Duerme bajo los mares negros, esperando; yace soñando con la muerte. Duerme bajo el agitado cosmos; las estrellas le otorgan su aliento. Se despierta cuando el mundo muere gritando; todos los horrores llegan. Se levanta dando a la Tierra su sangrado; pura locura viva. Y te persigue y ata tu alma y te aborrece y lo reclama todo. «Dream no more», Metallica.

Por Samuel Segura

Ilustraciones: Marco Verazaluce

A la hora del almuerzo salía de la fábrica hacia su automóvil; tomaba su guitarra y se ponía a tocar los riffs en los que había estado pensando desde la mañana. Quizá lo hacía en el instrumento que su madre le había regalado, tras mucho pedírselo, en los años de instituto: una Gibson SG del 69 que un compañero suyo que tocaba jazz vendía por entonces —en 200 dólares— y que de inmediato empezó a usar en una banda de covers que armó con algunos de sus compañeros y que se llamaba Obsession. Así lo recuerda James Hetfield 35 años después de que formó Metallica.

Y yo imagino a aquel joven rubio de creciente cabellera ondulada que escuchaba los discos de su medio hermano diez años mayor, Dave, encerrarse en su vehículo para componer las letras y música que en ese entonces, y como hasta hoy, lo hacían sentirse vivo. Lo imagino pensando, mientras volvía a sus horas de trabajo, en qué demonios haría de su vida después de eso: si seguiría como obrero, si jugaría futbol o si le dedicaría su existencia a aquello que le apasionaba. No a los covers, sino a lo que Black Sabbath, la banda que se volvió su favorita, hizo: levantar la incontrolable voz que le exigía salir de sí mismo para manifestarse a través un amplificador.

Se decidió por la música.

—No lo sabía entonces —reflexiona Hetfield—, pero desde luego que fue la elección correcta.

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Tendría 13 o 14 años. Por entonces me dedicaba a jugar Play Station con mi hermana. Entre otros títulos, nos recuerdo divirtiéndonos horas con uno de carreras muy peculiar: Hot Wheels Turbo Racing. En el intro sonaba una canción muy locochona que tarareábamos gustosos, pero que no sabíamos quién interpretaba (como nos pasaba con todas las otras canciones que aparecían en el juego). Eso no importaba, por supuesto. No tanto. Apenas íbamos haciéndonos de nuestro propio criterio musical, rompiendo el que la familia nos impuso —como pasa con casi todas las familias—; un criterio que no era muy amplio y que, pues sí, todavía nos gusta.

No mucho tiempo después un amigo de la colonia me invitó a su casa para presumirme el sistema de sonido que había instalado en su habitación. Tenía bocinas incluso abajo de su cama; retumbaba cada rincón de aquel sitio. Y en la pantalla de televisión aparecía un concierto.

—¿Quiénes son? —le pregunté.

—Son Metallica, con la Orquesta Sinfónica de San Francisco.

—¡Ah, Metallica, claro!

Yo no tenía idea.

Era extraño: en la niñez, el tío que me enseñó las bases del heavy metal jugaba con mi desde entonces pequeña humanidad haciendo guitarra de aire mientras escuchábamos Napalm Death, pero de Metallica ni sus luces. Con los años [o con los meses] sabría que, en efecto y a pesar de que escuchábamos todo tipo de metal extremo, Metallica no sonaba en la casa de la abuela materna (donde vivíamos todos) porque, a decir de él, y como miles de otros habían dicho, «se habían vuelto muy fresas».

—¿Qué tal el audio? —me preguntó mi bróder.

—Cabrón, la neta. Esa suena chido.

Tengo aterradóramente claro que se trataba de «Of wolf and man» . Y sí que lo era porque (cotejando ahora mismo con el disco, el S&M) luego le sigue «The thing that should not be» y después… los motores replicándose en los violines.

—Oye, esa la conozco… ¿cómo se llama?

Mi amigo tampoco la ubicaba, creo, así que inventaré que revisó en la contratapa del DVD.

—«Fuel» , dice aquí.

Era la rola del Hot Wheels.

F-u-e-l, pronuncié en español y corrí a contarle a mi hermana mi nuevo descubrimiento.

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Mientras escribo estas patrañas escucho el nuevo disco de Metallica, el Hardwired… to self-destruct. A sabiendas de mis gustos, un colega me sugirió reseñarlo en cuanto el video de la canción casi homónima, «Hardwired», comenzó a viralizarse en las redes, alcanzando las millones de vistas en YouTube a los pocos días, quizá horas, de su estreno. Pero dudé en hacerlo. Lo dudé al grado de escribir este texto de inasible naturaleza porque escribir sobre Metallica, para mí, es escribir sobre una de las cosas más importantes en mi vida. Una situación nada original y que le pasa, seguramente, a sus millones de fanáticos alrededor del mundo.

Así que, a pesar de que mis primeros pasos tecleando ideas los di reseñando discos, y de que leyendo reseñas me decidí por esta profesión, justamente en los años que narro en el apartado previo, hacer una sobre este álbum me resulta una tarea por lo menos abrumadora: no puedo liberarme de mi fanatismo, ni de los mitos, ni de las ideas sobadas que durante años se han dicho sobre Metallica; ni puedo ser objetivo.

Ni nada de eso.

Tampoco puedo olvidarme de mi propia historia con la banda.

Pero, como dice Hetfield, escuchar un disco es sobre todo una experiencia íntima, personal. Así que hago a un lado el miedo, le subo al valemadrismo (y al CD) y escribo tras haber leído varias entrevistas con la banda y con los productores sobre el proceso creativo y la grabación del álbum (que demoró año y medio y que también puede verse en videos como este); tras haber visto varias entrevistas y reseñas en YouTube sobre el mismo tema, entre ellas cuando estuvieron en México hace poco para promocionar este nuevo trabajo (medios internacionales se dieron una vuelta y aprovecharon para entrevistarlos); tras escuchar y leer las opiniones de gente cercana que gusta de ritmos frenéticos y machacantes (u otras en absoluto cercanas); y tras oír la opinión de mi madre después de escuchar este disco doble con ella, en su estéreo, luego de que me acompañara a comprarlo cerca de su casa el día del lanzamiento. A sus sesenta años, y siendo gustosa de todo menos del metal, comentó sonriente que era un discazo, y que se notaba la larga trayectoria de quienes lo habían grabado.

Estuve de acuerdo con ella.

Pero al oírlo completo por primera vez me pareció un desastre.

Como todos los que esperamos ocho años el Hardwired… to self-destruct (la espera más larga que sus fans hemos tenido que soportar entre disco y disco; en el inter hubo, entre otras ocurrencias, una película, un concierto silencioso en la Antártica, un festival, un álbum con el finado Lou Reed —con todo y videoclip de Darren Aronofsky—, sin olvidar el maravilloso EP con sobrantes del disco anterior, Death magnetic, llamado Beyond magnetic), ya había escuchado las canciones «Moth into flame», que Hetfield escribió a partir de haber visto el documental Amyy «Atlas, rise!», cuyos videos salieron semanas antes del estreno del álbum, el 18 de noviembre de 2016 (fecha de cumpleaños de mi mejor amiga y de Kirk Hammett, el guitarra solista de la banda que en este disco apenas participó).

Todo era tan prometedor: tres canciones rápidas, pesadas, repletas de riffs que rememoraban sus primeros trabajos; agresivas, deseosas de desmadrar a quien las escuchara. Tenía rato, en este momento de mi vida, en que no me sentía tan gratamente ansioso por cualquier cosa: este disco sería, sin duda, el mejor de sus últimos tiempos, y podría patearle el culo a cualquiera de los de antaño.

Eso pensaba.

Pero un día antes del 18 de noviembre Metallica decidió sacar un videoclip de cada una de las canciones del nuevo disco. Sí, aquellos cabrones que habían jurado jamás grabar un videoclip.

Las escuché de madrugada, entre desamor y alcohol. Mala combinación, supongo, porque el disco me bateó, me decepcionó al momento. Y me sentí más triste de lo que estaba. Cómo era posible. Cómo que ni Metallica me levantaba el ánimo. Cómo que se atrevieron a bajarle así de huevos. Pinches blandengues de mierda, balbuceaba mientras daba un largo trago a la pequeña botella de mezcal que tenía, y mientras escuchaba cada uno de los temas: muchos medios tiempos sin gracia, tarolas por doquier, canciones que me sonaron iguales entre sí y que me resultaron propicias para incrementar la de por sí inmensa fortuna de esa empresa llamada Metallica.

Después escuché «Spit out the bone», la última de todas las piezas, y de buenas a primeras pensé que era la mejor canción thrashera que habían compuesto nunca. Aún lo pienso (y no dejo de matear al oírla): ya quisieran sus contemporáneos, quienes han publicado discos recientemente, componer una, una nomás, canción tan perfectamente ponchada.

Pero tras acabar con el mezcal y con el padecimiento de escuchar esa desgracia, pensé que Metallica lo había vuelto a hacer: nos habían esperanzado a todos para decepcionarnos de nuevo.

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Es curioso: afuera de la calle donde todavía vive aquel amigo que me presumió su equipo de audio hubo un tiempo en que una señora se ponía a vender discos piratas de distintos géneros. Una vez, mientras chacoteaba entre aquel material, sonó una canción que de golpe estremeció mis entrañas. Como ninguna había hecho hasta entonces, y como hasta ahora no me ha vuelto a suceder con ninguna otra.

—Disculpe, ¿qué disco es ese? —le pregunté a la marchanta.

Me lo mostró. Se trataba de una de esas compilaciones de baladas hard rock en inglés. Como del listado no sabía quiénes estaban sonando, me inventaré que también le pregunté a la señora qué número de pista era.

—Es la cuatro —dijo.

Aquella canción era «The unforgiven». Una pieza que me ha marcado al grado de tatuárme el título, y que cada que la escucho me rompe la madre. No solo por el impecable trabajo de los instrumentos (aquí definitivamente me enamoré de Lars Ulrich y su modo tan intenso de darle a los tambores), o por su producción. Sobre todo por la letra y por la interpretación de Hetfield. Ese aspecto, lo recuerdo perfectamente, fue el que me hizo memorizar, en aquel momento con la señora de los discos, el nombre de la canción para luego buscar el álbum completo. Para saber definitivamente quiénes eran estos cabrones maestros.

Aquí habrá quien diga que yo era fácil de impresionar… y tendrá razón. Aún lo soy.

Y así como busqué y encontré el S&M en un puesto de discos piratas que por entonces había en la ruidosa y polvorienta avenida, no pasaron muchos días para que buscara este material en el tianguis (aún soy pobre, pero a esa edad lo era más) luego de haber investigado sobre él en un café internet. Lo tenían, por suerte (en ese momento no sabía que a ese álbum homónimo de la banda, Metallica, le decían de cariño «Black album», y que era uno de los más vendidos de la historia del rock), y de inmediato escuché la citada canción, una y otra vez, con el Play Station conectado a la televisión que se encendía con una perilla y que se escuchaba de la fregada. Las otras rolas me importaban un carajo. Aquí me inventaré que busqué la letra y que la traduje en la red porque no recuerdo qué fue lo que hice exactamente. Solo sé que así se me reveló esta banda en todas sus dimensiones. En toda su maravillosa monstruosidad.

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The many heads of the Metallica beast— le dice James Hetfield a su interlocutor, quien le muestra al cantante y guitarrista la portada del nuevo disco, tras haber visto una serie de imágenes y reír o recordar a partir de ellas. Hetfield continúa diciéndole, entre otras cosas (como que le encanta el artwork, en el que estuvo muy involucrado Lars Ulrich, aunque no nos agrade a casi nadie), que hay muchas maneras de leer este trabajo, que contiene diferentes emociones que expresan, con libertad, algo de cada uno de sus integrantes. Las capas que los cubren, las capas que los forman.

—Quise combinar Kill’ em all y el «Black album», de alguna manera. Les puse capas, armonías y simplicidad —dice en otra entrevista. Y estoy de acuerdo con él, aunque parezca ser la misma que le han hecho a partir del lanzamiento del Hardwired.

En todas esas breves conversaciones responde un Hetfield sereno, sobrio. Cruza la pierna cuando se sienta, habla con cautela y amabilidad al que se le ponga enfrente aunque le haga la pregunta que le acaban de hacer o que han hecho ya muchas veces todos estos años. Su peinado es perfecto. Sonríe. Ya no es aquel furioso cabrón que incitaba a la audiencia con agresiones verbales; aquel que se desgarraba la garganta en cada canción de cada concierto. Aquel que escupía cerveza por aquí, por allá. Hoy supera el medio siglo de vida, tiene hijos cada vez más grandes, esposa de muchos años, y más millones de dólares en el banco. Ha logrado prácticamente todo lo que los enanos de espíritu creen que debe lograrse en este mundo, que es tener fama y fortuna, y aún así sigue haciendo, con humildad, lo que siempre quiso: componer música.

Pienso que por esa simple razón sigue siendo el mismo de siempre aunque no lo sea más: aquel que se trepaba un momento en su coche para tocar aquello que le quemaba por dentro y que hoy, sin problema, brinda una entrevista en la que nuevamente se desnuda y abre su corazón.

Por eso cada vez menos trato de entender a quienes se ofendieron tanto (y a quienes siguen haciéndolo) con los cambios que ha sufrido la banda: para mí Metallica siempre han sido auténticos; han creado un estilo propio, inigualable (no por virtuosismo: ojo, bandas virtuosas hay por todas partes) y nada que no sea Metallica suena a ellos. Y a pesar de que comparto, como alguien comentó en un video de estos, que sin rabia, furia, molestia, dolor, no hay metal (o no hay arte), a su vez pienso que Hetfield es un músico privilegiado, tocado por algún dios que le permite componer música agresiva, honda, bajo cualquier circunstancia (sí, incluso en Lulu, con Lou Reed) y que nada de eso ha muerto en él. Ni morirá. Nunca.

Como dice aquí el escritor mexicano Guillermo Arriaga: «En el arte no hay progreso ni voluntad» , refiriéndose a que un artista no controla su obra, no tiene voluntad sobre ella (como un monstruo indómito, sí). No se puede decir: «Aquí lo haré mejor que la vez pasada». Si eso fuera posible, dice el creador de Amores perros, el último trabajo de cualquier creador sería mejor que el anterior, o que el primero, o que el que lo encumbró. Y los clásicos, digo yo, no tendrían sentido. Por lo tanto no hay progreso. Metallica jamás dirán: «Sentémonos a hacer el disco que derrumbe a nuestros tres primeros», aunque lo diga Hetfield, aunque declare que siempre buscan hacer su mejor disco: en el arte no se hace lo que se quiere, se hace lo que se puede, dijo también alguien una vez.

Y así ocurre con Hardwired…, como lo ratifica en esta charla Lars Ulrich. En ella el baterista. al que también le copié sus dos arracadas en la oreja derecha, explica el proceso creativo de este material: simplemente pasa. Simplemente se juntan y empiezan a tocar, a componer. No planean en una mesa, reunidos, lo que resultará.

Y llama a Hetfield the riff God.

Porque aunque pretenda ser uno de nosotros, James, insisto, es un compositor genio. The riff God lo es no solo por su dominio de las seis cuerdas o su desempeño vocal, también lo es como escritor. A la altura de Hemingway, Lovecraft, Trumbo o Sendak, autores en los que de algún modo se ha basado para crear sus propias letras. Un hombre cuyo dolor ha podido exorcizar magistralmente a través de las palabras, más allá de la música.

Aquel joven rubio de ondulada cabellera y cutis maltrecho que se encerraba en su automóvil en la hora del almuerzo para crear música inspirada en Black Sabbath, pese a los millones de dólares y los años que han transcurrido sigue siendo ese genio-hombre sencillo que hoy compone «Dream no more», su hasta ahora canción favorita del Hardwired… Y también la mía, como puede verse en el epígrafe: su oscura tonalidad, su riff tan denso como los sueños de Cthulhu, me tienen hipnotizado.

Y él junto con Ulrich siempre han sido el alma de esta banda, y lo son nuevamente en este nuevo disco.

Así que si algo he de resaltar en este afán de reseñista fallido, y que sería lo único que me gustaría hacer, es la interpretación vocal de Papa Het en estas 12 nuevas canciones. Lo que hace aquí, en «Here comes revenge», no tiene madre tanto en la guitarra como en la voz y en la letra. Ni qué decir del hermoso y aterrador videoclip animado de Jessica Cope: el mejor video que he visto en cualquier género en mucho tiempo. Su impecable trabajo con Steven Wilson la trajo hasta aquí.

Claro, habrá quien diga que soy fácil de impresionar y que me hacen falta muchas lecturas (y escuchas y miradas). Y tendrá razón.

Pero quien lo diga habría de echar un verdadero vistazo a lo que hizo en los discos Load, Reload y en los covers del Garage Inc; elementos que retoma en este nuevo álbum y que destazan los oídos con el filo de la ponchadez que solo James sabe sacarle a su guitarra y a su voz. Sigo sin entender cómo fue que aquellos discos de los noventa hicieron llorar a algunos fans de tanta rabia; por vendidos, por cortarse el cabello, por pasar radicalmente del thrash metal a un «rock sureño suavecito», cuando en estos trabajos la influencia de Black Sabbath es aún más pronunciada que en cualquier otro, cuando la producción es perfecta, cuando las letras de Hetfield son sus mejores letras y su voz es su mejor voz: la que lo caracteriza, la que le es tan propia y distintiva (no en sus primeros tres discos; fue hasta el …And justice for all que empezó a encontrarla); podríamos decir, entonces, que el Hetfield más auténtico se encuentra en el «Black album», Load y Reload. El que todavía nos cimbra hoy: esos discos resuenan en cada resquicio de este Hardwired… to self-destruct.

Pero así fue desde siempre, dice el propio Ulrich en la entrevista citada líneas arriba. Desde la canción cuatro de su segundo disco, «Fade to black» , hubo quienes les tacharon de vendidos, de fresas, por componer una balada. Aquí resalto de Metallica su actitud incomplaciente con el público metalero: «así es como va a ser», refirió Ulrich aquí desde hace veinte años lo que reafirma hoy.

Sé que no pocos estarán en desacuerdo, pero mi intención no es evangelizar. Por lo que solo recomendaré, a propósito, la escucha de tres canciones que posiblemente ejemplifican bien esto que digo del Hetfield letrista y vocal: «Low’s man lyric» , «The outlaw torn» , «Fixxxer» y una más, «The house that Jack built» (y «Turn the page» de una vez). Todas ellas, como dicen en inglés, very underrated songs (porque no, la neta «Seek and destroy» no es mejor canción que éstas, por donde se le vea).

A ese listado podría agregar «The unforgiven II» , pero esa es otra historia: otro amigo vecino, al verme tan clavado en «The unforgiven» y en la banda por esas fechas, me reveló que existía esa segunda parte (todavía no existía la tercera, gracias a Dios). Y que venía en ese disco llamado Reload. Y que él lo tenía. Original.

Diría que me lo prestó, pero nunca quiso hacerlo.

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Todavía eran tiempos de la televisión. Mi mejor amiga, la que cumple años el mismo día que Kirk Hammett, me llamó por teléfono (yo todavía hablaba por teléfono) y me dijo extasiada:

—¿Ya oíste la nueva canción de Metallica?

—¡¡No!! ¡¡¡¿Cuándo?!!!

—¡Hoy!

En putiza agarré mi bici y me lancé a su casa.

Diré que la grabó en un VHS y que me la enseñó al llegar.

Era «St. Anger» .

Metallica en un videoclip crudísimo tocando en una prisión de verdad. Con dobles bombos, sin solos. Pura pinche violencia para aquellos cabrones cuya última canción, antes de esa, había sido uno de los temas para una película de acción.

—Han vuelto —pensé y eché unas lagrimillas de emoción.

Luego compré el disco original (por primera vez) junto a un colega de la secu, en una tienda de discos de rock y metal que aún existe y que queda cerca del barrio de la infancia. Era un disco difícil, pero lo escuché con avidez. No tenía concesiones. No daba respiros ni te hablaba bonito (al contrario, James te ordenaba kill, kill, kill en «All within my hands»). Su aspereza me fascinó. Como hace hasta ahora.

Por ese disco formé mi propia banda de metal en la que me empeciné en mal tocar la batería.

Pero en el mundo exterior todos decían que era una mierda. Un falso intento por volver a las raíces. No entendía.

Cinco años después, y también regido por el desamor y el alcohol, esperé religiosamente el disco Death magnetic. Recuerdo el Mixup donde lo compré. Ya no existe. Llegué a la casa materna, donde todavía habitaba, y lo escuché con atención, en soledad. Puse una silla frente al estéreo y escuché. Metallica dándole al thrash, al heavy, al metal en toda regla. Canciones largas, con solos, dobles bombos, cambios de ritmo frenéticos, la herencia directa del .…And justice for all, mi disco favorito, por cierto también tatuado en alguna parte.

—Han vuelto, ahora sí —pensé y eché unas lagrimillas de emoción.

Pero en el mundo exterior todos decían que era una mierda. Un falso intento por volver a las raíces. No entendía.

Hoy el mundo exterior dice que Hardwired… to self-destruct es «el regreso de Metallica», cuando por «regreso» se sobreentiende una vuelta a la velocidad y a las canciones más thrasheras, propias del Ride the lightning y el Master of puppets.

Creo que finalmente lo entiendo: ¡Eso ya había ocurrido antes con St. Anger y Death magnetic! ¡Y eso se esperará siempre hasta que no se acepte que este material, su décimo disco, experimenta con cada una de sus facetas, con cada una de las cabezas de la bestia, como han hecho con cada nuevo lanzamiento!

Y que han cambiado, sí, pero que siguen siendo los mismos.

Ya, ya entendí.

Metallica nunca volverá. Porque Metallica no se ha ido a ninguna parte.

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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