Por Mario Castro / @LaloCura__

La caída del franquismo en España —el dictador Francisco Franco estuvo en el poder desde 1936 hasta 1975— trajo consigo el destape de un cúmulo de movimientos culturales, contraculturales, pop, sexuales y todo aquello que fue vedado durante cuatro décadas. Se trataba de “La movida madrileña”.

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Alberto García-Alíx fue un protagonista. Él, que había nacido en León y tenía unos veinte años cuando Franco murió, le entró al punk, a las motos, a las drogas… ¡al mundo crudo! Y, no lo había pensado antes, pero después de abandonar dos carreras profesionales se compró una cámara Nikon y comenzó a hacer fotografías. Así, nomás.

De a poco Alberto se encontró rodeado de músicos, pintores y otros fotógrafos de La movida: Ceesepe, El Hortelano, Alaska, Ouka Leele, Kaka de Luxe, entre otros, se hicieron sus compañeros y amigos. Sus fotografías comenzaron a ilustrar portadas de discos, fanzines, y sus colegas dibujaban a partir de sus tomas. García-Alíx era ya un fotógrafo punk, crudo.

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Sus imágenes surgían del libre transitar; de observar su entorno: su vida y la de quienes le rodeaban. A principios de los ochenta Alberto conoció la obra los estadunidenses Danny LyonWalker Evans y Diane Arbus, quienes, lejos de retratar el mundo del buen americano, capturaban el de los “rebeldes sin causa”, el de los circos, de las armas y los niños: lo marginal, lo grotesco y lo políticamente incorrecto. De ellos García-Alíx tomaría una estética, un diálogo.

Aunque quizá Alberto ya transitaba por ese estilo, el descubrimiento le permitió adoptar una línea que ha mantenido constante. Entre los personajes de sus imágenes encontramos junkies, bikers, estrellas porno, boxeadores, chulos, personas tatuadas, etcétera. La mayoría amigos o conocidos suyos. Sin embargo, no se trata de un documental: la esencia de su trabajo va más allá.

Y es que sus fotografías no ofrecen una realidad. Para Alberto esto es una falacia. El fotógrafo no “atrapa” la realidad con su lente, ni siquiera la manipula. Más bien, siempre hay una intención, nada de objetividad.

Entonces, ¿cuál es su intención detrás de cada fotografía? Reconocerse a sí mismo a partir de las personas que lo rodean. Su obra funge como un enorme autorretrato. Él mismo lo denomina así. En sus fotografías hay un descubrimiento de la voz interior, la crudeza de lo que se ve: una fascinación que atrapa. ¿De qué forma? Entre los personajes de las fotos y Alberto siempre hay una relación estrecha: quienes aparecen lo han hecho en su vida y no sólo durante la toma.

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Existe, explica él mismo, una intención sospechosa de su parte. Quien posa se vuelve cómplice. Está intención va del exterior a interior: las fotografías de esas personas son testimonio de lo que él ha vivido, por ello encuentra una carga nostálgica en cada pieza.

De ahí que, quizá, Alberto ha trabajado el autorretrato (directo e indirecto) con tanto ahínco. En éste reconoce el tiempo, quién fue:

El retrato siempre tiene algo de agresivo. A veces me pregunto si ése, el de la foto del pasado, soy yo. Cuando las observó pienso en el presente pues el pasado es muy pasado… La fotografía es un alimento personal: alimenta el deseo de vivir y mirar.

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Todas las imágenes son del artista y se reproducen sin otro fin salvo el de difusión.

Editor Yaconic

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