De la columna Encuentros callejeros

Por Eusebio Ruvalcaba

Ilustración: Aiysha Sipe / Kaliweed

En la Ciudad de México, la música está en la ebullición misma de sus calles. Y es la mejor música. La que los mexicanos están impuestos a escuchar desde su niñez. La que los púberes acostumbran oír desde que van con sus padres a los paseos dominicales. La que escuchan las amas de casa cuando emprenden la faena doméstica. La música del claxon. La música del celular que anuncia la llamada. La música del afilador. La música de la tortillería.

La música de la llorona. Que es la voz de aquella mujer que a gritos pide desde un camión de redilas objetos para la venta: colchones, camas, hornos de microondas, televisores, y todo lo que ande por ahí: inservible o en ruinas.

la musica de las tortillerias

La música del organillero. Allí está. Es la música que emana de ese viejo instrumento, que cada día está a punto de desaparecer. Lo toca un hombre —o más que tocarlo, lo hace sonar— moviendo una manivela, mientras otro pide dinero, a veces no tan discretamente. Le da vueltas y vueltas a la manivela —que en más de uno provoca envidia—, y la música puebla el ámbito en torno. Alrededor suyo, melodías que forman parte de la sangre melódica de la ciudad de México, escurren dulcemente por los oídos del escucha casual. Piezas como “Cielito lindo”, “Chapultepec”, “Las golondrinas”, ponen chinita la piel. Allí está aquel hombre, y aquel instrumento —que luce hermoso y gallardo en medio de la algarabía urbana.

La música de los afiladores suele crispar los nervios de los más ecuánimes. De los que no resisten el embate de los sonidos chirriantes. Es uno de los sonidos más cautivadores de la sinfonía urbana. Las tijeras y los cuchillos se forman para someterse a la prueba de fuego. Tan les duele la prueba, que sacan chispas cuando el afilador roza su filo en la piedra pomez.

La música de las tortillerías huele a comida y despierta el hambre. Hay quien pone su oído al servicio de su instinto, y en menos que lo piensa ya está en la cola de las tortillas esperando su turno para comer una tortilla con sal. Es decir, para devorar un taco de sal. Cuántas veces el tortillero no regala ese manjar. Y no es para menos. Observar el rostro del antojadizo transeúnte le mueve el corazón.

La música del tamalero. Otro canto que va dirigido a los comensales de buen apetito. Ya es de noche, aquel hombre trabajador se dirige a su casa, y aun así el pregón le hinca el diente. Verdes o rojos, de rajas o dulces, con carne de pollo o de cerdo, porta en el alma aquellos sabores. Esos tamales que su padre llevaba en las manos luego de haber remontado una ardua jornada de trabajo. Y que para los niños significaba sentirse queridos.

La música de las sirenas. Fuera de los bomberos o de las ambulancias, las sirenas se abrían paso en la fantasía de quienes las escuchaban. Sobre todo en el caso de los niños. ¿Irían los bomberos a apagar un incendio? ¿Iría la ambulancia a recoger a un atropellado que apenas conservaba un mínimo de energía para inhalar y exhalar un tenue respiro? ¡Cómo no podía viajar en la cabina del camión! ¡Cómo no podía ser copiloto del chofer de la ambulancia! Bueno, al día siguiente leería el periódico que su padre acostumbraba traer a casa. Noche tras noche.

La música de la chicharra. Es la música que apenas los niños escuchan, salen corriendo al recreo. Como cualquier música, como aquellos acordes de Beethoven, es la música que el corazón oye y que a partir de ahí se borra todo entendimiento. Y ya  no hay más que travesura. Es la música que está muy adentro del alma de los hombres, y que la mayoría no vuelven a escuchar jamás. Si la música compitiera por la medalla de la tristeza, ésta se llevaría el premio mayor.

Editor Yaconic

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