NADAR CONTRA CORRIENTE EN COLOMBIA

Desde su fundación en 1996, la revista El Malpensante se ha convertido en uno de los principales referentes culturales de Colombia. Literatura, cine, música, arte, arquitectura, diseño, política. La amplia variedad de lecturas paradójicas contenidas en sus páginas han redefinido para toda una generación de lectores lo que significa “ser malpensante”: una marca de placer literario; una ventana para acceder a miradas particulares y profundas de la cultura; una firma editorial innovadora, una garantía de calidad y credibilidad. Hoy, esta publicación nos comparte su soledad.

Por editores /El Malpensante

En octubre El Malpensante cumplirá 18 años, algo excepcional para una revista literaria y de periodismo narrativo en Colombia. Han sido 18 años de diversión, polémica y aprendizaje, tanto para los lectores como para los editores. A lo largo de este tiempo hemos publicado contenidos que reúnen literatura, cine, música, arte, arquitectura, ciencia, política y periodismo en profundidad, todo ello salpimentado con una rica selección de fotografías e ilustraciones encargadas ex profeso. Para un buen número de autores e ilustradores ahora ampliamente reconocidos, las páginas de la revista fueron el primer espacio en el que publicaron su trabajo. Del mismo modo, para muchos jóvenes que inician actualmente, la revista es una referencia obligada de contenidos gráficos y de texto. 

El Malpensante debe su nombre a un libro de aforismos del escritor italiano Gesualdo Bufalino. Este rótulo refleja el espíritu de una publicación que nada contra la corriente, que abre espacio a temas polémicos, que publica contenidos ajenos a las coyunturas vigentes. Se trata de ofrecer a los lectores no lo que esperan, sino lo que puede sorprenderlos y gustarles, bajo una premisa: “Piensa mal y acertarás”.

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Es así como en una misma edición de El Malpensante pueden converger una crónica sobre Allen Ginsberg jugando Atari y una entrevista a García Márquez años antes de ganar el Nobel; un ensayo sobre por qué las moscas no van al cine y una serie de fotos sobre la moda de año nuevo en La Habana; un detallado testimonio sobre el prolongado secuestro de un periodista y raras anécdotas sobre la historia del fútbol en diversos países de Latinoamérica. Esa reinvención, que transcurre cada mes, es visible desde la portada y convierte a la revista en una rareza editorial, situada en un oasis lejos de lo intelectual entendido como académico y de la cultura entendida como una agenda de eventos.

Hay algo con lo que no contábamos tras estos 18 años y es nuestra creciente soledad. El Malpensante, sin que ello entrañe ningún mérito, es hoy la única revista de alta cultura que queda en el país. Nadie más publica en papel, y para el amplio público, cuentos, ensayos, poesía, debates intelectuales de fondo y el resto de géneros que son usuales en nuestras páginas.

Varias veces el Estudio General de Medios ha registrado que tenemos más de 100.000 lectores y nos siguen en Twitter más de 550.000 personas, el 40% de las cuales vive fuera de Colombia, lo que ratifica que contamos con una considerable influencia internacional. Nuestra página en Facebook tiene más de 500.000 likes. Somos, por mucho, la principal marca cultural colombiana en las redes sociales y nos conocen y nos leen las personas más influyentes del país. Sin apenas darnos cuenta, nos fuimos convirtiendo en una institución importante.

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EL FINANCIAMIENTO DE EL MALPENSANTE

Por eso resulta todavía más difícil entender que hayamos tenido tantas dificultades para financiar nuestro proyecto. Esa es, sin embargo, la cruda realidad: seguimos cargando con un pesado déficit. La idea es encontrar fuentes adicionales de recursos. Por lo tanto, empezamos a fines del año pasado una primera campaña de fundraising, en la actualidad una práctica habitual en todo el mundo. También estamos a punto de comenzar campañas de crowdfunding a través de plataformas diseñadas para tales efectos y respaldadas por nuestra fuerte presencia en redes sociales.

La idea no es pedir dinero para salir a almorzar o para pagar la próxima nómina; lo pedimos con objetivos específicos, entre ellos el interés por publicar firmas reconocidas, hoy fuera de nuestro magro presupuesto, o la posibilidad de encargar crónicas de fondo que resultan costosas. Igualmente queremos dar espacio a nuevos talentos. Todo ello implica mayores costos. Por medio del fundraising buscamos apelar a la credibilidad y el cariño con el que contamos entre numerosos lectores para que nos apoyen a través de donaciones. Por otro lado, el crowdfunding apunta a reunir recursos entre aliados para concretar proyectos específicos como ediciones especiales y novedades editoriales.

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Las dificultades que afrontan los impresos y la cultura, de manera conjunta con el espíritu colaborativo que predomina en la generación actual, ha generado un espacio propicio para alianzas con proyectos afines. Pensar en maneras creativas de articular las necesidades de comunicación de estos espacios con la fortaleza mediática de una revista como El Malpensante ha supuesto dejar de pensar en la publicidad convencional como la única forma de relacionarse con los anunciantes. El apoyo a editoriales pequeñas, centros culturales y festivales en ciudades periféricas transcurre en términos de alianzas colaborativas: para la revista es una oportunidad de acercarse a nuevos lectores potenciales y para esos espacios es la puerta abierta a los amplios canales de un medio con alta audiencia entre el público joven y ávidos consumidores de cultura.

Conservar total independencia ha sido el mayor reto. Ofrecer a los lectores no lo que indican los estudios de mercado sino aquello que podría gustarles pero que aún desconocen es una riesgosa apuesta editorial. Sin embargo, es exactamente eso lo que ha definido la identidad de la revista y lo que ha convertido a la palabra “malpensante” en un adjetivo elocuente para los lectores colombianos: un calificativo amplio, que comprende intereses diversos, pero que conserva como constantes el espíritu crítico, la argumentación aguda, el humor paradójico y el placer literario en muy variadas formas.

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