Por Mario Castro / @LaloCura__ 

Es domingo cerca de las dos de la mañana. Esta noche Silvio Me Duermes Rodríguez ha tocado en el Zócalo de la ciudad. Ebrios y un poco puestos (¿hace falta decirlo?) salimos por más pisto (alcohol), pero no tenemos cigarros. “Vamos por unos”, sugiero al carismático y barrigón Rigo. Y nos parece buena idea. Es una madrugada primaveral en Ciudad Azteca, Ecatepec. Jarva, nuestra amiga, nos dice que no vayamos. No le hacemos caso y avanzamos  en sentidos contrarios. La borrachera ha comenzado horas antes, con la charanda El Tarasco que compramos en Polígonos.

—Aquí es donde aparecen los descabezados –había dicho Jarva.

Por eso regresamos a su casa en taxi con un cuarentón psytrance al volante. Caminar por aquellos linderos del Circuito Mexiquense equivalía a un suicidio. Borrachos, lo habíamos olvidado.

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Pero ahora cruzamos la oscura y sola Avenida Central en busca de los cigarrillos. En una gasolinera con un Oxxo en supuesto funcionamiento 24 horas nos dicen que no sirve la terminal, así que volvemos. A unos pasos hay una camioneta blanca con rótulos de policía estatal. Un tipo ataviado de negro, con bufanda a medio rostro, se nos acerca. Con él vienen tres más, dos de ellos con metrallas medianas. Nos cuestionan qué hacemos. Nos revisa. “No traemos nada”. Trago, un flauto, una bacha, nada. “¿Y esto?”, me pregunta por la tarjeta que saca de mi pantalón. “¡A ver cabrones, súbanse!”. Los medio-rostro nos trepan entre preguntas con aliento agrio y empujones.

Unos putazos al entrar a la camioneta. Dos medio-rostro se quedan atrás con nosotros. Avanzamos unos veinte metros de la gasolinera; desde ahí se puede ver todo. Nadie se acerca: otra forma de suicidio.

—¿De dónde son?

—De aquí de Rinconada.

—¡No se hagan pendejos! –dice un medio-rostro y me da un madrazo seco en mi cabeza. Se repite la escena unas dos veces hasta que les decimos que somos del sur, cerca de Iztapalapa.

—¿Y qué chingados hacen acá?

—Es cumpleaños de una amiga que vive por Plaza. Hizo una fiesta.

Todo el diálogo es conmigo. No sé si Rigo está dormido o desmayado por la impresión y su embriaguez. Ambos tenemos la cabeza entre las piernas, nos sujetan del cuello para no alzarlas. En algún punto me doy cuenta que ya no estamos sobre la recta de la Central. Hemos dado varias vueltas hacia no sé dónde. Paramos.

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—A ver cabrón, estamos afuera de un cajero, me vas a decir el NIP de tu pinche tarjeta.

Entre mis nervios y la borrachera no recuerdo el puto número. Les digo una cifra sólo por hacerlo. Salen del auto. Al poco tiempo regresan, encienden de nuevo la camioneta y uno de ellos me da cachazo en mi cabeza, duro y seco. De inmediato se inflama.

—¡El número que nos diste está mal, pendejo! –escucho el sonido de la guantera, la abren.

—¿Escuchas esto? –unas tijeras se abren y cierran junto a mi oreja– Por cada número que me des mal te voy a cortar un pinche dedo. ¡Entendiste, pendejo!

¡Puta madre! No recuerdo el número. Les digo otra cifra que, según yo, es la correcta. Bajan.

—¡Valen verga! –suben de nuevo, me dan otro cachazo más recio. Pasean las tijeras junto a mi cabeza: abren y cierran, ahora con más fuerza. Otra vez apagan el auto para un nuevo intento, también infructuoso. Seguramente ya se bloqueó el plástico. Siento hinchado el cráneo, no sale sangre. De las tijeras ya no sé nada, todavía tengo diez dedos.

—¡Ya se los cargó la chingada, por imbéciles, por pinches cabroncitos! –dice uno de los medio-rostro– Hay que aventarlos por allá.

Hablan de un lugar pero no entiendo bien sus palabras. Estoy mareado por la peda, que no se me ha bajado, y por los cachazos. Escucho la respiración de Rigo desde hace rato. Pero todo el desmadre es conmigo. Las pocas veces que le hicieron preguntas sólo balbuceó. Y claro, fue en mi pantalón en donde encontraron la tarjeta con grandiosos doscientos pesos.

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Nos bajan de la patrulla. Alcanzo a ver que estamos en una terracería, de una zona despoblada. Desde que nos treparon guardé mis anteojos en el pantalón. Todo oscuro. Me tiran al suelo y siento un pie sobre mi cabeza. Después el cañón de una pistola.

—No levantes la cabeza o te la quiebro con esto. ¡¿Entendiste, puto?!

Traen a Rigo, lo tiran a mi lado.

—¡No levanten la cabeza o se los carga la chingada de un plomazo! ¡Pendejos!

Nos dan pataditas de despedida. No escucho cuando encienden la camioneta. Pasa un tiempo. Rigo me pregunta si estoy bien. Se levanta, no lo han matado. Unas vías cruzan cerca, próximas a —después lo sabré— Cerro Gordo, zona industrial de Ecatepunk; un buen lugar para matar a alguien y convertirlo en primera plana de tabloide de nota roja.

Llegamos a casa de Jarva a eso de las siete de la mañana. Después de caminar por una carretera desolada y pedirle raite a una combi con destino al metro.

—Esos güeyes se echaron su volado. No les tocó –nos dice Jarva. Y no sé qué hacer, así que me pongo a trapear los restos de la borrachera. Creo que nací de nuevo, por cabroncito borracho que fue al Oxxo en la zona conurbada, en la periferia podrida.

SALVAJADA DE MUERTOS

Despierto por la mañana y sigo encabronado por la muerte de la periodista Anabel Flores, el deceso número diecisiete desde que en Veracruz inició la administración del priista Javier Duarte, ese que dice que a los pensionados los mantengan sus hijos, y cuya administración debe dos mil 76 millones  de pesos a la Universidad Veracruzana. Ese gordito que sonreía en Orizaba cuando una madre lo increpaba para exigir una audiencia en la que aclararan el paradero de su hija. Anabel fue encontrada en Oaxaca, a unos diez kilómetros del límite con Veracruz.

En mayo de 2014 encontraron el cuerpo de Armando Saldaña, quien conducía un programa radiofónico de corte político en la zona de Tierra Blanca; fue hallado en un cañaveral del municipio oaxaqueño de Cosolapa, a unos kilómetros de Veracruz.

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En febrero encontraron el cadáver, si  es posible nombrar de esta manera a un trozo de tibia, de Bernardo Benítez Arróniz, uno de los cinco jóvenes que fueron levantados por una camioneta de la policía estatal cuando regresaban de una fiesta en el puerto de Veracruz. Durante las recientes semanas, sus familiares, pues todos son (¿eran?) familia, hablaron en los medios posibles exigiendo una búsqueda aunque nunca confiaron en la policía pues “ellos se los llevaron”. El “cadáver” de Bernardo fue encontrado junto a las cenizas de otros 300 o 400 cuerpos que son inidentificables; por eso su padre no confía en que los restos que le entregaron en una caja de cartón sean los suyos.

Anabel, dice la fiscalía veracruzana, probablemente tenía vínculos con ese ente llamado crimen organizado, quesque tenía un romance por ahí con algún zeta. Sobre Armando nadie sabe por qué lo asesinaron, sus familiares dijeron que en su programa no hacía investigaciones peligrosas, sino que se limitaba a decir quién hacía bien su trabajo y quién no. En Veracruz expresarse es arriesgar todo.

Viajar también los es. Los padres de Tierra Blanca (triste que tengamos que utilizar motes así) han explicado que sus hijos eran tranquilos. ¿Cuánta mentira puede haber cuando un padre, entre quejidos de animal embravecido y herido de muerte, explica que él entregaría un miembro, el que sea, con tal de que le regresen a su hijo? Aquí no puede decirse, como en Ayotzinapa, que se lo buscaron por jugar a la guerrilla ¿Desde cuándo salir de paseo con tus amigos se convirtió en acción de extremo peligro o en violar las leyes? Esto no es nuevo.

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Es otro día. Despierto y escucho al gobernador de Nuevo León, Jaime Heliódoro Rodríguez Calderón, “El Bronco”, anunciar en conferencia que en el penal de Topo Chico, en Monterrey, hubo 52 muertos y 12 heridos (después de aclararía que sólo fueron 49 muertos y cinco heridos) luego de un enfrentamiento de dos narcotraficantes, Jorge Hernández Cantú, “El Comandante Credo”, y Juan Pedro Zaldivar, “Z-27”, por el poder ahí dentro. Las cárceles no las dirige el gobierno (hace falta decirlo).

Hace unos tres años me regalaron el 2666 de Roberto Bolaño. A los pocos meses, justo en la parte de “Los crímenes”, detuve mi lectura: habían pasado cinco años en el tiempo de Santa Teresa y la cantidad de cuerpos, nombres y vestidos de mujeres asesinadas me cargaban de sueños horrendos. Todavía, hoy día, no puedo leer más de dos páginas. Alguna vez alguien me dijo: “Pero sólo es ficción, yo lo acabé rápido.” Y ahora que termino de redactar se habla de entre seis y catorce mujeres embarazadas asesinadas en Puebla. En todos los casos el culpable, o el más señalado, es el padre del bebé. Las descripciones son tan cercanas a los pasajes bolañescos más detallados. Y no distingo este tipo de ficción de lo que observó-escuchó en los medios.

Los caminos huelen a muerte, respiramos cenizas, nos alimentamos gracias al abono producido por miles de cuerpos paisanos o migrantes: lo mismo da.

Tengo demasiada mierda atravesada.

Tenemos: el verbo correcto.cenizas 1

 

Editor Yaconic

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