De la columna Zig-zag

Por Rogelio Garza / @rogeliogarzap

Los efectos de la música en nuestras mentes y las extrañas conductas que provoca, espontáneas o coordinadas, solitarias o colectivas, todavía son un misterio.

Los grandes pensadores griegos sentaron las bases de la musicoterapia, ¿pero quién puede explicarnos qué produce el impulso de tocar una guitarra invisible ante una multitud imaginaria mientras hacemos muecas medio tontas?

Tengo la idea de que la música es el pulso de la humanidad. Las actitudes que produce son naturales y, en muchos casos, liberadoras. Las vibraciones musicales activan diversas partes del cerebro como zonas de la corteza, el lóbulo frontal, el hipocampo, la amígdala y el cerebelo. De acuerdo con Mona Lisa Chanda y Daniel J. Levitin (Trends in Congnitive Science), la música influye en la química cerebral. Al escucharla se produce un coctel de cortisol, serotonina, oxitocina y opioides.

Suficientes endorfinas para armar un reventón de neuronas en esa cabecita loca. Quizá esto ayude a explicarnos por qué sucede esa gama de expresiones al escuchar nuestra música favorita: mover la patita, cantar, actuar, hacer caras y gestos, tocar instrumentos, crear bailes, sacudir el cuerpo, hacer headbanging, protagonizar conciertos imaginarios. Todo esto lo hacían los chamanes en la prehistoria al entrar en contacto con la música a través del canto. Y es el ritual que se celebra en cada concierto de rock.

headbanging

Headbanging

Fenómenos como el karaoke y la air guitar, que exigen precisión y estilo, y juegos como el Guitar Hero y el Rock Band se basan en la neuroquímica de la música que los psicólogos canadienses explican como los efectos de la oxitocina, cuya sinapsis produce el deseo sexual, los sentimientos de conexión social y estimula los vínculos entre las personas.

Para estos fines existen grupos que tocan éxitos de otras épocas. O recopilaciones de discos para la fiesta con lo mejor de las décadas pasadas, biblias emocionales con canciones que hacen salivar al cerebro y producen una respuesta colectiva inmediata, como si alguien nos hubiera programado o instruido previamente. Por ejemplo, cada vez que suena…

“Dust in the Wind”. Kansas. Nos ponemos profundos. De pronto somos sensibles como barquitos de papel a la deriva. Muchos hasta se ponen poetas al cantar eso de I close my eyes, only for a moment and the moment’s gone… antes de temblar como perros chihuahueños con el violincito.

“Eye of the Tiger”. Survivor. Pocas canciones nos motivan tanto para levantarnos temprano a realizar las rutinas deportivas con una disciplina casi militar como esta joya, el soundtrack de Rocky. Apenas empieza a sonar y nos transformamos en deportistas con garra y mirada felina, dispuestos a llegar más lejos, más alto y más rápido. No pain, no gain, nos repetimos mientras trotamos con torpeza como el actor o logramos la quinta abdominal. El Ojo del Tigre en lo alto.

“We are the Champions”. Queen. En ese tono emotivo-épico-deportivo no podemos omitir de ningún modo el himno de la motivación universal. Se toca hasta el hartazgo en cualquier evento deportivo, social o empresarial de lo que sea para celebrar el triunfo, el logro, la meta, el éxito. Siempre se canta en coro desde una cima con la vista en el horizonte y ese sentimiento de grandeza. We are the champions. Yes we are.

“You Shook Me All Night Long”. AC/DC. Conforme avanza el reventón, siempre sube el volumen y baja la moral. Lo primero que sucede con esta canción es que soltamos un aullido, hacemos cuernos y cara de malos. Como que todo el mundo se sacude los atavismos y le sube dos tres rayitas al desmadre porque un poco de maldad no le hace daño a nadie. AC/DC siempre ha sido y será sinónimo de romper las reglas con un buen rock.

“Dancing With Myself”. Billy Idol. Se nos sale el punk de aparador que llevamos dentro. Se manifiesta con un tímido slam, apenas unos brinquitos y empujoncitos. La versión de Generation X era realmente espontánea e incendiaria. Hoy podría ser el tema de los #ForeverAlone que pululan en las redes tomándose selfies.

“Enter Sandman”. Metallica. Pocos grupos han dividido tanto a la Nación Metalera, particularmente con su disco negro y el dramón de Napster. Pero suena esta rola y eso basta para que la niña más fresa se convierta en un súcubo del metal. Los caballeros, no se diga, sacudiendo sus cabelleras con las que sueñan, como rock stars de videoclip. Es lo que más encabrona a los auténticos metaleros con osito de peluche tras el corazón de acero, que los principitos consuman metal light.

“Road House Blues”. The Doors. Ya entrados en tragos, siempre corren las bachas y suenan los Droogs. “Light My Fire”, “Love Me Two Times”, y sobre todas “El Blues de la Casita”. Invariablemente alguien presenta de manera innecesaria en voz alta: El Rey Lagarto, antes de imitar la voz del cantante. El coro es un colectivo y contundente: LET IT ROLL, BABY ROLL!, cuando el diyei le baja para que todos canten.

“El Rey”. José Alfredo Jiménez. Esta lista no estaría completa sin una chillona y en español. Ya sabemos que no importa si eres rockero, Dj o reguetonero, al final de la fiesta todos cantan las rancheras. El mariachi despierta al Pedro Infante que llevamos dentro. Como ninguna otra, “El Rey” expresa la mentalidad y sensibilidad nacional. Suena y se enciende una llama más ardiente que el tequila. Siempre sucede lo mismo: tras el típico grito que oscila entre el aullido de dolor y la carcajada de ardido, beben y luego no se aguantan.

La reacción es responsabilidad de la música y el cerebro, el ridículo es responsabilidad de usted. :x

Editor Yaconic

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