RUSIA EN CHAMANES, PUNKS, BORRACHOS Y HOMELESS

 “La regla de oro en el camino es no creerle a nadie, no hablar con nadie y, Dios no lo quiera, beber vodka. Si en el medio de la nada se te chinga el carro y ya está cayendo la noche, métete al fondo del bosque y acampa ahí. Ve con los lobos, no con la gente”. La fiebre blanca

LaFiebrePortada

Por Leonardo Tarifeño / @leotarif / guyazi.blogspot.com

Que algunas de las mejores lecciones del periodismo actual lleguen de Rusia significa que aún en los lugares más adversos para el libre ejercicio de la prensa se puede hacer un trabajo memorable. La noticia es muy buena para el oficio, que a pesar de todo encuentra los caminos para superar las limitaciones a la libertad de informar, y pésima para los periodistas, quienes no siempre logran sobrevivir allí a los estupendos logros de sus esfuerzos en tiempos de mafia.

El principal ejemplo fúnebre es el de Anna Politkóvskaya, asesinada el día en el que Vladimir Putin cumplía 54 años, el 7 de octubre de 2006, en el ascensor del edificio de departamentos donde vivía, en Moscú. El literario lo representa el francés Emmanuel Carrère, quien en su monumental crónica-ensayo Limónov (Anagrama, 2013) consigue retratar el siglo XX de la ex-URSS a través de los mil y un excesos de un poeta, militar y aventurero que en su propia trayectoria vital reúne las brutales contradicciones imperiales del alma rusa. Y el periodístico en estado puro lo expresa el polaco Jacek Hugo-Bader, viajero indomable y curioso profesional que en La fiebre blanca (La mirada salvaje / Surplus, 2014, con traducción de Anna Styczynska) se autoimpone una travesía de Moscú a Vladivostok para conocer los enigmas de un mundo abandonado por las autoridades, herido por el frío y destrozado por el vodka. Unido en cuerpo y espíritu al lazik (vehículo militar soviético) todoterreno con el que recorre los caminos más extremos, siempre dispuesto a entrevistar a todo el que se le cruce y sin otro destino que el que le proponen los punks, chamanes, borrachos, obreros y homeless con que se topa, Bader construye un extraordinario mapa sentimental de un régimen y un país que arrasaron con sus ciudadanos hasta convertirlos en los últimos vestigios de un despiadado sueño de dominación mundial. Contraparte sombría de los próceres revolucionarios, esas ruinas que se ven fueron (y aún son) los auténticos protagonistas de una historia empeñada en mostrarlos como personajes secundarios mientras los villanos se disfrazaban de héroes. La fiebre blanca restaura el orden perdido y demuestra que la verdad, si existe, está en cualquier lugar menos en las oficinas de gobierno. Bader la busca en las calles, en las historias que ve, vive o le cuentan, y al indagar en las razones del naufragio descubre que no hay palabra más legítima, veraz y honesta que la de un sobreviviente. A su libro lo alimentan esas palabras, pero no para deslumbrar con el brillo del estilo sino para revelar la vida y el dolor que las habita. Como si el secreto del mejor periodismo no consistiera en saber preguntar, sino en aprender a escuchar.

“La regla de oro en el camino es no creerle a nadie, no hablar con nadie y, Dios no lo quiera, beber vodka —le aconsejan a Bader poco antes de emprender el viaje—. Si en el medio de la nada se te chinga el carro y ya está cayendo la noche, métete al fondo del bosque y acampa ahí. Ve con los lobos, no con la gente”. El periodista acepta el consejo, lo valora, y finalmente, desobedece. La fiebre blanca es la crónica de esa desobediencia, y a la luz de su resultado quizás habría que pensar si el mejor periodismo no alberga siempre la voz secreta de un mandato —cultural, político, profesional— que el buen reportero jamás acata. Una vez lanzado a su aventura, el cronista advierte que no podrá llegar al final del recorrido si no se somete a un largo aprendizaje cotidiano, y la urgencia de esas lecciones in extremis vale tanto para conducir a 30 grados bajo cero como para enfrentar lo inesperado o conocer a los demás. Si no se pasa a la acción, no se aprende; en la inacción se instala la comodidad, y cuando se está cómodo se tiende a juzgar aquello que en definitiva queda lejos, más allá de la ventana. Desafiado por el vértigo de lo desconocido, Bader se pone en marcha para descubrir que la clave de su larga travesía es el movimiento, sacudón continuo que exige aprender, abrir los ojos y entender a aquellos que durante el viaje son ni más ni menos que sus iguales. Por eso, quizá, sube al lazik a cualquiera que encuentra en el camino, con tal de que durante el trayecto compartido le cuenten sus vidas, obras y milagros. “Puedo reducir toda mi filosofía acerca del periodismo a una sola palabra: mimetizarse”, escribe en las primeras páginas de La fiebre blanca. Transformado en el conductor que levanta a futuros indigentes perdidos en la carretera o en el acompañante de una homeless que busca ropa y alimento en las estaciones de trenes, el periodista es fiel a su evangelio y, obligado por la acción a la que se somete, asume en carne propia los dramas e ilusiones de aquellos que confían en quien se atreve a escuchar.

La fiebre blanca, foto tomada de touringclub.it

La fiebre blanca, foto tomada de touringclub.it

En cada parada de su viaje de Moscú a Vladivostok, Bader evoca el insólito Reportaje desde el siglo XXI, texto de política-ficción escrito en 1957 por varios autores del núcleo gubernamental comunista. En esas páginas, los científicos del sueño socialista especulaban con el porvenir de la sociedad igualitaria y perfecta moldeada en esos años por el líder Nikita Jruschov, quien jamás llegó a imaginar el esplendoroso fracaso que sobrevendría tras la caída del Muro de Berlín. Los responsables del Reportaje… tampoco vislumbraron la hecatombe política y la posterior desaparición de la URSS, y en cambio describieron un mundo feliz gobernado por la técnica, el autoabastecimiento energético y la desaparición casi matemática de todo tipo de mal. A cada fantasía del Reportaje…, Bader responde con una crónica basada en la realidad callejera que la política nunca quiere ver o enfrentar, y el diálogo de ambos textos parece recordar que el auténtico periodismo siempre contrarresta los delirios del Estado con el retrato de una dimensión humana ajena al triunfalismo de las verdades oficiales. La fiebre blanca habla desde ese siglo XXI soñado por los videntes marxistas, y uno de sus grandes mensajes sugiere que el periodismo es mucho más necesario que la política. Que uno escucha a las personas, y la otra dice lo que las personas quieren escuchar. Que uno es “historia del presente”, como quería el también polaco Ryszard Kapuściński, y que la otra es fábula del futuro. Que uno aprende si desobedece, y que la otra enseña a obedecer.

La fiebre blanca es un viaje a la vida en el margen de la historia, una brújula para aventureros y un gran manual de periodismo. Su aparición constituye una muy buena noticia para el oficio y para los periodistas, pero sobre todo para los lectores que desconfían del reportero obsesionado por dividir al mundo entre políticos corruptos y víctimas del abuso de poder. Justo allí donde la prensa no goza de la libertad que merece, Bader demuestra que una sociedad es mucho más vasta y compleja de lo que sugieren las generalizaciones, y que en definitiva el gran periodismo no necesita autorización para indagarla ni permiso para pensarla. Con aprender a mimetizarse, alcanza.

Jacek Hugo-Bader, foto tomada de polishculture.org.uk

Jacek Hugo-Bader, foto tomada de polishculture.org.uk

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