos basta que una persona cumpla un destino trágico para salvarse y así salvar a los demás. Por siempre Carmen sola, ebria, devastada y con nuestro espíritu.

Editor Yaconic

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