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Por Rey Hernández / El Toque / @eltoquecom

Cuando Adriana terminó de estudiar su maestría y consiguió un trabajo en la Ciudad de México, su padre fue franco con ella: “tu salario es terrible, necesitas un apoyo y no tenemos problema en ayudarte con la renta”.

No era la primera vez que tenía a su disposición ese salvavidas. Sus padres ya la habían ayudado mientras estudiaba, y una vez más tendría que apoyarse en ellos.

“La verdad es que sí, ya estás grande, tienes una carrera, tienes un posgrado y todavía tus papás te tienen que ayudar. Está muy cabrón. Estuve buscando [casa] cerca del trabajo, carísimo todo, no encuentras un departamento que te cueste menos de 10 mil pesos. Más bien son cuartos, te cuestan 11 mil pesos al mes (609 euros) por Polanco”, dice.

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La joven doctora había llegado a la capital del país tras años de estudio, con un posgrado en el bolsillo y una oferta de trabajo que le hizo uno de sus profesores para integrarse a la unidad del Gobierno que encabeza la lucha contra el Sida en México.

Sin embargo, encontró que su vida como una persona independiente no iba a ser sencilla.

Su sueldo de apenas 13 mil pesos al mes  (720 euros) tenía que rendir para su renta, sus alimentos y todos sus gastos. Y tan solo en la renta podía irse casi todo su salario.

La Ciudad de México ofrece pocas opciones para los jóvenes que buscan su primer departamento fuera de casa de sus padres: pagar una renta astronómica en una de las colonias más céntricas y conectadas de la ciudad, compartir departamento con alguien más, o mudarse a zonas más alejadas, donde la vida es más barata, aunque eso signifique hacer hasta dos horas de traslado hacia sus trabajos con un transporte público deficiente y atestado de personas.

Adriana optó por esta última opción y padeció las consecuencias. “Es mucho desgaste, no tienes calidad de vida, apenas te queda tiempo para regresar a tu casa y descansar”, cuenta.

La labor para encontrar un hogar se complicó para Adriana gracias a la voracidad de las inmobiliarias y la alta demanda por colonias bien conectadas y ubicadas como la Roma, la Condesa, la Del Valle o la Nápoles, lo que genera un proceso conocido como gentrificación, en el que la renovación de barrios deteriorados y bien ubicados atrae a personas de mayores ingresos y desplaza a quienes no pueden costear vivir en esas zonas.

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“La posibilidad de vivir en el mismo lugar en el que además tienes opciones de consumo diversificadas, vida nocturna, conectividad, hicieron de los barrios céntricos, sitios deseados y demandados por habitantes jóvenes, los únicos cuyos ingresos pueden cubrir el alquiler de las rentas en constante ascenso, así como el consumo de los servicios de los que gozaban”, dice en entrevista la historiadora de la arquitectura, Georgina Cebey.

“Las consecuencias de la especulación inmobiliaria que pueden advertirse ya son los desplazamientos de los habitantes que no pueden costear las rentas hacia otras zonas de la ciudad”, agrega.

Con ese panorama, Adriana no tiene muchas opciones. Debe elegir entre seguir perdiendo mucho tiempo en sus traslados o buscar un trabajo que le deje más dinero.

“Mis padres me siguen ayudando con la renta. Han pasado dos años y piensas, ‘búscate otro trabajo o tienes que seguir estudiando’”.

Ve además, el videorreportaje Independizarse en México:

 

 

 

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