Por Staff Yaconic / @Yaconic

La rubia me ignoró. Cruzamos miradas toda la noche en el bar, pero no me acercaba. Horas antes, durante la comida, una poblana cobriza me había botado. Yo quería conquistarla con mi lenguaje florido, pero ella me ignoró aludiendo mi condición de venir del centro del país:

—¡A 10 kilómetros se te nota lo chilango, no seas tonto!

—¿Pero qué dices? —le dije enojado, ofendido.

rubia

Yo tenía la ilusa idea de que siempre que uno sale de su ciudad deja de pertenecer y quiere ser de donde llega. Muy dentro, uno siempre es un traidor. Pero nadie lo acepta. Yo llevaba unos días en Yucatán, huyendo de mis fantamas, de mi vida godinez y de un divorcio. Fatal. Estaba frente al abismo.

Quería evitar mi inminente caída al abismo con unas vacaciones. Conocer gente podría ayudarme a compartir mi pesarosa situación. Qué egoísta. Quería repartir mi sentir para que se compadecieran de mí, pero no me preocupaba por lo que los demás sentían.

Caminé por la calle para relajarme, las parejas felices tomadas de la mano me escupían en la cara su felicidad y su relación plena. ¡Bah! Algún día se les acabará. Estaba amargado. Necesitaba una cerveza.

Entré al lugar que en ese momento me pareció más cutre. No quería alegría, solo aumentar la miseria que me invadía. Me equivoqué una vez más, el lugar no era mísero. Quise huir, no pude. No sé decir que no. El mesero me acercó afanosamente la carta y la tomé. Me senté en la barra y pedí una cerveza.

Me prometí solo una, no quería contagiarme de la fauna tan alegre que abarrotaba el lugar. Solo compartía el sentimiento con el ventilador que colgaba en el techo, rechinaba a cada giro, como quejándose de su desgraciada vida. Éramos el uno para el otro.

Voltee la cara para ojear el lugar. Siempre miro a las personas con insistencia. Faldas, bermudas, sandalias y sombreros agitándose entre risas y timbales. Todo alegría, menos el ventilador y yo. Me perdí en la gente, suspendí mis funciones mentales. El mesero me despertó del trance al acercarme la botella sudada. Agradecí robóticamente.

Ahí, en la pista, bailaba una rubia. Su piel rojiza delataba las horas que había estado sentada bajo el sol. Me miró repentinamente. Le debo resultar conocido, la ignoré y di un largo sorbo al líquido dorado. Seguí mi asquerosa rutina: girar entre mis manos el envase y pensar en mil cosas, nada en concreto. Pensamientos al aire que cambian con cada canción distinta que gargajea la rocola.

Nadie más estaba solo. Me gusta mirar a las personas y adivinar sus vidas. Enfoqué la vista en una pareja que bailaba alocadamente en medio de la pista. Él, camisa floreada, bermudas caqui y unos mocasines rojos que me causaron repulsión. Ella, vestido de flores y sandalias que presumian sus pies con las uñas turquesa. Me atraen los pies femeninos, los de ella eran bonitos. No se decían nada, solo danzaban y de vez en cuando tomaban un descanso para refrescarse sin cruzar palabra alguna. Seguro no se quieren, pensé.

La rubia usaba tenis blancos percudidos y un short de mezclilla viejo. Sus pasos de baile se adivinaban torpes y sensuales. Una combinación extraña. Se percató de mi mirada insistente y me sonrió. No le contesté el gesto y volví la mirada nervioso. Maldita inseguridad.

Tenía la boca seca. El ventilador seguía su rechinido. Comenzaba a desesperarme. Bebí la cerveza de sopetón para descubrirme frente a la rubia en plena pista de baile. Todo bien. La música no permitía que emitiéramos palabra alguna. Nos comunicábamos con sonrisas discretas. Pero el fatídico momento llegó. Nadie alimentó al monstruo expendedor de música y el silencio me resultó más incómodo que nunca.

Su boca soltó un par de palabras. Maldita sea, qué idioma es ese. No supe que hacer, solo se me ocurrió hacer esa estúpida seña en la que colocas perpendicularmente el dedo pulgar e índice y los elevas a la altura de la nariz. Lo traduzco como espérame tantito. Corrí al baño. Me mojé la cara y analicé mi situación. Estaba perdido.

Cuando salí ella volvió a asestar un par de palabras que por supuesto no logré descifrar. Hice una estúpida seña con la mano, que creí se entendería como me tengo que ir. No fue así, la rubia se cansó de mí y me ignoró. Pagué la cuenta y salí mirando al piso.

Las palabras de la rubia zumbaron en mi cabeza. Era alemán, estaba hablando alemán. Dormité toda la noche. ¡Era alemán!

Apechugué mi derrota y quise olvidar con lectura mi desconocimiento. Sentado en la playa abrí mi mochila y sin ver tomé el primer libro que sentí, llevaba tres. Günter Grass y El tambor de hojalata me retumbarían y recordarían todo el viaje una cosa: QUIERO Y TENGO QUE APRENDER ALEMÁN.


Si tú también quieres (debes) aprender alemán échale ojo al Goethe Institut. Qué además está de fiesta y cumple 50 años en México.

Editor Yaconic

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