CAIFANES-nota 

Por Eduardo H.G./@altermundos
Fotos OCESA/Fernando Moguel

“Muchas gracias, comencemos este ritual… no tenemos disco, videos ni nada en la radio; pero sí algo sabemos es que la pasión tiene memoria”, expresó emotivo Saúl Hernández, vocalista de Caifanes, luego de que la banda —fundada en 1987 y reactivada desde 2011— tocara un bloque de tres canciones en su primera fecha (de dos para el fin de semana) ante un Palacio de los Deportes pletórico de seguidores.

A las 21:28 las luces del domo de cobre se apagaron. Era el momento, una ola de gritos inundó el recinto cuando en las tres pantallas del escenario apareció a cuadro el quinteto: Saúl Hernández, guitarra y voz; Alejandro Marcovich, guitarra; Sabo Romo, bajo; Diego Herrera, teclado y saxofón; y Alfonso André en labatería, dirigiéndose al escenario. Llegaron al fin, sonaron los primeros acordes, la espera terminó.

“El negro cósmico”, “Para que no digas que no pienso en ti” y “Miedo” fueron las primeras entregas de la legendaria banda. Antes de entonar “Cuéntame tu vida”, Saúl agradeció a la “raza” presente y sonrió por primera vez en la noche. Los cinco ejecutaron con maestría sus instrumentos, consientes de ser una de las mejores y emblemáticas agrupaciones del Rock en México.

No pasó ni media hora de concierto cuando el público se mostró entregado a cabalidad. Jóvenes, la mayoría; aunque no faltaron los fans que vieron nacer a la banda, los que nunca la habían visto en vivo y los nuevos militantes: niños de no más de 12 años que corearon las canciones como si hubiesen nacido programados con ellas.

Y es que algo que caracteriza a Caifanes es su mensaje. “El gobierno se hace pendejo, nos tienen marginados políticamente, hay mucha injusticia”, dijo Hernández como introducción a “Aquí no pasa nada”. Luego, dedicó “Tortuga” a todos los animales del planeta, “además de nosotros”, porque “está cabrón lo que está pasando con la fauna, ojalá que todos colaboremos para hacer algo”.

El repertorio continuó con “Viento” y “Nubes” y la algarabía de los más de 20 mil asistentes no amainó. Siguió un intermedio más acústico, íntimo, con una pieza que Herrera tocó al piano en el centro del escenario, luego Saúl y Sabo cantaron a dueto “Fin”, uno de los éxitos de Jaguares, y todos de vuelta ejecutaron la clásica sonera: “Mariquita”.

A los niños, Saúl dedicó “Ayer me dijo un ave”, porque “nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho de hacerte daño”. Para otros olvidados, los alcohólicos que hacen de su sueño el amor y lo eternizan sonó “Quisiera ser alcohol” acompañada de un coro masivo.

El clímax de la noche llegó con “Antes de que nos olviden”, dedicada a los abuelos, padres y presentes “que luchan para cambiar la realidad del país”. Incluso, Saúl trajo a colación al poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht con su conocida máxima: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay otros que luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay quienes luchan toda la vida, esos son imprescindibles”.

Siguieron los éxitos “Detrás de ti”, “De noche todos los gatos son pardos”, “Mátenme porque me muero”, “Perdí mi ojo de venado” (con un solo de batería memorable de André) y con “Los dioses ocultos” la banda se despidió… por un momento, ya que el público, electrizado, poseído por una extraña sensación, quería más, eran las 23:33.

“Ya saben cómo nos encanta hacerle a la mamada”, dijo Sabo Romo cuando la banda se enfundó en sus instrumentos para seguir tocando. Vinieron “Nos vamos juntos”, “No dejes que”, y una interpretación de “El Rey” de José Alfredo Jiménez a cargo de la guitarra de Marcovich, para la cual el público sirvió de vocalista. En “Afuera”, Saúl, Sabo y Alejandro se juntaron al frente del escenario, la imagen era espectacular: tres viejos hombres, tres instrumentos, la música como conexión, como redención.

Faltaba un poco, “La célula que explota” y “La negra Tomasa” fueron las dos melodías con las que Caifanes se despidió de un Palacio de los Deportes henchido de una mezcla de conciencia, buen Rock y deleite.

Eran las 12:11, el ritual finalizó: una treintena de éxitos,casi tres horas de concierto. Luego la ciudad taciturna, la piratería que hace accesible a muchos el recuerdo, el “¿cuánto me cobra a…?”, los tacos, el café, la cerveza, el amor y deseo escondidos en “te vas a mi casa, no hay problema”.

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