Por Juan Eduardo Mateos Flores / @Corazondepajaro

—No te diré nada.

El que habla es Manzanita I, un hombre menudo de cara rojiza y aspecto morisco con las arrugas colgadas. Manzanita I se llama en realidad José Manuel Cullel y es el presidente del comité de los ex-reyes del carnaval de Veracruz, que más que un comité es un breve grupo de cincuentones que solo cobra importancia cuando se acerca el Carnaval de Veracruz, entre febrero y marzo.

Manzanita está afuera de un velorio. Es enero de 2014 y le acabo de preguntar si es cierto lo que se rumora en las calles. Que a Tavo Rumbas, el Rey del Carnaval de 2008, lo cortaron en pedazos después de asesinarlo; que lo dejaron en la puerta de la casa de su mamá, como si se tratara de una especie de paquete postal, dentro de una caja de zapatos.

Tavo Rumbas fue coronado Rey del Carnaval cuando Fidel Herrera Beltrán todavía era gobernador. El Rey es una tradición singular: serlo durante un año significa que se encarna la alegría, la amabilidad que supuestamente caracteriza al Puerto y nos distingue en todo el país. Se dice, por eso mismo, que quien se convierte en rey solo muere de viejo o por alguna enfermedad.

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Tavo Rumbas / Foto: Facebook.

El Carnaval de Veracruz nos hace creer importantes. Los turistas vienen a contemplar el jolgorio y las clases escolares se suspenden, mientras las ofertas de cerveza se apoderan de las calles y los políticos no paran de hablar sobre eso que llaman “la derrama económica”. Pero lo cierto es que la ciudad se llena de riñas y vómito; los turistas no saben que las playas en las que nadan son el desagüe de nuestros desechos.

La muerte de Tavo Rumbas no apareció en ningún periódico, pese a que era uno de los timbaleros más reconocidos de un puerto que se asume salsero. Había tocado con Celia Cruz, ganado un concurso nacional de timbaleros en la Ciudad de México y había subido muy rápido el escalafón de las oficinas de Tránsito Municipal.

A Manzanita se le cuelga de la boca una sonrisa nerviosa. Los mosaicos verdes y mal iluminados de la Funeraria Huerta enmarcan su rostro compungido. No esperaba esa pregunta. Sobre todo porque esta noche le pertenece a Daniel Rergis, El Catrín, otro Rey del Carnaval quien murió fulminado por un paro cardiaco hace unas horas y a quien velan ahora dentro de un ataúd sencillo. Nadie más ha escuchado mi pregunta. La gente remoja el pan dulce en sus tazas de café mientras recuerdan anécdotas de El Catrín, famoso por haber interpretado a Carmelo, el amor platónico de María Rojo en la película Danzón.

Antes de que me muestre la espalda sin despedirse, le pregunto a Manzanita por qué no puede decirme nada.

—Porque no puedo —responde seco—. No quiero que mañana salga en el periódico que yo te dije eso y me vayas a meter en un problema.

José Manuel Culell regresa con sus compañeros, los demás exreyes que han llegado a despedirse del Catrín —Papaíto, Bembé, Jiribilla, Jorge Negrote, Montenegro—, y me evita durante toda la noche.

Jamás volverá a dirigirme la palabra.

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Puerto de Veracruz / Foto: CC.

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Todos los que conocieron lo saben; no lo dicen pero a veces lo cuentan en voz baja, como si ese nombre —Tavo Rumbas— fuera un vocablo prohibido capaz de hacerlos merecer la horca.

Pero su muerte no es lo único en esta ciudad que se cuenta entre murmullos: con cada hecho violento ocurre lo mismo. Esta es la tierra del susurro, del eufemismo, donde las cosas pierden su nombre. A los Zetas, por ejemplo, no se le dice así, “Zetas”; a ellos se les dice Aquellos, Los de la Letra. Y aquí no existe el Cártel de Jalisco, sino Los malandros. Es como si los nombres fueran una conjura, una invocación que tiene que evitarse a toda costa.

Hace tiempo que a las muertes tampoco se les dice ya con ese término. Los asesinatos, aquí son ejecuciones. Y cuando alguien muere, decimos que “ya fue”. Si alguien pregunta a cualquiera: oye, loco, ¿qué pasó con Tavo Rumbas?  Le responderán que nada, que ya fue, que ya mamó.

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La mamá de Tavo Rumbas, Consuelo Almazán, cuenta siempre la historia de sus cacerolas arruinadas. Desde niño, Tavo solía improvisar sobre ellas usando unas cucharas de peltre como baquetas; una y otra vez, las golpeaba con ritmo y sabor, hasta dejarlas inservibles.

Desde entonces pintaba para timbalero. Gustavo Delgado Luna —su verdadero nombre— nació el 19 de enero de 1971, en una familia anclada, como muchas en el Puerto, a la cadencia salsera. Inspirado en su tío “El Mango”, que tocaba con la Sonora Veracruz, Tavo aprendió la técnica de golpear el timbal antes de aprender a enamorar a las mujeres.

Su primer empleo fue con el grupo La Clave, a los 14 años; meses después sería reclutado por los Sembradores del Son, una de las orquestas más solicitadas en todo el Puerto, donde Tavo, todavía un niño, tocaría hasta cumplir 22.

Veracruz ya era, en esos años, la capital mexicana de la salsa: los jóvenes de entonces crecieron con los bailes masivos del Salón Villa del Mar, frente a la playa; con las noches interminables dentro de salones sindicales, donde Héctor Lavoe, Celia Cruz y Tito Puente sonaban en vivo y a todo volumen. No había fiesta local o camión en el que no sonaran la voz de Galy Galiano, las experimentaciones de las Estrellas de Fania o el ritmo desenfadado del Grupo Niche.

La vida era una extensión de la música, del baile, y esa fiebre por la rumba despertó en Tavo una ambición. Entonces, además de timbalero, figuraba ya como segundo coro. Pero quería más: quería cantar y hacerlo bien. Por eso y por muchas otras cosas, cuentan que dejó a los Sembradores del Son; por eso también cambió de mujer y se fue a Xalapa a probar suerte con el grupo Combo Ninguno.

Pero el puerto no lo dejaría ir tan fácil. Tavo Rumbas estaría de vuelta a los pocos meses, listo para forjar su nombre, su leyenda y su desgracia.

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Tavo Rumbas / Foto: Facebook.

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La violencia nunca fue tan salvaje como en esos meses de 2011, el mismo año en que Tavo Rumbas fue asesinado. Las muertes violentas se quintuplicaron: en el 2010 se contaron 34 asesinados; ese año fueron 176.

Pero las cifras no hablan de la zozobra que hizo a los porteños adoptar extraños comportamientos. El mutismo de las autoridades se volvió impenetrable y, como consecuencia, en las redes sociales comenzaron a difundirse historias sobre asesinatos y desapariciones que nadie podía comprobar.

Veracruz dejó de ser la ciudad del bullicio y la rumba, para convertirse en la del silencio y el rumor. Las balaceras dejaron de aparecer en los diarios y cuando alguna era demasiado evidente, se publicaba con un eufemismo: “Operativo de seguridad”.

Los antros y los bares se vaciaron, las fiestas tenían lugar en casas y en moteles. Entrar a un antro era suficiente para recibir un elogio irónico: “valiente”. Ningún padre de una “buena familia” permitía que sus hijos salieran a divertirse.

Hubo rumores memorables. Un día de agosto, por ejemplo, todos estábamos seguros de que los Zetas habían esparcido niños muertos sobre la arena de Playa Norte. Niños desollados en la playa, sí, como una suerte de ofrenda salvaje ante una ciudad que, de pronto, exigía ritos mórbidos.

Estas leyendas, sin embargo, se fundaban en un horror real. El año en que Tavo Rumbas murió, pero el 20 de septiembre, pasadas las cinco de la tarde, 35 cadáveres fueron arrojados sobre una concurrida avenida de Boca del Río, como si fueran bolsas de basura, a unos metros del lugar donde se llevaría a cabo la Comisión Nacional de Procuradores.

El gobernador, Javier Duarte, y su secretario, Reynaldo Escobar, quisieron enterrar el suceso y aseguraron que esas 35 personas eran sicarios y secuestradores. Pero, entre murmullos y voces anónimas en las redes sociales, circulaba otra versión: que algunos de aquellos cuerpos, de aquellos 35 cuerpos sin vida, habían sido sacados de una fiesta en el barrio de Icazo, donde se celebraba un campeonato de fútbol.

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Fue la ilusión de cantar lo que trajo a Tavo de regreso al puerto.

Con sus hermanos, Irene y Ricardo, dos amigos y su hija pequeña formó un nuevo grupo: Candela. Cada 31 de diciembre, fin de año, el grupo tomaba una camioneta de batea y navegaba por toda la ciudad. Tocaban donde pudieran, toda la mañana y tarde, para recolectar dinero con la tradición de El Viejo. La tradición consiste en que una persona se disfraza de viejito encorvado y baila bajo el influjo de ritmos latinos mientras recolecta dinero.

En 1998, Tavo había ganado el título de “mejor timbalero a nivel nacional”. Solía presumir al respecto: “esos chilangos me pelaron la verga”, decía. Por eso cuando se enteró del concurso Cantar es Superior, que reuniría  decenas de cantantes del sureste mexicano, Tavo Rumbas quiso demostrar que su gaznate también era de oro y se inscribió.

Ni siquiera llegó a las finales.

Las decepciones comenzaban. De nada le servía su carisma jarocho, su labia, ni su fama de gran timbalero. Porque tocar en un grupo —y recibir una paga al final del día— no es lo mismo que administrarlo, publicitarlo y dirigirlo. A los problemas financieros, pronto se sumó su alcoholismo y su adicción a la coca. Y, por supuesto, el mal de amores.

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El silencio es una cosa frágil. Puede cubrir a una ciudad por entero, someter a sus habitantes, pero cualquier nimiedad lo rompe con escándalo. Eso pasó en 2011 —el mismo año que mataron a Tavo—, cuando un par de tuits enloquecieron a todo Veracruz. A ese día de agosto se le conoció como “El Jueves Negro”. Durante horas no se habló de otra cosa; en el cotilleo de las calles, en las conversaciones de Facebook, en mensajes y llamadas telefónicas. Los Zetas —Aquellos— estaban secuestrando niños en las escuelas primarias. Eso decían.

Algo inaudito sucedió después. La Procuraduría General de Justicia Estatal de Veracruz detuvo a dos personas: Gilberto Vera, un profesor de clases particulares que tuiteó sobre una supuesta explosión en la calle de Anton Lizardo; y Maruchi Bravo, quien fuera funcionaria cultural en tiempos de Fidel Herrera y que entonces usaba su cuenta de Facebook para criticar la administración de Javier Duarte y para replicar mensajes anónimos sobre balaceras y asesinatos que no se informaban en los periódicos.

Después de encerrar a ambos, la administración de Duarte de Ochoa los nombraría los primeros twitterterroristas del mundo. Su crimen fue practicar lo que en esta ciudad es desde entonces una forma de vida: esparcir rumores como única alternativa al silencio y al miedo.

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Postulación de Rey del Carnaval.

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La canción la escribió en una servilleta, la tituló “Mírame cariño”. En un inicio, la dedicó a la madre de su hija Esbeydi. Tavo, eso cualquiera lo sabe, tenía facilidad para el romance; pero su exesposa era la única mujer a la que buscaba siempre, hasta que ella decidió abandonarlo definitivamente.

Tavo Rumbas era ya parte de una de las orquestas de salsa más famosas en el puerto: La Selecta de Fallo Argumedo, con quien tocaría hasta poco antes de su muerte.

—Yo no lo quería contratar porque tomaba mucho —recuerda Argumedo—.  No fue hasta que vi que había dejado la bebida que lo acepté. Y es que todo mundo le invitaba; al principio, él aceptaba las copas por cortesía pero no se las tomaba. Tomaba el vaso, agradecía y los dejaba llenos en algún lugar del escenario. Se dedicaba a tocar nomás. Y es que era tan amiguero que a él las pedas no le costaban. Comenzó a tocar con nosotros y, durante buen tiempo, no bebió. Pero recayó a los pocos meses.

Tavo le mostró la canción a Fallo Argumedo mediante una grabación casera —de guerrilla, le llaman— en la que su voz apenas se escuchaba. Fallo preparaba lo que sería el segundo disco de la orquesta, Corazón salsero, y le pidió que transcribiera la letra para componer los arreglos. La grabación les llevó más tiempo de lo habitual porque Tavo, como buen jarocho, añadía una ‘s’ al final de todos los verbos.

—Eran problemas de prosodia: los jarochos cuando hablamos nos comemos las eses, se la ponemos a donde no. Tavo cantaba “fuistes”, en vez de “fuiste”. Le costó trabajo, pero al final quedó bien.

“Si tú supieras lo que quiero de ti/ Es el cariño y el amor que me diste/ Mi vida me la volviste loca/ Y por eso que te quiero y me alocas/ Mírame cariño cómo estoy por ti.”

Aun conociendo su situación sentimental es difícil distinguir una brizna de pesar en esa letra tan simple, en esa voz aguda rodeada de trompetas.

Tal vez porque el dolor, el dolor real y mayúsculo, todavía no llegaba.

Fue justo antes de la presentación del disco que a Tavo se le cayó el mundo: su hija de 15 años, Esbeydi, se suicidó; según dicen algunos familiares lejanos, por el amor de una bailarina.

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Bahía de Veracruz / Foto: CC.

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Las versiones sobre su muerte se multiplican. Fue un año después de haber sido nombrado Rey del Carnaval, que Tavo llegó a la dependencia de tránsito; algunos amigos de rumba aseguran que ahí está la razón de su desgracia, porque Tavo abusaba de su poder o porque a alguien no le gustó su fiesta. Cuentan también que Tavo encontró su muerte porque tuvo la ocurrencia de desobedecer “órdenes de arriba”.

Se dice también que El Capi, un bar que estaba ubicado en Nezahualcóyotl casi esquina con Cortés, era suyo; que adentro, el verdadero negocio era la droga. Por eso la contra —como llaman aquí  al Cártel que no domina la plaza— decidió llevárselo.

Quién sabe.

Un familiar cercano que pide —como todos— no publicar su nombre, narra que durante el levantón —aquí nadie dice “secuestro” a Aquellos —los narcos, los sicarios, los Zetas— se les pasó la mano —por no decir que lo torturaron hasta matarlo—; y que bastaron cuatro golpes, como en el ajedrez, para que a Tavo le diera un infarto

Sin embargo, en las redes sociales, en los bares y en las plazas, cuentan que a Tavo lo hicieron cachitos. Hay quien jura que lo metieron en una bolsa de basura. Otros, que apareció dentro de una caja de cartón. Los más exagerados aseguran que Tavo Rumbas fue encontrado “hecho cachitos” dentro de una caja de zapatos.

El día que Tavo Rumbas murió, el 9 de abril del 2011, Javier Duarte declaró Veracruz era una tierra segura para sus habitantes y para los vacacionistas que quisieran venir a disfrutarla, los Tiburones Rojos perdieron 1-0 contra los Indios de Ciudad Juárez y el presidente de Televisa, Emilio Azcárraga Jean, sufrió un ridículo accidente en un rally de Chihuahua. El día que Tavo murió nadie pronunció su muerte y, aunque años antes su foto había aparecido en todos los periódicos locales, con su corona brillante y su sonrisa jarocha al frente del festival, ese día todos prefirieron mirar hacia otro lado.

Todavía hoy, años después, cuando se habla de Tavo Rumbas, es siempre cuidándose la espalda. Su muerte es aún una asignatura pendiente. Nadie quiere que le corten la lengua por andar diciendo que a Tavo Rumbas los Zetas lo cortaron en pedazos.

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Javier Duarte, gobernador de Veracruz / Foto: Deinterespublico.com.

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Entre sus muchas derrotas, Tavo perdió también su batalla contra el alcohol y la coca. Tantas veces entró y salió de centros de rehabilitación que la cuenta se pierde en la memoria de sus amigos cercanos. “Allá me tienen siempre trabajando, siempre me tienen ocupado y no me gusta vivir así”, se quejaba cada que prometía jamás volver al anexo.

Su madre Consuelo se quedó esperando que su hijo dejara “esos malos vicios”.  Pero a nadie más parecía extrañarle; que un tipo mujeriego, llevadero, sea además adepto al trago o a la droga es una obviedad en esta tierra de machos y baile.

Tavo Rumbas era eso: un estereotipo del jarocho rumbero. El músico que duerme en el día y vive de noche, el jarocho venido de menos a más. Un hombre que, además de saber hablarle a la flota con el caló de cualquier barrio, sabía también dirigirse entre los empresarios. Un tipo llevadero, rodeado de amigos, que pronto superó el círculo musical y se involucró en los vericuetos del poder municipal.

Fue ese ímpetu bullanguero el que lo llevó a postularse como Rey del Carnaval. De nuevo, los rumores se cruzan: un locutor de salsa muy conocido en la ciudad cuenta que Tavo presumía que el cacique de los ferrocarrileros, Víctor Flores, había depositado cincuenta mil pesos para que consiguiera el reinado; otros dicen que Tavo se esforzó boteando y recolectando dinero en las kermeses para lograr su sueño: ser el magnate de las fiestas carnestolendas.

Ya era, entonces, uno de los músicos más célebres del puerto y sus contrincantes —La Beba, El Nene y Mi Sangreperdieron por una diferencia contundente de, por lo menos, mil votos.

Cuando fue coronado, celebró con los brazos extendidos como un atleta que llega triunfal a la meta. Era su noche, él lo sabía; su Carnaval, su momento. Por una semana, Tavo Rumbas, fue el hombre más feliz de la tierra.

Un año después, y gracias a su creciente fama, Tavo Rumbas fue nombrado Jefe de Patrullas de Tránsito Municipal. El jarocho alegre, el timbalista carismático, el bullanguero, se convirtió en “un hombre importante”. A partir de ese día, bastaba una llamada al buen Tavo Rumbas para que tu auto no cayera al corralón; si un oficial te sorprendía ignorando el semáforo en rojo, mentar su nombre era suficiente para no recibir una infracción: la corrupción, antes privilegiada para los hombres de abolengo, se había democratizado.

Nadie lo decía, pero no era un secreto que la oficina de tránsito guardaba la caja chica de los Zetas —Aquellos—. Si uno intenta rastrear la relación de multas de esos años, la oficina argumenta que “los archivos correspondientes de enero-junio de 2011 tuvieron que incinerarse debido a las inundaciones de 2014”.

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Las palabras rumba y rumor se parecen. Ambas tienen cinco letras y suenan casi igual. El origen etimológico de la primera es incierto pero, quizá, no lo sé, en el pasado ambos términos tuvieron algo que ver. Ahora, en el Puerto, después de la muerte de Tavo Rumbas, después de todas las ejecuciones y los levantones, el sonido de la rumba suele estar acompañado siempre de rumores sueltos, cosas que uno oye entre una canción y otra; de manera inevitable, los significados de ambas palabras se confunden.

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Tavo Rumbas / Foto: Facebook.

Si no fuera por una solicitud de información al Comité de Carnaval, en la que se reconoce su muerte —por un paro cardiaco—, Tavo Rumbas aún estaría vivo para las instituciones.

Y aunque para sus familiares y gente cercana su muerte es un hecho —ocurrió un 9 de abril del 2011, coinciden todos—, las versiones sangrientas sobre su asesinato parecen desmesuradas. No basta decir que Tavo Rumbas ya no existe, hace falta saciar el morbo: decir que lo torturaron, que lo hicieron cachitos; contar que lo metieron dentro de una bolsa, que lo dejaron enfrente de la casa de su madre. Decir todo eso, para que su muerte tenga peso.

Sus más allegados aseguran que no fue así sino que, simplemente, a Tavo “nunca lo regresaron” y que una llamada anónima al celular bastó para enterarse.  Y cuando eso sucedió, su familia nunca se quiso a denunciar “por temor a represalias”; todos prefirieron no comentar nada, porque nadie era de confianza y el miedo era desmesurado. Uno de sus hermanos prefirió exiliarse a Nueva York. Un par de periodistas ha querido buscarlo pero él prefiere evitar el tema, como toda su familia.

Su madre, Consuelo, estaba por tramitar una declaración de ausencia, el paso previo para obtener un acta de defunción cuando no existe el cuerpo de un finado. Los abogados locales cuentan que antes este trámite solía hacerse por otros motivos —abandonos, extravíos—; hoy lo más común son las desapariciones. Doña Consuelo, cuentan, había perdido el miedo pero murió antes de hacer el trámite.

Porque en Veracruz, no sólo te pueden arrebatar la vida y el nombre, también la posibilidad de ser recordado.

Pese a todo hay quien todavía se acuerda, entre risas, de la Caribe que Tavo pintaba con brocha y que siempre arrancaba a empujones; de su alegría jarocha cuando recibió su corona durante el carnaval; de su escándalo de timbales en el patio aclimatado como establo de boxeo en la casa de sus padres, de los golpes en las cacerolas de su madre, de su ritmo en cada parranda del Puerto. De Tavo Rumbas sólo quedan susurros en boca de todos y aunque todo el mundo habla de su muerte, nadie se atreve a nombrarla.

Editor Yaconic

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