A finales de junio las autoridades encontraron a un niño de siete años encadenado en una casa al norte de la Ciudad de México. Antony era esclavizado por sus perturbados tíos, quienes lo mantenían semidesnudo y desnutrido en un cuarto sin luz. El caso puso en relieve el tema de los infantes abandonados, abusados por sus cercanos.

Con la dosis equilibrada de humor, ternura y realismo, La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette, 2016) anima el retrato crudo de la infancia rota, y nos recuerda, con empatía, ese panorama a veces olvidado, pero latente fuera de la pantalla, en la realidad de un niño como Antony.

la vida de calabacin

Ícaro tiene nueve años y prefiere presentarse como Calabacín cuando es llevado a una casa hogar, luego de matar accidentalmente a su madre alcohólica. El lugar está habitado por más niños como él, sin padres.

Cada menor del orfanato encarna una herida diferente: los padres de Simón se drogaban frente a él. A la mamá de Bea se la llevaron los de migración. El papá de Alice le hacía cosas asquerosas y ahora está en la cárcel, mientras que Ahmed fue abandonado por su madre, quien prefirió casarse con otro hombre luego de que al padre de Ahmed lo detuvieron por cometer asaltos.

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Los niños de la película tienen el dulce aspecto plástico que quizá solo el stop motion puede ofrecer: el cabello de Calabacín es azul, el color por excelencia de la melancolía y el dolor. Sus caras y sus silencios son más crueles que los gritos, los golpes y los abusos. A cada niño se le nota en los ojos que lo vio todo, lo sufrió todo.

Claude Barras es el director de la cinta (de producción franco-suiza), una obra ajena a las convicciones del género, porque nos demuestra que no todo lo animado tiene que tener tintes infantiles y mucho menos agradables. Sin embargo, la sutileza y el toque cómico agregado a esta historia de apenas 60 minutos permite que cualquier espectador se plante frente a ella y se lleve algo.

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La pérdida y el abandono llevan a Calabacín y sus amigos a un desenlace en el que “la familia” y los lazos fraternales se pueden desarrollar en el más oscuro de los entornos. Los niños también discuten los misterios de la sexualidad, buscan momentos de armonía y dejan atrás las lesiones.

Barras montó una historia “triste” sin dramas exagerados ni amarillismos oportunistas. La banda sonora  de Sophieb Hunger acompaña la sencillez del filme, con una fragilidad que no llega al efectismo.

El final es un chocolate amargo. Las letras de los créditos y la música de fondo me permiten preguntarme por los otros tantos “Calabacines” abandonados y abusados de allá afuera, donde nadie en ningún lado ha encontrado su historia para contarla.

Aída Quintanar Vivanco

Aída Quintanar Vivanco

Bien chida!

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