¿Cuál es el soundtrack de la película México? ¿Qué sonidos mueven la cabeza de un país en decadencia? ¿Qué melodías acompañan la rabia y el descontento? Con esas preguntas invitamos a Armando Vega-Gil, músico —bajista y fundador de Botellita de Jerez—, escritor —acaba de publicar su más reciente libro: Cuentos de horror, desamor, locura y bolillos (Ediciones B, 2014)— y cineasta, para que lanzara el siguiente grito.
LA MU_SICA DE FONDO DE UN PAI_S EN RUINAS-p1

Por Armando Vega-Gil / @ArmandoVegaGil

Cuando las elecciones estaban en su punto más álgido a mediados del año antepasado; cuando la amenaza de que el PRI regresara (que la verdad, nunca se fue) a la cabeza del gobierno respaldado por una legalidad podrida, tramposa y antidemocrática; cuando la televisión mexicana, con Televisa al frente, hizo un sucio ejercicio de manipulación tramposo y perverso para que el candidato Enrique Peña Nieto ocupara a cualquier precio la silla presidencial; cuando un grupo de estudiantes se unieron para evitar esta locura, convocando a muchos más chicos que de pronto irrumpieron como hacía mucho en la reflexión y acción de la vida política de México, el célebre #YoSoy132; en esos días aciagos de esperanza y miedo, uno hubiera esperado que surgiera de las calles, de los antros, de los canales de YouTube, de los sótanos y los teatros y las salas de conciertos, una música que acompañara esta agitación. Una música que fuera la voz de estos chicos que son la flor de nuestro futuro. Canciones que no hablaran de un amor frívolo, tal y como se dan a pasto, sin personalidad suficiente como para anidar en el ADN de la nación, canciones de usar y tirar (como los pantalones que compramos en Zara como los teléfonos celulares que en un par de años ya están caducos), sino melodías rudas o felices que dialogaran con nosotros, que nos mostraran otros caminos, aún fueran de amor, pero enraizadas en la búsqueda. Una música nueva para un país nuevo.

Un país nuevo.

Sin embargo, sorprendentemente, esas canciones, esa música, jamás llegaron. Quizá porque ese México nuevo nunca llegaría. Los compositores siguieron vendiendo por decenas su visión ampulosa y victimaria del amor: si uno revisa las letras de amor de los gruperos, los pobrecitos cantantes siempre sufren la traición de una mujer, siempre son engañados, ¡ah, ingenuos de ellos!, acompañados de músicas melcochosas, sonsonetes repetitivos como si fueran una misma y una canción abierta en las nervaduras de una planta reseca y narcótica…vaya, narcótica, la palabra mágica. Si uno revisa la música de banda, el tema es el mismo: el amor engañado…o el insulto brutal, el machismo, la misoginia, el desprecio por la mujer y por los hombres que son débiles, como en el reguetón. Claro, uno pensaría que no se puede exigir más, digamos que una pizca de reflexión a esos grupos, a esa industria que chupa la sangre de las masas, porque eso son para ellos: minas de oro, ventas de música, ventas de boletos para sus conciertos y bailes, a los que acude el proletariado miserable de este país a desfogarse una fracción de tiempo, como si fuera un carnaval en el que viven la ilusión de ser los dueños de sus cuerpos.

Claro, diría uno, no tendría por qué ser diferente con la música pop de melodías edulcoradas, afinadas a la perfección, llenas de florituras vocales, y que hablan del romance como el único escenario posible, emergidas de programas de concursos cuyo objetivo se anida en el sueño irrealizable de llegar a la fama, salir de la puta miseria cantando como los ángeles canciones vacías, o canciones refritas tomadas del pasado, porque al parecer a los compositores pop se les ha secado el bebedero de la innovación.

Claro, diría uno…pero, y el rock, esa música supuestamente rebelde, guerrera, cuestionadora, ¿por qué no dio frutos a millares alzando la voz, señalando lo podrido del mundo, mirando hacia las posibilidades de un mañana distinto al presente que es la porquería que hoy se vive y que hace un par de años parecería que sería modificada? ¿Una voltereta temática y musical podría adentrarse en los corazones de una juventud nueva, aguerrida? ¿O será que los músicos no tienen nada nuevo que decir? ¿Será que no quieren perder a su público habitual ofreciéndoles algo nuevo? Alguien me hablaba hace poco de las intenciones de algunas bandas de hablar de temas sociales o políticos, o de rabia o comida, de la crisis ecológica o de burlarse de la vida y sus miserias, y que, cuando lo hacían, nadie volteaba a verlos. En la estación de radio Reactor, cuando una pieza se movía del esquema general, se extinguía; en cambio, si seguía las normas de ser cantada en inglés y hablando del amor de una manera frívola o llorosa, hueca y repetitiva, la gente, los chicos se volcaban a seguirla.

Entonces, yo me he preguntado, ¿qué pasaría si un día Carla Morrison, con la fuerza magnética que tienen su canciones, un día hablara sobre el malestar social, que hiciera una reflexión sobre la injusticia que se vive en México, que hiciera un llamado a que los chicos exigieran que se diera marcha atrás a la reforma energética, a la extracción de gas y petróleo por vía del fracking, que a la larga va a destruir el sistema ecológico y su endeble equilibrio, para dejar al país vuelto un basurero enfermizo, qué pasaría? ¿Le darían la espalda? ¿Le harían caso? ¿Dejarían de ir a sus conciertos, dejarían de bajar sus canciones por miles en las redes? ¿Sólo una canción, no se pediría más, una sola? ¿Qué tal que Zoé dijera al menos una cosita, hiciera un ligero llamado a la insurrección? ¿Qué tal que exigieran un nuevo país, que gritaran rabiosos por el dolor de ver a su patria nadando en un mar de sangre en la guerra del narcotráfico?

Pero no, es un supuesto torpe. Quizá la música nueva, las letras nuevas, la música de fondo, el soundtrack del México nuevo, no han llegado porque el país está viejo, porque no hay futuro, porque el presente es pesado y abrumador, porque lo que las masas necesitan es no pensar, es bailar como trompos dando vueltas y vueltas hasta caer y rodar en el piso para al momento regresar a la gran maquinaria y ser sólo piezas.

La música de fondo del país es entonces la que suena en la radio, la que triunfa en la tele. La música que nos acompaña como nación es una plasta amorfa y predecible, hueca, manipulada, sin alma.

 

YACONIC

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