La gente mata a otras personas para robar su dinero, porque les han sido infieles o sencillamente porque ya no los quieren cerca. La gente domestica animales y los maltrata por diversión.

Scarlett Lindero Cortés

En Los libros que nunca he escrito, de George Steiner, hay un capítulo en el que el autor analiza las relaciones humanas con los animales. Recuerda cosas como el amor absoluto de Richard Wagner por Robber, su perro terranova —con el que pidió ser enterrado—, o la inconcebible historia de Hitler llorando en el búnker cuando sacrificaron a Blondie, su perra alsaciana. ¿Cómo un hombre que pudo asesinar de manera sistemática a miles de personas puede sentir tal afecto por su mascota? El amor de una persona por un animal puede igualar, y hasta superar, a cualquier otro.

Este apego ha llevado a diversos grupos ambientalistas a luchar por los derechos de los animales e incluso pasar del activismo a la radicalización de su ideología. Con la pregunta “¿Podrías matar por salvar a tu perro?”, el escritor Daniel Rodríguez Barrón (Distrito Federal, 1970) cuestiona los sacrificios y contradicciones que conllevan estos ideales, en especial los de tendencias extremistas, en su primera novela La soledad de los animales (La Cifra, 2014).

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Con algunos elementos de la novela policiaca, conocemos la historia de Laura, Pablo, Nínive y Felipe; la primera una joven activista y conservadora con la naturaleza, cuyos actos radicales le han causado la expulsión de Greenpeace; Pablo, a quien lo golpean hasta el cansancio cuando matan a sus perros (hecho que desea vengar); Nínive, hija de Laura, una niña con humor sarcástico que rebasa los límites del comportamiento infantil; y Felipe Nerva, un periodista alcohólico y fracasado que sigue a Laura por cuestiones románticas y busca además tener una historia para contar después de muchos años.

En La soledad de los animales, Daniel Rodríguez retrata también el origen de las sociedades anarco-socialistas, las cuales surgieron en el país a través de personajes no ficticios como Plotino Rhodakanaty (abuelo de Laura), socialista y anarquista griego que participó en México como activista del movimiento campesino durante el siglo XIX.

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Dividida en tres partes, la novela te involucra inevitablemente con los protagonistas por el misterio y agudeza que esconde cada página. En la primera parte un grupo de indígenas se manifiesta con la organización Greenpeace porque los esterilizaron sin su consentimiento (acto que los humanos realizamos también con nuestras mascotas). Y nos enteramos por Laura que estos mismos campesinos venden ilícitamente carne de caballo para sobrevivir.

Es una lucha por subsistir.

Laura y su mamá usan a los animales para la zooterapia, método que sirve para curar enfermedades humanas como el cáncer. Al principio del relato la activista está desesperada por visibilizar el maltrato que viven los animales en las granjas de las industrias de comida, en las exposiciones culturales o en la calle. Ella ama tanto a los animales que ha llegado hasta las últimas consecuencias para salvarlos. Vive y se desvive por ellos. Es por eso que recurre a Felipe y a Pablo para que la ayuden a ejecutar un plan que tiene en mente desde que trabajaba en McDonald’s. Convencida de la indiferencia en la prensa mexicana por un país lastimado por el narcotráfico, la violencia y la impunidad, le pide al periodista que sea su cómplice para rescatar a los animales de maneras poco prudentes.

─Me parece más natural la muerte de una persona─ dice Pablo mientras ayuda a Laura a envolver a los perros en enormes banderas tricolores, como si se tratara de héroes nacionales.

─Es porque a lo largo de nuestra vida hacemos alguna cosa que merece nuestra muerte, pero ellos ¿qué han hecho ellos? ─Los hemos contagiado de la muerte, los hemos infectado con esa enfermedad. ─No para ellos, morir debe ser otra cosa, debe tener otro nombre.

***

La soledad de los animales no nos habla de los animales; nos habla de la soledad en la que están sumergidos los protagonistas. Es por eso que sus reacciones son violentas y recurren al radicalismo; no saben de qué manera relacionarse con los otros; están solos con los animales. Es un espejo que refleja nuestra propia realidad como sociedad: no creemos en la política, en la religión ni en nosotros mismos: nuestra última utopía son los animales.

“Los animales gritan: libertad; gritan: sálvame, quítame de la vida”, grita Nínive en la última parte; la verdadera tortura no es lo que hace un ser vivo contra el otro: es la propia existencia. Y la única libertad es la muerte, la única manera de que esta contradicción termine.

YACONIC

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