Por Nacho Hipólito / @j.ignacio 

Con La La Land (2016), Damien Chazelle (Whiplash, Guy and Madeline on Park Bench) dejó a un lado las historias originales e impactantes, para hincarse y hacerle una mamada al Hollywood de antaño.

Durante la temporada 20 de South Park, los escritores de la serie animada decidieron burlarse de la nostalgia imperante en la cultura popular contemporánea. Las “Member Berries” —un pequeño fruto que hace recordar el pasado de manera nostálgica a los personajes del pueblo— ponían de manifiesto la obsesión norteamericana por el pasado.

la la land

En el quinto capítulo de la temporada, Randy, el padre de Stan, tiene una línea que retrata nuestra época a la perfección: “El mundo está cambiando tan rápido que nos hace anhelar el pasado; cuando la vida parecía más simple. Pero eso no significa que esas ideas sean buenas para nosotros”.

Sí, estoy citando una caricatura; pero detrás de esta hay escritores con el propósito de satirizar lo que pasa a su alrededor. El diálogo de Randy hace referencia a internet y la era de la información: una época en la que todo avanza tan rápido que las noticias de hace una hora parecen haber pasado hace semanas. La La Land se sitúa en ese anhelo por el pasado.

La tercera película de Damien Chazelle es un tributo al Hollywood del ayer; esa época de oro de los estudios cinematográficos en California. Se trata de una carta de amor a todos esos musicales que impactaron a millones de personas alrededor del mundo con sus grandes producciones, sus impresionantes coreografías y sus inolvidables canciones. Hay guiños a Singing in the rain (1952), West side story (1961) Grease (1978), Shall we dance? (1966), An american in Paris (1951) y, por supuesto, A Broadway melody (1929), el primer musical al que Hollywood le apostó.

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En una entrevista para los Golden Globes, Chazelle dijo que su propósito era precisamente ese: traer el mundo de los musicales de antaño. Y lo logró de manera tan exitosa que La La Land se convirtió en uno de los filmes más taquilleros de 2016 y lo que va del año. Esa tensión entre realidad y fantasía impactó tanto como The sound music (1965) lo hizo en su época.

La La Land está consciente de sí misma. A mitad del filme hay una línea de diálogo entre los personajes de Emma Stone y Ryan Gosling en la que hacen referencia a la nostalgia. Mia, el personaje de Stone, le comunica su preocupación a Sebastian acerca de la obra de teatro que esta escribiendo; ella cree que es muy nostálgica, pero él contesta: “Ese es el punto”.

Mi problema con la película es que se suma a este embelesamiento por el pasado que impera en la época. La La Land no aporta nada nuevo al género de los musicales, sigue la misma fórmula. El guión y la dirección de Chazelle intentan transgredir el cliché de la historia de amor (al cortar el “y vivieron felices para siempre”), pero se siente igual de romántica e idealista que los demás musicales. No destaca más que alguno de los musicales a los que hace referencia; al contrario, se pierde en sus alusiones.

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Podrá tener una impecable coreografía, canciones semi memorables, personajes pseudo universales y una historia que intenta ser inolvidable; pero en 20 años nadie la va a recordar como a Singing in the rain o West side story. Será uno de esas ofertas se encuentran en los cestos de descuento en algún super mercado.

La La Land es redundante y aburrida. Más allá de servir como tributo o bonito recuerdo, es solo la prueba tangible de que Chazelle se arrodilló ante Hollywood y le bajó el zipper. Quizá ni siquiera se dio cuenta, pero su filme incentivó las celebraciones incestuosas que se festejan cotidianamente en Hollywood y que se llaman Óscares, o Globos de Oro.

“Member West side story?”, “Member the song America?”, “Member The wizard of Oz”, “Member We’re off to see the wizard?”, son algunas de las preguntas que quizá le hacían las Member Berries a Chazelle mientras filmaba y escribía La La Land. South Park, como siempre, tiene razón.

Editor Yaconic

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