Eran poco más de las diez de la noche. Atravesaba por el estacionamiento semidesértico de una Bodega Aurrera rumbo al Oxxo donde compraría una infeliz memoria, pues la nuestra se perdió sobre alguna banqueta: el colmo al llevar cámara. El colmo de un fotógrafo. A mi regreso, la seguridad (que era un chingo) recibía a cada vez más gente.

—Por acá para una revisión —me dicen.

—Ya pasé hace rato.

—No le hace, otra vez.

Fábrica

Había transcurrido mi primer encuentro con la exfábrica de hielo, un edificio derruido, en su mayoría sin techo. Quién sabe desde cuando sus paredes han servido como refugio de banda grafitera: muchos tags, algunas bombas y otros grafos más elaborados, varios viejos y los más cercanos a la pista recién hechos.

Queríamos agua, en la primera barra nada de boletos para comprarla. “En la que está cruzando la pista.” Llegar a la nave principal implicaba sortear un escalón que a esa hora era lo más sencillo del mundo; había poca gente, igual en las barras. Como muchos, no vi a Camille Mandoki ni al dúo Ikki & Torso. Ni pedo.

Caminamos a la pista. Lvis Mejía continuaba con su set mientras luces multicolores inundaban el techo. Unas escaleras que carecían de continuidad hacia el suelo se encontraban a la izquierda del escenario, mientras al lado contrario había un apartado que no visité durante toda la noche. “Está medio apagado todavía. Vamos afuera.”

La barra principal (en la que vendían los pinches boletitos para todo) estaba en un patio cuya entrada resguardaba un arbusto seco iluminado de blanco. Alguna banda daba jalones a sus pipas y bebía sus chelas de precio razonable, otros modelaban bajo el árbol por mero gusto fotográfico. Como todo el lugar un chingo de grafitis poblaban las paredes. Por allá un carnal de seguridad trepado sobre el techo echaba un ojo a los de abajo.

Luces

***

Se me antojó un tabaco con un poco de weed y comencé a liar un porrito campechano, en eso me topé a un camarada con quien platiqué un rato.

Encendí el cigarrillo.

—Oigan bandita ¿De casualidad van a fumar un poco de mota?—Se acerca un vato de gorra, güerillo, simpaticón el muchacho.

—Ahmm, sí. Si quieres apúntate.

Nos dimos las tres cada quién y empezamos a hablar de cosas de pachecos (nada importante que deba guardarse para la posteridad). De repente bajó la música y se escuchó un vozarrón mulato. ¡Verga, es Aérea Negrot! Esa morra se rifaba con los Hercules & Love Affair y ahora se rifa de a soldado. “Cámara, vamos para allá.”

Me despido del muchacho risueño y cotorrón.

—Me salvaste compa. Yo fumo mota desde bien temprano, pero andaba erizo y miren ¡No imagine que ustedes me iban a dar las tres, ni parece que fumen! Por eso te voy a hacer un cambio: qué te parece si me das un rellenón para mi pipa y te doy un cuartito de cuadro (LSD) ¿Va?

—¿Neta?

—En serio. Por ahí nos vamos a encontrar y fumamos más weed.  Mira, pon la mano.

La mujer de la cámara se acerca.

—¿Qué es eso?

—Ácido, ¿quieres?

Dos bocas se abren y reciben los pequeños trozos de cartón con alguna figura que no recuerdo. De hecho, según mi memoria actual, así transcurrió la noche, quién sabe si sea cierto. Es más, hasta la fotógrafa me dijo que la disculpara. El rush la invadió a tal grado que en algún punto me encomendó la cámara. Prefirió que la luz entrara por su pupila y no por el obturador.

aerea negrot

***

Ahí está, en el escenario, la mulata venezolana que vive en Alemania. Una migrante cultural. Una migrante tras el micrófono y las tornamesas. Su voz gruesa retumba por toda la nave. Si todavía funcionara la fábrica quizás derretiría el hielo: candela latina mezclada con la máquina techno.

Cruzo entre el mar de gente y la marea comienza a subir. Más y más cuerpos se empiezan a congregar en la estructura que se ha convertido en un rave a la usanza germana. El ambiente se llena de bajos: la voz de Aérea y la consola cimbran el terreno, el polvo se levanta por los pasos de la gente. Entre canciones habla con nosotros en una combinación de alemán con slang caribeño. Se dice feliz de aparecer por primera vez en un escenario de Latinoamérica, nosotros estamos más que pinches felices.

Me quedo un buen rato al lado de la bocina. El bajeo comienza a subir dentro de mí. El rush ha iniciado y no soy el único. A la derecha de la nave hay un sujeto con collar y pulseras fosforescentes en cuclillas junto a una ventana con dirección al vacío. Los de seguridad le dicen que se baje, lo hace después de un rato. La sonrisa no se va de su rostro.

Ventana

La venezolana termina su tremendo set de techno fino y pesado: nadie en el escenario se anda con niñerías. El mar de gente fluye cada vez más rápido por lo que decidimos salir a tomar un respiro. Siento que mis piernas tiemblan como venado recién nacido; como cuando coges largo y tendido. De regreso a la entrada de la pista, la única —parece andén del metro en hora godínez—: gente que empuja, que tropieza con el escalón y los cables que alimentan el escenario y las mentes de quienes arriban.

Dos sujetos pelones están a ras de suelo, cubiertos por la masa que comienza con el frenesí nocturno mediante mandíbulas trabadas, narices húmedas y ojos dilatados. Como lo vaticinó Aérea al bajarse del escenario, “la cosa se va a poner buena” con estos alemanes: Skinnerbox toma el escenario armado de un sintetizador análogo y una consola.

skinnerbox

Me pierdo entre la banda, no sé dónde se quedó mi gente. Doy el rol y termino trepado donde el carnal del collar luminoso. Desde acá se ve una masa en constante crecimiento y una mesa sumergida en la que se controlan las vibraciones de las personas. Un payaso en la pared me recuerda los videos de los gringos chistositos a media carretera con maquillaje en cara y a los supuestos payasitos muertos sobre el asfalto de Ecatepec. El mero contraste, justo como los pensamientos que llevo gracias al buen elesdi.

De regreso al alud humano. La entrada está cada vez más atascada: nadie entra ni sale sin pisotones o con el miedo de llevarse un cable entre los pies e interrumpir el baile. Ocurrió dos veces: los alemanes se miraron incrédulos mientras el staff trataba de regresar el audio al escenario verde engalanado por un grafo alusivo a Quetzalcóatl.

quet

La noción del tiempo ha desaparecido, me cago de la risa mientras me tiembla todo el cuerpo. Las frecuencias siguen en mi cabeza, me siento sordo. Todo lo escucho con eco. Bebemos una chela después de permanecer en la fila un buen rato, nos sentamos y vemos a la banda transitar frente a nosotros: godínez, fresas con papa en boca, banda más ñera y algunos chicos de apariencia trendy.

Hay que regresar a la pista… ni madres, el mar de gente ya no me deja mover. De nuevo afuera. El rush se empieza a ir, hay que armar un porro de pura hierba para ver si regresa… ¡ay wey! de nuevo pa’rriba. Otra vez no me importa el nudo humano. Tres especímenes blancos con ojos, antenas o focos en la cabeza están sobre el escenario. Los niños nos llevan por un mundo más agudo, con destellos y movimiento interminable. Mi cráneo no se deja de mover, el viaje ha vuelto y más cargado. El cerebro vibra sin control mientras volteo a ver el rosa en las paredes, la cámara es mía desde ahora y trato de hacer tomas, después me olvido de ella y prefiero resguardar lo que observo en mi memoria.

antenas

El tiempo se desvanece entre el final del set de los últimos latinos en el escenario y la espera para conseguir una chela: ya solo hay puros tragos, mi hígado exige una cerveza. Hay que regresar a movernos en lo que llegan los líquidos. Todo el panorama ha cambiado con la madrugada: iluminación azul que colorea los labios y les da un tono mortecino; una atmósfera fría cual bosque de coníferas. La música se torna oscura. El techno más puro se deja venir con Monolake, quien nos envuelve en la niebla espesa de los bosques.

Una corriente de chelas, botellas de tequila, refrescos y hielos cruza la pista. Cautivos al deseo dionisiaco regresamos a la barra: la hidratación es necesaria. Han pasado un chingo de minutos desde la última cerveza. O así lo percibo. De regreso con nuestras latas la crema sigue en el escenario. De manera magistral y fina hay un corte breve que de inmediato acalla la austriaca Electric Indigo: la espesura continúa y sube: todos en trance. Sarai está a mi lado aunque en realidad se encuentra inmersa en su ser (según me dijo se transformó en tres cosas distintas en apenas unos minutos, recio su viaje).

Todos en el rush, nadie se baja. La gente baila, lo mismo entre los cuerpos que al lado de la ventana que da hacia la nada. Veo rostros familiares al cruzar el mar frío, olas que guían mi mirada en un eterno vaivén. Cierro los ojos y aparecen destellos de colores, la música se transforma en figuras que habitan mi cuerpo, las veo atravesar mis entrañas, pasear por mis pies y manos, sumergirse en mi estómago. Sarai me abraza y las ondas de colores nos atraviesan. A pesar de lo sombrío de la música cierta tranquilidad permea el ambiente: nada de mala vibra, nadie se encabrona por los empujones. Serenidad ante todo.

paz

Son casi las cuatro de la mañana y Electric Indigo nos saca de la niebla de putazo: silencio repentino. Un ¡no mames! se escucha por todos lados, el rush se corta y, aunque en poco tiempo inicia un mashup entre los alemanes, el viaje ya no es igual.

Salimos de la zona de baile y nos sentamos en una silla para armar un cigarro. Una pareja temblorosa se nos acerca y nos pide un tabaco, como la mayoría, andan en ácido, aunque también había banda entrándole al perico y muchos fumando hierba. El frío no se siente, regresamos a la pista y pensamos en bailar pero el viaje ya no regresa con la misma intensidad. “Mejor vámonos”. Encontramos un recibidor vacío, sombrío como todo el lugar pero con tranquilidad, la misma que inundó nuestros cuerpos. Nos despedimos de la banda de seguridad que lleva 12 horas en servicio. Ya son la 5 am. No hemos dormido, como nunca duerme la máquina citadina que nos cimbra con sus sonidos.

interior

Fotos: Sarai Rodríguez

Mario Castro

Mario Castro

Estudió Letras Hispánicas en un arranque por pertenecer al mundo profesional, aunque lo suyo es ver, hacer, hablar y escribir sobre fotografía. También le interesan la literatura, el teatro y el cine, pero líbrese de hipsterear. Gustoso de echar el verbo, la chela o dar el rol sea en la ciudad o por terracerías.

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