Por Raúl Campos / @snarulax

Hace poco más de 50 años fue publicado un libro que puso a temblar a la temida “Liga de la Decencia”, a pensar a los intelectuales y literatos, y a entenderse con un poco más de millones de lectores, sí: millones. Se trata de Picardía Mexicana, una ardua investigación que el arquitecto y escritor Armando Jiménez Farías (1917-2010) a.k.a. “El gallito inglés”, realizó sobre el lenguaje coloquial y popular del mexicano.

Su hijo, Armando Jiménez Jr., habla respecto al legado de su progenitor. Picardía Mexicana fue reeditado recientemente por Editorial RM en una versión facsimilar, es decir, totalmente igualito a la primera vez que salió.

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Portada original de Picardía Mexicana.

¿Por qué reeditar el libro de tu padre después de tantos años?

Es como resucitar a un hermano perdido. Quisimos reeditarlo en su 50 aniversario, para sus bodas de oro, pero no se pudo porque recién había fallecido mi papá. Él escribió 11 libros, pero el más conocido es éste. De esos 11 cinco están prologados por premios Nobel, y te aseguro que ningún escritor del planeta se puede jactar de eso. Te hablo de Gabriel García Márquez, Camilo José Cela, Pablo Neruda y Octavio PazPicardía fue vigente mientras cambiaba la cultura del país. Tuvo 143 ediciones antes de que mi papá muriera. Se imprimieron 4.6 millones de ejemplares, y hoy nos parece exagerado que un best seller produzca 30 mil.

¿Por que llegó a ser tan popular?

Salió en 1960 cuando existía una “Liga de la Decencia y de las buenas costumbres”, que tenía muy restringido al verdadero México. Creo que la labor de mi padre, más que hacer una recopilación y transcripción, fue organizar amenamente la vox populi, cosa que causó revuelo porque eran temas que nunca antes se habían tratado públicamente; rompía con muchas reglas no escritas: la gente que escribía sobre sexo, malas palabras o prostitución iba directamente al bote por faltas a la moral.

El libro impactó y cambió cosas gracias a que mi papá se escudó en la crema y nata de la cultura: sociólogos, psicólogos, folcloristas, mexicanistas como Alfonso Reyes y Salvador Novo, quienes prologaron o reseñaron el libro. Meterse con Picardía Mexicana era meterse con estas figuras. Y fue gracias a ellos que desapareció esa “Liga de la Decencia”.

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¿Por qué imperaba este falso pudor y esta “Liga de la Decencia”?

Son reminiscencias que arrastramos de esa simbiosis, de esa fusión de la cultura española y la prehispánica. Es sabido por todos que cuando se puso la estatua de la Diana Cazadora en la avenida Reforma, esta “Liga”, en tiempo de Ernesto P. Uruchurtu, que era el regente de la ciudad, le mandó a poner brasier y pantaletas porque era “obscena” a ojos públicos. Hablar de sexo, de ofensas a la maternidad, etcétera, era algo exclusivo de la gente de las clases sociales más bajas, trabajadoras y proletarias. Eso se ve reflejado en las películas de la Época de Oro.

A las personas que nacieron de 1970 para acá les parece impensable, pero era otro México, otro mundo. Creo que el valor de tener este libro de vuelta es rescatar un poco de historia, pues ahora cualquiera de nuestros sobrinitos de secundaria o de sexto de primaria dicen cosas mucho más subidas de tono de las que contiene el volumen, y eso que eran tan fuertes que en 1960 eran motivo de cárcel, censura y clausura de obras de teatro, de películas, de libros, en fin.

Háblanos un poco de esa filosofía pícara de los mexicanos.

A mi papá le preguntaban recurrentemente lo mismo. Nosotros pensamos que lo más mexicano es el nopal, el agua de Jamaica y el albur. Cada país tiene su idiosincrasia y su modo de interactuar. Lo que nosotros conocemos como albur tiene un origen árabe y les fue transmitido a los españoles. El doble sentido incluso lo usan los gringos y los alemanes. Pero los mexicanos le ponemos más sazón e ingenio. Nuestro albur es mucho más sabroso que el del resto del planeta. Y eso lo vemos en los memes.

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¿Tú crees que esto está desapareciendo?

El lenguaje es cíclico, es algo que no es estático ni permanente. Con él se va moviendo el sentido y la cultura. A los que tenemos mi edad, 50 o 60 años, nos puede causar un poco de risa cómo los boleros de Luis Miguel les parecen a los chavos “el nuevo hit”, cuando es algo que nuestros padres ya conocían, solo que actualizado. Y creo que también se aplica para el caso del libro: estos albures, estas malas palabras fueron escandalosas hace 60 años pero ahora las vemos en internet como chistes inocentes y una forma de molestar al amigo. Pero el que sigan teniendo vigencia quiere decir que son nuevos porque los está descubriendo el adolescente.

¿Cómo empezó tu padre a armar el libro?

Es una historia larga: a él le gustaba mucho el deporte, quería ser deportista, pero mis abuelos lo metieron a estudiar, y su manera de desquite fue ser arquitecto de cosas deportivas. En su momento fue la única persona en el planeta que hacía canchas, albercas, estadios, etcétera; él hizo el Estadio Olímpico de Helsinki, el de Caracas, participó en algunos aspectos del Estadio Olímpico de México en el 68… en fin, le iba muy bien.

Pero él quería acrecentar su cultura como un reto personal. Para ello buscó algo que tocara temas mexicanistas y que no hubiera escrito nadie. Decidió escribir sobre albures, groserías y prostitución. Después de que encontrara quién se lo editara le sorprendió el éxito que tuvo, y a los dos meses de eso quemó su título para dedicarse el resto de su vida a escribir. Presumía de ser el primer escritor que vivía exclusivamente de eso.

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¿Por qué le decían “El gallito inglés”?

Él, para protegerse de que no lo fueran a meter a prisión, firmaba A. Jiménez, porque decía que había tantos Jiménez como perros en la calle. Y como segunda opción firmaba como decía un letrero que encontró en una cantina: “El gallito inglés”. Finalmente ése fue su apodo. Cuando iba yo en la secundaria, cuando tenían que ir a firmarme la boleta, yo no quería que fuera él porque firmaba con su “gallito inglés”.

¿Cuál crees es el impacto cultural el libro?

Cualquiera puede reconocer que existe un antes y un después de la Picardía Mexicana en cuanto a la censura. Su principal legado es que rompió muchos tabúes y muchas reglas no escritas.

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Armando Jiménez Jr.

Editor Yaconic

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