Por Scarlett Lindero y Adán Silva

¿Perdonarías a la persona que mató a tu familia? ¿Te perdonarías a ti mismo por haber matado? ¿Los asesinos son víctimas? ¿La desaparición, el no lugar, la no persona, duele más que la muerte? El miedo, odio, venganza, impunidad, dolor, desolación, vacío, la nada. Cruentos sentimientos que describen la gran fosa cadavérica que es México, con sus muertos en vida, sus vivos enterrados. Este diagnóstico amargo se retrata en La libertad del diablo (2017), un ensayo documental de Everardo González.

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Siempre alardeo de mi visita al infierno: una borrachera de 18 horas: alcohol y drogas. Muchas drogas. Un infierno bastante pendejo. Sentado, frente a una pantalla de cine, imagino qué sentiría si un ser querido desapareciera. Me golpeo la cabeza para que nunca pase. Escupiría al suelo si no estuviera en una sala de cine: mi abuelo dice que sirve para que los malos pensamientos no se cumplan.

la libertad del diablo, everardo gonzalez

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La libertad del diablo acoge voces, víctimas y victimarios: el saldo que ha dejado la Guerra contra el narcotráfico desde hace diez años en México lindo y herido. Madres de jóvenes desaparecidos. Soldados que torturaron. Niñas que sollozaron porque vieron a su madre irse, para siempre. Familiares de personas que subieron al cerro más alto para rascar la tierra y solo encontrar los zapatos que alguna vez calzaron sus hermanos, hijos, nietos. Sicarios que mataron, hambrientos de poder y dinero.

—¿Pedirías perdón?

—Sí, con todo el dolor de mi corazón pediría perdón a todas las familias que dañé.

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No quisiera ni pensarlo. No podría hablar. Correría sin rumbo. Soy un cobarde, el infierno que presumo denota mi fragilidad. No perdonaría. No soy capaz, quisiera que sufrieran; me convertiría en victimario. Un asesino que fue víctima.

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El documental ha ganado tres premios en lo que va del año: mejor documental iberoamericano, mejor película mexicana y mejor fotografía. Los tres en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara.

—¿Perdonarías?

—No, no podría. Quisiera hacerles sentir el mismo miedo, el mismo miedo que se siente saber que puedes morir.

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Everardo presenta a los personajes de su filme enmascarados. Una máscara como las que se usan cuando un rostro sufre quemaduras graves. Las que cubren el dolor y la cicatriz que ha dejado una tragedia. El productor explica que las utilizó para que hubiera una libertad de discurso.

—Cuando no estamos de cara a una confesión, podemos hablar con mayor libertad. La máscara dio mayor amplitud, para que hablaran.

La máscara se amolda cuando lloran y hacen gestos, es parte de ellos, dice Everardo. Los acentos, las pausas y, sobre todo, sus silencios dicen más que su rostro. El productor quiso usar este elemento en forma de crítica a la realidad que caracteriza comúnmente a un documental. “El documental sigue siendo una construcción, una interpretación. Sé que puede ser cuestionado, pero respeto mis cuestionamientos éticos, no espero retratar la realidad, es una teatralidad”.

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Las máscaras beige se oscurecen a la altura de las mejillas. ¿Cuántas lágrimas habrán derramado esas personas? Pienso que si no tuvieran el trozo de tela cubriéndolos la gente diría: “Ay mira se ve medio maleante”, “algo hizo, esas cosas no pasan de a gratis”. Las facciones nos mueven.

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“Presenté a las víctimas sin rostro, contrario a lo que normalmente hacen en el periodismo; quise experimentar. Con una máscara solo vemos los ojos. La mirada, creo yo, es el primer vínculo humano”. Cuando Everardo estaba sentado frente a ellos imaginó estar frente a un espejo. Los personajes también se reflejaron en él. Se desnudaron y confesaron lo inconfesable. Acaso descubrió el simbolismo de la otredad en cada testimonio. Para entender el dolor hay que entender al otro y, a veces, ser otro.

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Premios por retratar el sufrimiento. Una familia posa sentada en un sillón, no dicen nada, no sé si sufren o sufrieron. Me dan tristeza, son nosotros, son todos los que estamos sentados en la sala revisando nuestro celular, viendo la hora, desesperados por quien sabe qué. Nosotros no tenemos máscara. Somos privilegiados.

¿Qué haces para sanarte después de hacer este tipo de documentales? Everardo suelta una risa que parece sarcástica. ¿Eso importa? Más de una hora escuchando testimonios que lastiman y lo que preocupa es el estado de quien nos mira de frente, sentado en un sillón y con decenas de cámaras apuntándole. No me atreví a preguntar nada.

la libertad del diablo, everardo gonzalez

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Pienso en los hijos de las muertas de Juárez, asesinadas. En la narcocultura. En los huérfanos de padres desaparecidos. Crecen con odio, odiando. Todo se transforma en violencia. Enojo. Encabronamiento. Queremos matar. Desaparecer. Hacer desaparecer al otro. El otro que es diablo. El diablo que somos nosotros mismos.

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Estuve sentado frente a una homicida. Mató a quien la violó. Le pregunté si lo volvería a hacer, me dijo que sí. Compartimos un trago. Bebí del mismo vaso; pasé horas con ella. Mi corazón latía rápido: ella fue el diablo en mí enclenque infierno. No la volveré a ver. Víctimas y victimarios. Tela y piel. Dolor y desesperación. Quisiera que ellos hubieran vivido mi infierno; que hubieran conocido a mi Diablo para que no sufrieran las libertades del suyo.

Editor Yaconic

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