Por Mixar López / @nomenclatura

Fotos: Álvaro Moreno

He entrevistado a cientos de personas, músicos, escritores, cineastas, actores, productores… y el resultado siempre ha sido el mismo: conversaciones almidonadas en las que el objetivo ha sido no decir nada. En la siguiente charla con Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976), el autor de Agua Corriente (2016) y El Rastro (2016) se expone cabal. En sus respuestas se olfatea ese odio premeditado de los punks, para quienes el rock profesionalizado —con todo y sus grandes estrellas— ha muerto; y se husmea ese desprecio por los autores mediáticos —las grandes estrellas sin talento—. Con Ortuño la literatura presuntuosa ha muerto.

Acá se percibe esa cólera que nace en el seno sin silicona del fucking peace and love, esa estupidez que se descubriría en los grupos no universitarios, y para quienes ir a la guerra no era tan diferente como ir a trabajar en fábricas, o buscar un contrato musical con algo que no fuera ni el folk ni otra necedad jipiosa e intelectualista. Ésta es una entrevista que versa alrededor del punk, movimiento que nació en Inglaterra casi a finales de los setenta. Un malestar social causado por el desempleo juvenil y la poca identificación de los jóvenes con inquietudes sociales por las bandas de heavy metal y rock progresivo, bandas magnificadas, eso les hizo querer reinventar el rock. Eso mismo le hace a Ortuño querer reinventar la literatura a base de animadversión y talento.

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Antonio es un sádico, un sanguinario, un misántropo culto, un animal furioso que escribe, que logró salir de las fauces del oficinismo y la mamonería. Ahora está aquí, con una energía corpulenta, con un ritmo de escritura inverosímil y un encono que solo pocos podrán soportar. Antonio Ortuño es el carnicero del matadero más cutre: el de las letras mexicanas.

Logramos departir acerca del movimiento punk, como he dicho, pero también sobre Fogwill, las Dr. Martens, Paul Weller, Madness y el proceso creativo y cruel de sus novelas.

Jorge Esquinca dice que escribir es devolver al mundo a su estado original, expulsarlo hacia el territorio de lo que aún no ha sido nombrado. Ya sé que te molestan un poco (o mucho) estas definiciones almidonadas acerca de la escritura intuitiva. ¿Qué es para ti escribir?

Suena curiosa la frase, ¿no? La escritura es lo menos “originario” y lo más antinatural del mundo. El mundo tiene eones y la lengua escrita, acaso, cinco mil años. Los animales, las plantas, los hongos, viven perfectamente sin escritura. Escribir es, siempre, un artificio, un refinamiento, un alarde de mono venido a más. Es desarrollar una suerte de hiperconciencia del mundo, del lenguaje, de uno mismo.

La literatura punk es aquella subversiva, rebelde, que contraviene las leyes, las tendencias o incluso la historia real. Existe literatura punk de diversos tipos, pero con estos elementos en común, con la forma originaría: un rock sencillo, ruidoso y furioso. Algo de ello se advierte en tus letras, aun sin que uno se haya percatado antes de que eres un entusiasta del movimiento. ¿Por qué crees que en tu narrativa se escucha tanto punk?

Me gusta la ética obrera del punk (un movimiento estético antiaristocrático, desarrollado en oposición al virtuosismo huero del rock de estadios imperante en los setenta), su expresividad y su capacidad para la sátira. Y escucho mucho punk rock, de muchos tipos (solo quien no conoce de punk piensa que es homogéneo). Pero, invirtiendo lo que dije en la respuesta pasada, el punk tiene apenas cuarenta años (mi edad, nacimos a la vez) y la lengua escrita tiene cinco mil. Hacen falta muchos otros estímulos para escribir buena literatura que escuchar punk rock. Pero incluso para ser un punk no basta con escuchar punk: hay que leer, pensar, conservarse insolente. No hay que creerle al cura ni tampoco al iluminado que dice ser mejor que el cura. Y nunca, nunca, hay que creerle al policía.

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De las seis novelas que has escrito hasta ahora, ¿cuál consideras más en esta línea?

Todas lo son, en algún sentido. Todas están animadas por un espíritu insolente. El buscador de cabezas (2006) postula que una sociedad conservadora se vuelve fascista; Recursos humanos (2007) es una comedia negra sobre la lucha de clases laboral; Ánima (2011), una sátira de la figura de la “joven promesa” y los “mundillos” culturales; La fila india (2013), una exploración al racismo y el clasismo mexicanos; Méjico (2015), una novela de malaventuras en torno al juego de las identidades nacionales; El rastro (2016), un atentado a las novelas de “nostalgia adolescente”.

Pocos lectores conocen el dato, pero la idea de La fila india se gestó en el último concierto de Masacre 68 en Guadalajara, en el foro Las vías, cuando un grupo de indocumentados ingresaron al lugar. ¿Es cierto?

Toda novela tiene varios momentos fundacionales. En el caso de La fila india decidí que escribiría una novela con respecto a la situación de los migrantes la noche, sí, en que asistí a una tocada de Masacre en el casino de Las Biaz (así lo escribían tradicionalmente), que se encontraba al lado de un albergue. El casino, que estaba a cinco calles de mi casa, fue clausurado después de la tocada, y el albergue tuvo que ser desalojado tiempo después por amenazas. Muchos de mis vecinos comenzaron a murmurar contra los migrantes. Ahí arrancó una parte del asunto. La otra arrancó, claro, luego de los hechos repugnantes de San Fernando, Tamaulipas, y lo que siguió.

Dr. Martens es una marca británica de calzado desarrollada por el doctor alemán Klaus Martens. Sus botas han sido especialmente populares entre escritores, skinheads y punks. Tienes una historia muy particular con un par de éstas y una pareja de inmigrantes.

Un día, un padre y su hijo, migrantes, tocaron la reja de la casa. El chavito, un adolescente, llevaba los pies envueltos en trapos. Se le habían desmoronado los zapatos, literalmente, al subirse al último tren. Me pidieron unos tenis o zapatos viejos. Yo tenía unas Martens que me había regalado un amigo porque le quedaban grandes. Las había comprado en un bazar, en Canadá, para ir a un concierto de Bowie. Pero a mí me quedaron muy justas y no las usaba. Así que esas botas que habían sido calzadas solo dos veces acabaron en los pies del chamaco. Un par de años después, padre e hijo regresaron y tocaron a mi reja de nuevo. Me regalaron unas flores hechas con hojalata de latas de cerveza. Las Martens seguían allí, en los pies del morro. La historia no tiene moraleja. Bueno, sí: que es bueno tener unas Martens a mano para lo que se necesite.

Ánima se iba a ilustrar en portada con la fotografía del One Step Beyond de Madness, eso hubiera sido genial, aunque la novela en sí ya lo es. ¿Por qué no se dio esta colaboración?

No teníamos los derechos de la foto. De todos modos, el diseñador hizo un trabajo espléndido con esos trajeados con cabeza de cámara. Usó, además, los colores del Never Mind The Bollocks de los Pistols.

anima antonio ortuñoMuchacha Punk integra seis relatos compuestos entre 1978 y 1997 que, junto a los de Restos Diurnos (1993) y Pájaros de la Cabeza (1985), completan la obra cuentística del autor de Los Pichiciegos (1983), Rodolfo Fogwill. Muchacha Punk señala también la paradoja de un escritor obstinado en fechar la redacción de sus textos, y que los reescribe obsesivamente en cada edición. ¿Qué representa para ti este relato?

Con ese relato descubrí a Fogwill, por ahí de 1998, en una antología llamada Cantos de marineros en La Pampa (1998). Me enganchó de inmediato. Encontré a un autor desmesurado, brillante, agudo en cada frase, malvado, sin coartadas sentimentales. Y, para empezar, un relato llamado “Muchacha punk” solo puede ser dos cosas: una mierda o una cosa genial. Fogwill lo hizo una cosa genial.

Paul Weller es pura realeza pop. Un noble guapetón de linaje mod inglés, y una celebridad de las que provocan a su paso que la gente se fracture el cuello estilo Linda Blair tratando de verle. Es lo que piensa Kiko Amat del fundador y antiguo líder de The Jam y The Style Council. Yo creo que es un tipo que trató de sabotearse todo el tiempo. ¿Cuál es tu apreciación de Weller?

En mi teología, forma parte de la trinidad, con Joe Strummer y John Lydon. Los tres, claro, se odiaron siempre.

¿Cuántos dientes has roto en un slam, cuáles han sido tus mejores conciertos?

No creo haber roto dientes pero al menos he conservado los míos. El más reciente fue en GBH y apenas pude seguir en el empujadero. Fue un acto de fe… Ya son muchos años, mis 40. ¿Mejores conciertos? El Perrodiablo, en Buenos Aires, este año. Como ver a Iggy Pop en 1974 pero mejor.

Has dicho que resulta escasa la bibliografía ensayística, periodística e histórica en torno al rock mexicano. ¿Te aventurarías a escribir una biografía definitiva del punk de los ochenta en México?

Estaría usurpando el lugar de alguien mejor que yo. Pero querría ser el primero en leerla, sin duda.

Punk la muerte joven: la historia del 77, un año que se comió a sí mismo de Juan Carlos Kreimer es un libro icónico que constituye una auténtica joya documental, ya que fue escrito precisamente por un sudamericano que estuvo presente en ese mítico verano londinense del 77. ¿Qué opinas de él y qué otra bibliografía nos puedes arrojar acerca del movimiento?

Es un buen libro, aunque no me parece tan capital como otros. Prefiero los clásicos: Please, Kill Me, de Legs Mc Neil y Gillian Mc Cain, y Lipstick traces, de Greil Marcus (y no los horribles libros de Simon Reynolds, un punk trásfuga al que en realidad le gusta el techno y es profundamente asno al escribir sobre el movimiento británico y no sabe nada del punk gringo).  Las autobiografías de John Lydon y Johnny Ramone están bastante bien.

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Háblanos de ese himno que tienes pegado en una de las paredes de tu estudio, el que te da bríos para seguir escribiendo.

Tengo en el escritorio el acetato de In The City, de The Jam y un 45 revoluciones de The Clash, el sencillo de “Bankrobber”, ambos regalados por carnales muy queridos. Son amuletos, supongo. También tengo un retrato de Boris Vian (que me mira), un cuadro pintado por mi difunta madre, una batería en miniatura y un soldadito de plomo, que representa al Caballero Negro, y que compré en el MET de Nueva York.

Es difícil escoger ¿tienes una banda favorita de punk?

No tengo ni siquiera un trago favorito. En todo caso, estaría entre The Clash, The Jam, Fugazi… Un espectro amplio.

“Una novela con ritmo intenso y contundente. Hecha con rabia, descontento y humor negro que representa una obra inusual. Como un laberinto oscuro del cual en apariencia no hay escapatoria”, como lo dijo Martín Solares. ¿Qué representa para ti Méjico?

Un problema insoluble. Escribo alrededor de ese problema.

¿Nos vamos al de Descendents? Yo pongo la chela, tú el pogo y la crónica.

Descendents están chidos pero prefiero a los 7 Seconds. ¿Ya oíste “I Have Faith in You”?

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Editor Yaconic

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