De la columna Dalias Negras

Por Bibiana Camacho

Últimamente la mención de la palabra Islam se asocia invariablemente con terrorismo y atrocidades, sobre todo, en contra las mujeres.

Si ya de por sí las interpretaciones extremistas en esta religión son terroríficas, cuando una mujer toma las riendas puede resultar todavía más devastador, tal es el caso de Samira Jassam al-Azzawi, una mujer de aproximadamente sesenta años. No es atractiva ni quedan rastros de que lo haya sido alguna vez. Tiene aspecto de Celestina, pero en lugar de juntar a enamorados, se dedicaba a reclutar mujeres bomba. Samira también es conocida como Um al-Mumenin, es decir, “la madre de los creyentes”.

VIDEO CONFESIÓN

Luego de un trabajo de inteligencia, y gracias al testimonio de uno de sus vecinos que ahora se encuentra protegido y escondido en Bagdag, Samira fue detenida el 21 de enero de 2009. La policía llevaba días siguiéndola como parte de una dura batalla contras los extremistas sunitas –seguidores del Sunna, un libro que contiene las palabras del Profeta– que ya duraba cinco años.

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Las autoridades la grabaron mientras relataba con frialdad y actitud impasible cómo reclutaba y convencía a las mujeres para inmolarse. El video resulta perturbador porque el fondo es negro, y la mujer viste del mismo color, sólo queda descubierto su rostro de rasgos duros y mirada penetrante. En su confesión, Samira no delata remordimiento alguno, y afirmó que sus acciones estaban respaldadas por el Corán. Declaró que 27 mujeres lograron su cometido, pero en realidad reclutó aproximadamente a 80.

Las mujeres que seleccionaba tenían problemas sociales y económicos, sufrían abusos emocionales o psicológicos, mostraban poca voluntad y desesperación. Samira utilizaba su habilidad y tejía una telaraña en torno a sus víctimas hasta convencerlas.

Otras no tuvieron tanta suerte, pues ella misma organizaba violaciones masivas para borrarles por completo las ganas de vivir. En el Islam la violación es una de las mayores vergüenzas que puede sufrir una mujer, cuando una de las víctimas reporta la agresión sexual es repudiada y en muchas ocasiones castigada: recibe latigazos por haber provocado el asalto. Una vez ultrajadas, Samira se convertía en una especie de confidente y guía. Las preparaba mentalmente para las operaciones de martirio, explicándoles que la única forma de evitar la vergüenza y redimir su culpa era dar su vida por la Yihad (guerra santa), después las mandaba con terroristas que las proveían de explosivos. Finalmente “la madre de los creyentes” llevaba a estas mujeres a los lugares donde estaban sus objetivos.

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El video trastornó a un Irak que ha estado sumido en la guerra durante mucho tiempo, acosado por la violencia más extrema e indiscriminada. Aunque los videos snuff, decapitaciones en vivo y masacres de civiles se han convertido en el común denominador; la figura de la mujer, la madre, la abuela, la matriarca se había mantenido como un símbolo de paz y bondad. Samira se convirtió automáticamente en el símbolo más brutal del fundamentalismo y la barbarie.

Una de las mujeres que reclutó era maestra, tenía problemas familiares y se encontraba desesperada y afectada psicológicamente. Habló con ella diario durante dos semanas hasta que logró convencerla y en diciembre de 2007 la mujer se hizo explotar y mató a 15 personas en un evento denominado el Despertar Sunni, en Diyala.

“SOY INOCENTE”

Cuatro meses después de su detención, el periódico inglés The Guardian, la entrevistó de nuevo frente a una cámara de video y en presencia de guardias y oficiales. Para sorpresa de todos, sus primeras palabras fueron: “Soy Samira al-Jassam y no sé nada de las acusaciones en mi contra. Sólo sé rezar”.

“La madre de los creyentes” se ve reducida y menos siniestra que en el video en el que detalló sus crímenes con actitud orgullosa. Cuatro meses en prisión le habían quitado al menos cinco kilos. Parecía una abuela bondadosa, con la cabeza ladeada y los ojos vidriosos, como si estuviera a punto de las lágrimas, afirma: “Soy una tendera de Diyala, es todo lo que soy. No sé leer ni escribir. ¿Cómo podría ser responsable de lo que me acusan?”

En susurros, aunque es evidente que todos en la sala la escuchan perfectamente, les dijo a los reporteros de The Guardian: “Me torturaron. Las fuerzas iraquíes me forzaron a decir lo que dije. Juro por dios que no trabajo con Al Qaeda, ellos secuestraron a mi hijo, Abbas, y les pagué cinco millones de dinares (aproximadamente 80,000 pesos mexicanos) por su libertad. Los militares me patearon varias veces en el estómago. Me pusieron una bolsa en la cabeza y me ordenaron que firmara un papel.”

Los oficiales muestran su escepticismo, uno de ellos le dice al reportero: “¿Tienes idea de dónde viene esta mujer?”

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Samira es del pueblo Sinsin, en Muqdadiyah, al este de la provincia de Diyala. Es un lugar sin ley, la mayoría de sus habitantes son campesinos miserables, manipulables y fanáticos. Es tan peligroso que las autoridades casi no entran. Si los pobladores identifican a alguien ajeno a su pueblo hay un alto riesgo de ser atacado y perder la vida. Se turnan para vigilar las carreteras, si las autoridades pretenden entrar es necesario hacer una labor logística cuidadosa para no ser sorprendidos por un fanático con chaleco bomba.

El mayor general Abdul al-Hussein, quien comanda las fuerzas policiales de Irak en la provincia de Diyala, dijo que Samira era tan depravada que tenía la habilidad de lavarle el cerebro a las mujeres jóvenes, para orillarlas a que se volaran ellas mismas.

El coronel Ali Ismael Fatah quien lideró la operación dijo: “Sigue preguntando ¿por qué, por qué, qué he hecho? Nosotros sabemos exactamente lo que ha hecho. Alguien de su pueblo que es muy cercano a ella nos lo dijo, ahora está escondido y protegido por el gobierno de Bagdag. Hicimos labor de inteligencia y tenemos evidencias claras. No hay modo de que arreste a una mujer sin razón”. Para mostrar más evidencias, el coronel Ali agregó: “Su esposo murió en una operación terrorista, su hijo Firas es un extremista convicto. Ella fue muy lista y se mantuvo con una máscara de mártir durante mucho tiempo, pero todo es mentira. Ella es la suma de todos los miedos, los tuyos y los míos”.

LA CÁRCEL

Desde que fue capturada es la prisionera más importante. No ha recibido visitas, sólo un abogado de oficio. Es muy probable que de encontrarse culpable sea condenada a fusilamiento.

Samira vive con otras 10 mujeres en un cuarto con aire acondicionado, ellas mismas cocinan y limpian. Pasa sus días con asesinas, ladronas y prostitutas.

“Hay 248 mujeres en prisión y a todas se les trata bien, incluso a las acusadas de terrorismo”, dice el director general del servicio de prisiones y rehabilitación de Irak, Sharif al-Murtada. “Tienen clases de costura y entrenamiento vocacional que nunca se habían dado. Antes de 2003, uno podía entrar a prisión y desaparecer, ahora las cosas son distintas.”

A pesar de su confesión y las evidencias en su contra, en cuatro meses ha logrado convencer a varias de sus compañeras de su inocencia, ha usado sus habilidades de manipulación y seducción, incluso ha cambiado completamente la expresión de su rostro, de severo y cruel a triste y abnegado.

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Por si fuera poco, una mujer sospechosa de quererse inmolar, influida por Samira, también está presa. Su nombre es Amina y es del mismo pueblo: Sinsin. Ella también ha negado vehementemente conocer a su vecina: “Yo iba a hablar con la policía cuando me arrestaron”, dice recargada en las rejas, con los ojos pintados por un grueso delineador negro, “yo no debería estar aquí, no conocía a esta mujer”. Luego hizo una escalofriante amenaza: “Pero si me dejan salir, ¡verán lo que soy capaz de hacer!”.

MUJERES BOMBA

Meses después de la captura de Samira las mujeres bomba disminuyeron. Luego regresaron, y no sólo ellas, también niños instruidos para inmolarse en el nombre de Alá. Los niños y las mujeres son efectivos porque los centros de control no suelen detenerlos para inspeccionarlos. Al menos no hasta hace un tiempo.

La prohibición de la participación de las mujeres en la vida pública, escolar y económica, las reglas absurdas que imponen grupos extremistas en el vestir y el comportamiento, la desaparición de oportunidades para estudiar y trabajar; han provocado un aumento de mujeres dispuestas a inmolarse. Es una oportunidad para salir de casa, mediante la cual pueden vengarse, aunque no necesariamente de quienes las mantienen sojuzgadas. Por otro lado a algunas les prometen igualdad con los hombres en el otro mundo si se inmolan, en el Islam nunca ocurrirá, pero es una estrategia exitosa para convencerlas.

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Algunas mujeres occidentales se han convertido al Islam y están dispuestas a morir por ideales que no entienden, pero creen en ellos ciegamente.

Samira sigue presa, pero afuera debe haber un ejército de “madres de los creyentes” que llevan a cabo una función silenciosa pero efectiva para reclutar kamikazes.

Editor Yaconic

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