De la columna ‘Reporte gonzo’

Por J. M. Servín

Vagabundos e indigentes han sido, desde siempre, una presencia habitual en las calles de la Ciudad de México. En mi infancia, hace ya varias décadas, los adultos los llamaban “robachicos” para provocar miedo en los niños desobedientes (como yo) y amenazarlos con que ese señor mugroso, barbudo, que cargaba un costal a la espalda repleto de quién sabe qué, se llevaría a todo chamaco con mala conducta.

A los desobedientes, a los raros, a los insumisos, a los malcriados, siempre nos acechaba un costal para desaparecernos.

El cine mexicano nos mostró a estos hombres y mujeres sin hogar con compasión, cuando no como motivo de chistorete o de lo chusco (recordemos a la “Guayaba” y la “Tostada” y sus pretendientes borrachines en la trilogía de Nosotros los pobres, a Pedro Infante en Escuela de vagabundos o a Ignacio López Tarso en El hombre de papel).

La realidad es que “las personas en situación de calle”, tal y como los designa el lenguaje de la corrección política, son una de las expresiones más crueles de la deshumanización en megalópolis como la CDMX. Cálculos modestos estiman alrededor de cinco mil personas habitando las calles, una buena cantidad de ellas en la delegación Cuauhtémoc. Un grave problema de abandono en sociedades solipsistas en las que el loco habla en voz alta para sí mismo, abstraído por el embrujo de un teléfono “inteligente”.

El tonto sagrado del medievo ha sido reemplazado por el anacoreta del gadget, que aumenta en la misma proporción en que autoridades y ciudadanía se desatienden de lo que he dado en llamar “La gente del abismo”. Esto en clara alusión al gran reportaje de Jack London, El pueblo del abismo, sobre los desposeídos de Londres a principios del siglo XX. En 1902, London fue enviado por el periódico en el que trabajaba para cubrir como reportero la Guerra de los Boers, pero tuvo que permanecer ocioso siete semanas en Londres. Al recorrer sus calles quedó impactado por tanta miseria.

Vivo en Bucareli desde hace casi once años y he visto crecer de manera alarmante el número de vagabundos, indigentes y menesterosos que habitan una amplia zona del Centro Histórico y colonias vecinas. Desde 2011 decidí llevar a manera de diario personal, un registro fotográfico de su presencia, en mi vida como peatón que recorre un largo perímetro callejero por gusto o por trabajo, pero siempre renuente a utilizar el transporte público. A mis perros les debo esos largos paseos matutinos cotidianos, incluso crudo o amanecido, en los que mis “buenos días” me los da la desesperanza de calles cuyos nombres solo me sirven como referente para llevar un registro de estos hombres poseídos por el áurea beatifica de los nihilistas pacíficos.

Debo reconocer que desde niño me ha perturbado encontrarme con estos espectros callejeros. Me invade una mezcla de temor, atracción, conmiseración  y a veces, por qué no aceptarlo, rechazo. Orinan, defecan y tiene sexo en las calles. Muchos de ellos pasan el tiempo alcoholizados o drogados. En alguna ocasión un indigente barbón y furioso me recetó por la espalda un palazo de escoba. No supe qué hacer más que huir a paso veloz, más sorprendido que otra cosa.

La “gente del abismo” ha sido un referente constante desde mis inicios como escritor. Ha sido motivo de reflexión constante sobre las relaciones entre hacinamiento urbano-locura-pobreza-beatitud. No pretendo mucho más que reconocer el legado de Máximo Gorki y Jack London, sobre todo. La historia de la literatura está llena de alusiones y personajes referentes a vagabundos y demás “gente del abismo” (Chejov, Víctor Hugo, Manuel Payno, José Rubén Romero, Lizardi, Quevedo, Nelson Algren, Bukowski, Jack London y Lee Stringer —este último un exindigente adicto al crack que escribió una crónica demoledora sobre su experiencia en las calles de Nueva York y su posterior redención a través de la literatura—, por nombrar a algunos de los escritores más conspicuos).

La fotografía y el cine ofrecen numerosos ejemplos de lo que los desposeídos de las grandes urbes significan como objeto de la lente de los más diversos artistas visuales y documentalistas. Vale la pena mencionar a dos de ellos: Walker Evans y Weegee.

Sin duda, todos vivimos en ese angosto lado de la vida que en cualquier momento puede enviarnos a ese pabellón de espectros desquiciados en que se ha convertido la Ciudad de México.

Editor Yaconic

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