Por Raúl Linares

Uno no va a ninguna parte aunque ponga los pies en la carretera, huya, corra; uno siempre está ahí, entre los mismos cerros pelones, respirando el mismo polvo que meció nuestra cuna: es la ciudad, el origen. En esta observación del poeta Constantino Cavafis se encierra un dilema que parece más bien una condena: “La ciudad irá en ti siempre”. ¿Un laberinto? “Volverás a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez; en la misma casa encanecerás.”

A finales de 2014, el escritor Carlos Sánchez me mostró un tapiz de La ciudad del soul. En ese entonces me encontraba en un dilema amoroso cuyas cruces y dolores me obligaron a dejar la Ciudad de México en busca de un refugio en provincia. Como excusa, y luego de un mar de reproches, alegué la necesidad de hacer un par de reportajes sobre el desastre ecológico en el Río Sonora. No soporté el odio gratuito y me largué dejando una nota sobre el escritorio.

ciudad del soul portada

Carlos fue mi anfitrión durante dos semanas en las que escapé de la histeria femenina.

Un día de helados en el parque, viéndome hecho mierda, Carlos propuso un remedio para aliviar mi angustia. Me mostró un libro una tarde que, luego de una buena tunda solar en medio del desierto, desparramó un aluciné en la pantalla de su computador. Entonces no había libro tal cual.

—Editémoslo —propuso muy seriecito.

El boceto hecho de pequeños retazos, fotografías, anécdotas, historias que bien pudieran asemejarse a un álbum familiar, era (es) una crónica de las mismas calles a las que me llevó a probar tacos de carne asada: el señuelo para volver una y otra vez.

—Es un libro de los barrios donde crecí —advirtió con su divertido acento norteño—. ¡Morro, ahorita te voy a llevar a La Pila, el barrio donde me hice!

A bordo de su automóvil desvencijado atravesamos el centro de Hermosillo. Caminos de tierra. Doblamos en grandes avenidas y, finalmente, debajo del Cerro de la Campana —esa gran piedra de luna—, nos detuvimos frente a una prisión en la que hace medio siglo se ejecutó “la última pena de muerte”: Carlos apuntó ese detalle con mucho orgullo, como si ese asesinato fuese un llavero de recuerdo.

cerro de la campana hermosillo

La simbiosis que mostró con esos barrios donde condujo, su cercanía con la gente, la ternura, el amor con que contaba hasta los detalles ominosos y la rudeza de la vida, eran un adelanto de La ciudad del soul (lo supe tiempo después). Nos cruzarnos con algunos de sus amigos: aquí el vendedor de droga que le duelen las piernas de viejón; por allá el bato con el que jugó futbol de niño; en medio, los jóvenes escritores que disparan versos y crónicas como si fueran balas, y más adelante el asador que conquistó mi paladar y me dio la sensación de estar inmerso en el paraíso.

Y de siluetas brotaron rostros.

¿Por qué el barrio y su gente?, pensé cuando abrí el borrador del libro. ¿Por qué esa necedad del lugar “ñero”, el detalle “ñero” y el lenguaje “ñero”? ¿Por qué ellos y nos las plazas, los monumentos, los lugares “bien” y las personas “bien”?

Karl Kraus, un poeta de las cosas pequeñas, dijo que el “origen es la meta”: partida y destino. ¿Por qué? Porque falta. Porque es. Porque nunca podemos separarnos de las calles en las que crecimos; de los lugares donde probamos nuestro primer helado, nuestro primer verso, nuestro primer encuentro de genitales de fruta y corazones de paso. Porque la “ciudad irá en ti siempre”, como decía Cavafis.

Imagine usted esas historias de Carlos sobre el norte mexicano que nos incitan a mirar, devorar:

Arrojar el cuerpo en un luto baldío, extender la tela para abrigarlo. Como si en la crueldad hubiera crédito para un instante de bondad. Darse la vuelta sacudiéndose las manos. Listo. Y ya. El victimario puso fin a esos doce años de vida de Cynthia Abigail Nicolás Ramos. El Mangueras quiso que se marchitaran esas doce margaritas. Y de tajo arrancó la raíz, destrozándole la cabeza (con una piedra).

Así sabe el origen que se pega a la memoria.

Calle matamoros hermosillo

***

“En Sonora nacerá el apocalipsis, el fin del mundo”, le escuché decir a un amigo una noche que, completamente borracho, me decía que la guerra por el agua estaba a la vuelta de la esquina: en la rebeldía de los Yaquis, en el desastre del Río Sonora. “Esas serán las guerras del futuro”. No sé si tuvo razón o no. Hermosillo, la capital, eso sí, es un lugar donde el sol calienta de más. Y la carne de res, tatemada a fuego lento, maquila una confusión: ¿este lugar es el infierno o el paraíso?

Serán los dos.

La medida del desastre o la gloria, pensé tiempo después, cuando ya había leído el libro completo, tiene toda su posibilidad en la intimidad de sus habitantes.

Roberto Bolaño, uno de los poetas de la última vanguardia literaria del siglo XX  —los infrarrealistas— decía que la ciudad del futuro se encontraba en Santa Teresa, Sonora. A esa ciudad viajó junto a Mario Santiago Papasquiaro en un automóvil y la compañía de una joven prostituta. Ya puesto los pies en ese mar de polvo divisó el porvenir de México entre valles de cinematografía tipo western y misteriosos ejercicios de iconografía tipo Tristam Shandy.

Sonora, y en especial su capital, Hermosillo, tienen la apariencia de una ciudad tranquila, apacible y hasta cierto punto aburrida. Ese mismo amigo que de noche, al calor de las cervezas, decía que era la cuna del apocalipsis, al otro día, ya más sobrio y padeciendo una cruda bestial, cambió la tónica de la historia y sus juicios, y me confesó sentirse aburrido de tanta aridez, tanto sol, tantas vacas insoladas. Llamó a Hermosillo “Hermoranch” para denostarlo.

Los lugares tranquilos, sin embargo, suelen ocultar más de lo que muestran a primera vista: ahí está su complejidad. Es, como se verá, un proyecto de nación.

***

Si Sonora es el lugar del apocalipsis o quizá el último refugio donde salvarse de él, como el que padecí con ese viejo amor que se fue y el consuelo de los deliciosos tacos de carne asada, insisto, sólo podría saberse en la medida que conozcamos las fuerzas que duermen en su interior. Sus habitantes.

Sánchez ha podido hacer la biografía de sus entrañas: las de Hermosillo, acercando la mirada a su propia vida. Ha sabido cruzar La ciudad del soul que, en la generosa edición de Mauricio Bares y su editorial Nitro/Press, tuvo el acierto de adornar sus tapas con las siluetas de un grupo de hombres y mujeres puestos a contraluz. Que no se ven nunca.

Es así que llegamos a punto sin retorno: nos obliga a ver a los que nunca vemos.

Porque al vernos nos miramos.

Antes de que la revolución mexicana triunfara, se volviera régimen y la traición se institucionalizara como un monolito del Museo de Antropología e Historia —todos sabemos a qué me refiero—, el historiador Friedrich Katz nos mostró que esa orgia de sangre se había gestado en parajes muy similares a los de Hermosillo.

Katz decía que en la pasividad de los rancheros norteños habitan energías contenidas que durmieron por generaciones hasta que, de la noche a la mañana, se desencadenaron con furia y se deciden a matar colectivamente. Katz tuvo que recurrir a la historia para poder contar lo que de por sí ya era historia.

A diferencia del pensamiento de Katz, en esta nueva obra de Carlos duerme la biografía de un hombre (junto a su pueblo, su época, sus deseos y sus fantasmas) que busca, con ésta, retratar el paisaje con las voces que esconde. ¿Para qué? Para mostrarnos que ellos también pueden descargarse, vaciar su arma, amar con pasión, destruir una vida. Son ellos los protagonistas de esta historia dispersa, fragmentaria y fallida. Deambular por las páginas de La ciudad del soul tiene esa virtud, precisamente: hablar de las cosas pequeñas con el enfoque de una lupa.

hermosillo sonora

Como esa historia del asesino Mangueras que, en la épica de su crimen contra la niña Cynthia Abigail Nicolás Ramos, nos vuelve cómplices de la misteriosa “Hermoranch”. No es la única historia digna de atención. Recurriendo a la crónica, que en ocasiones coquetea con el aforismo, recitamos los dilemas de una mujer que sufre violencia intrafamiliar, por ejemplo; luego cambiamos la hoja y aparece una tierna teibolera que mueve las caderas al ritmo de Café Tacuba; intempestiva, brutal, nos adentramos en  la cárcel que es contada con pelos y señas.

En el alucine arrastramos las palabras junto al amigo drogadicto que le recuerda la adolescencia al autor; doblando, topamos con el dolor de un desaparecido en las épocas de la guerra sucia; y no acabamos en el drama familiar de un periodista desaparecido;  brincamos a la risa de los pachecos al fumarse un porro de mariguana: su alivio.

Todos estos son retratos de santones y victimarios, de múltiples y unitarios personajes; amigos o enemigos; arraigados suspiros de vida que, una buena noche, aparecen podridos en un canal de aguas negras, fumándose un cristal de metanfetamina. Aspiran también a ser los protagonistas de un drama que, si se conecta al de un país disperso y diverso, podría convertirse en los actores de una arenga colectiva. Lluvia de piedras. Expiación del alma.

¿No es este, pese a la insistencia del norte, un retrato del México contemporáneo? ¿No es su localismo el carácter universal de todo un país de misterios? ¿No es la historia de ese México que duerme y se descarga individualmente en asesinatos, y, como en la revolución de 1910, en un pestañeo hacerse, una nueva orgia de violencia purificadora, mítica, demencial?

No se sabe aún.

Digamos que todo está por verse…

Lo que es un hecho, es que La ciudad del soul recrea la historia de un drama, íntimo, un acercamiento a la ambigüedad del apocalipsis que se hace redención y la redención infierno.

hermosillo-senal

La ciudad del soul será presentado el sábado 17 de octubre a las 7 de la noche, en el marco de la Feria Internacional del Libro del Zócalo.

Editor Yaconic

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