Por Iván Farías / @ivanfariasc

El principal problema de nombrar cualquier película como “la más terrorífica” es que las expectativas que se levantan acabarán por no cumplirse. ¿La razón? El espectador actual tiende a menospreciarlo todo, cree que nada lo puede sorprender. Es como un adolescente hastiado antes de siquiera empezar vivir. El problema es que al llegar a la sala de cine, tiene tal cantidad de información que ha perdido la sorpresa.

Los rumores sobre The Witch (La bruja) corrieron antes de que la película se estrenara en el país. Un portal mexicano especializado en cine fantástico dijo que la película sería censurada. No era la primera vez que ese medio propagaba rumores falsos cómo información confirmada (además de tops desinformados, mal escritos); pero su bulo causó tal expectativa que en las redes sociales, territorio propicio para exagerar todo, se decía que la película era tan sacrílega y espantosa que causaría shocks en los cines.

la bruja pelicula

Lejos de ayudar a The Witch, todo ese revuelo ha provocado expectativas que ninguna película logrará llenar. La cinta es el debut del estadunidense Robert Eggers, director teatral y escenógrafo. Eggers se preparó con una gran revisión histórica y bibliográfica sobre la brujería. Y esto se nota en la recreación de la familia, en el inglés arcaico de los personajes y en los diálogos.

Pero no sé si Eggers deseaba hacer una cinta de lo que comúnmente llamamos terror, o simplemente quería contar la historia de la represión femenina que durante décadas estuvo vinculada a la brujería. NO por nada el grupo Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell, mejor conocido por su acrónimo W.I.T.C.H., se vestía con sombreros puntiagudos, capas negras y lanzaban “hechizos” en las manifestaciones públicas durante los setenta.

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Para estos tiempos, en los que a los dos minutos de una película ya debe haber un muerto o una explosión, y los créditos deben ser vertiginosos para competir con el timeline de Twitter, en The Witch se narra con un ritmo lento la expulsión de una familia de calvinistas de la comunidad. Una familia que resulta extremista incluso para los puritanos ingleses que llegaron a colonizar esa región de Estados Unidos. Expulsados, los padres crean una especie de castillo de pureza en un terreno poco fértil, donde Thomasin, la hija más grande, a cargo de la debutante Anya Taylor-Joy, es la servidumbre de todos los demás. En un momento dado Thomasin verá desaparecer de su regazo a su pequeño hermano y a partir de ahí las desgracias comenzarán a sucederse en cascada.

La película juega entre dos tópicos: lo sobrenatural y la explicación plausible para los posibles encantamientos. Por un lado, Eggers nos muestra el fanatismo religioso, el juego de roles, la represión sexual y la locura que este coctel produce. Por otro intenta ir más allá de las historias que el cine de género nos ha endilgado una y otra vez desde los noventa, con aburridos homenajes-plagios a las grandes cintas. Eggers se arriesga a referenciar a Hexen y retomar uno de los monstruos más olvidados del cine: el macho cabrío, encarnado en el Diablo. Además, claro, de las brujas, quienes ven su cúspide en los llamados cuadros negros de Goya.

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The Witch se centra en el desarrollo del personaje de Thomasin, quien habrá de enfrentarse a sus miedos al ser tentada por las brujas que habitan el bosque cercano a su casa. Sin embargo, pese a los horrores a los que nos enfrentarán: brujas carcomidas por la edad, mujeres lujuriosas en mantos rojos y un macho cabrío desafiante, serán los dos hermanos pequeños de Thomasin los dueños del susto.

Este nuevo cine de terror, que un servidor llama terror millennial, vive obsesionado con la fotografía nostálgica estilo setenta, se viste con esos tonos que parecen un atardecer eterno, con una sexualidad que se contenta solo con la mirada, con la idea del bosque como lugar para esconderse y con finales abiertos, es decir, sin tramas rotundas. Como sucede en The Battery, We Are What We Are, It Follows, y la mejor: Babadook.

Editor Yaconic

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