De la columna Negra y criminal

Para Berenice

Por Iván Farías / @ivanfariasc

La mayoría de los detectives en la historia del género policíaco son hombres. Los hay de todos tipos, generalmente caben en la clasificación de solitarios por gusto propio, ya sea que disfruten su soledad o que la sufran. Para no extenderme mucho, solo citaré personajes que hayan tenido alguna adaptación cinematográfica o de televisión.

Jimmy McNulty, de The Wire, es el ejemplo de un policía que disfruta su trabajo y que no importa lo que suceda, cuanta mierda vea, siempre conservará una sonrisa. En el lado contrario está Kurt Wallander, a quien su enfermedad y problemas familiares lo hicieron un hombre atormentado por sus demonios. Ambos solitarios por cuenta propia y obsesionados con su labor. Parece que ponen la justicia por encima de todo, cuando en realidad hay un deseo fuerte de revelar el misterio.

Jimmy McNulty, The Wire

Jimmy McNulty.

La estirpe masculina bien vista, de Elliot Stabler (Ley y el Orden: UVE), pasando por Robert Goren (La Ley y el Orden: Intento Criminal) hasta los ingleses Tom Mathias (Hinterland), John Luther (Luther) y Harry Bosch (Bosch), son tipos que pese a su soledad tienen una vida tranquila. Están a gusto consigo mismos, con existencias plenas y resueltas. Ven a sus hijos seguido, cuando los tienen, pero pueden desprenderse de ellos sin problemas ni culpas.

El problema son sus versiones femeninas. Cuando una mujer asume el papel de detective no puede dejar atrás su vida familiar y afectiva, mucho menos el rol en la sociedad. Mientras los sabuesos masculinos pueden abocarse sin cargas en la investigación de un caso, sus contrapartes son malabaristas jugando con diferentes situaciones.

La sargento y abuela Catherine Cawood, de Happy Valley, una pequeña comunidad inglesa, debe hacerse cargo de resolver desde los casos más simples hasta los más complejos, además de lidiar con la crianza de su nieto: producto de la violación y asesinato de su hija. Un crimen impune que la atormenta. Cawood no tiene la fuerza física para enfrentarse con los criminales ni la inteligencia de un Sherlock Holmes, pero hace lo que puede para reaccionar ante los problemas. Con poca fuerza física y los años encima resuelve un caso de secuestro que le cuesta, además de varios golpes, enfrentarse con el atacante de su hija.

Catherine Cawood, Happy Valley

Catherine Cawood.

En The Fall, el contrapunto entre hombre y mujer hace que sea la serie más cargadamente feminista de las muchas que han salido en recientes fechas. Stella Gibson (Gillian Anderson), una policía inglesa, es llevada a Irlanda para resolver el caso de un asesino serial de mujeres. Aquí no hay un enigma clásico en el que se deba ir sacando hilo hasta llegar a la resolución final.

Con diálogos, en su mayoría, The Fall muestra una serie de giros sobre lo que se espera de cada rol de género. Gibson es una mujer solitaria, sin hijos, que decide un día acostarse con un colega más joven, como haría un hombre cualquiera. Sin embargo, su firmeza y su abierta sexualidad le traerán problemas con el caso. No porque ella haga mal su trabajo, sino porque sus compañeros y los medios la ven mal.

Paul Spector es un asesino en serie que trabaja como psicólogo en un hospital. Spector tiene una obsesión, casi maternal, con su hija más grande. Su mujer y él prácticamente no tienen sexo. Paul y Gibson son así, personas en extremos separados de la sociedad. Él intenta mantener una familia a flote y una vida social ideal, mientras que ella enfrenta en soledad las decisiones de su vida.

Stella Gibson, The fall

Stella Gibson.

Psicológicamente la serie es muy exigente, ya sea por el grado de violencia, por el ambiente gélido que se respira o por los diálogos filosos que prodigan los personajes. The Fall contrapone el deber ser de Stella y Paul. Todo el tiempo está en el aire el cuestionamiento de la autoridad masculina ante la emancipación femenina. Mientras los jefes de Gibson intentan acotar su comportamiento, Spector hace lo mismo con sus víctimas, al amarrarlas y matarlas. Es inevitable que dominador y rebelde se enfrasquen en una lucha de poder.

En Top of the Lake, el cacique, un Pedro Páramo neozelandés, encuentra la resquebrajadura de su imperio en una mujer policía con un pasado de violación. Desde el inicio el pueblo se revela como un sitio peligroso para las mujeres. Curiosamente un grupo de féminas con severos problemas para relacionarse con sus parejas lo escogen como paraíso.

La detective Robin Griffin se enfrenta al caso de una niña de 12 años embarazada que después desaparece. Griffin, además de echarse este cargo al hombro, debe resolver su vida familiar y el pasado que la atormenta. Esta serie en particular es la más abiertamente feminista de todas las que se han estrenado en los recientes años. Su creadora y directora es Jane Campion, que también dirigió El Piano (1993). No obstante, quizá por desconocimiento del género, la historia (en cuanto a términos policíacos) queda deshilvanada con respecto al resto de las producciones: deja la sensación de haberse concentrado más en revelar la neurosis de los personajes que en jalar bien las cuerdas.

Robin Griffin, Top of the Lake

Robin Griffin.

Empero, los personajes son muy interesantes y variopintos: un cacique que se fustiga en nombre de su madre; una gurú que se harta de su grey y una mujer policía que odia la maternidad pero se brinda por completo para salvar a una madre adolescente. Todo en un pueblo que exuda testosterona y muchos juegos con el paisaje: la montaña y el lago se ofrecen refugios maternales y la ciudad como males masculinos.

Lo curioso es que un policía hombre, sin la carga del pasado cayendo sobre sus hombros, hubiera resuelto más rápido el misterio en ese pueblo, pero para la detective todo problema se magnifica por su género, desde imponer su autoridad hasta ver claramente lo que sucede.

En Marcella la protagonista homónima asume cierta culpa en el caso que investiga. Es heredera de los narradores no confiables a la Jim Thompson; vive en una vorágine de sensaciones que la llevan a dudar incluso de ella misma. Sufre lagunas mentales en las que olvida sus actos. Marcella, la detective, se obsesiona con un asesino serial que disfruta del control mientras maniobra con una separación amorosa, con el rechazo de sus hijos y con la poca confianza que le tienen sus compañeros de trabajo.

Marcella

Marcella.

Todo en ella es duda. Solo tiene, como muchas de sus colegas, una obsesión: saber. Se enfrenta a su propia y frágil mente y a la violencia que ejercen los hombres, no importa su orientación sexual, sobre ella. Es interesante como la compañera de Marcella es totalmente masculina, razón por la cual nunca es puesta en duda. Su jefa, con una feminidad discreta, apoya a la maltrecha detective protagónica en sus decisiones y es vista con cierto recelo por el resto de los detectives.

Otro común denominador de todas ellas es la falta de acercamiento con el resto del mundo. A diferencia de los detectives hombres, que son lobos solitarios por derecho propio, las mujeres detectives de estas series tienen severos problemas para congeniar con la gente de su entorno. Ya no son las que antes servían solo como comparsa de los héroes masculinos o como objetos maternales dignos de ser salvados de las adversidades. Saben que ya no quieren ser, pero no saben qué ser.

El caso extremo es Saga Norén (Sonya Cross en la versión de Estados Unidos), de la serie sueco-danesa Bron/Broen, que simplemente no puede relacionarse a cabalidad con el resto de los seres humanos, debido a su autismo, pero que es muy eficiente en su trabajo. Saga es la contraparte perfecta de Martin Rohde, un detective danés que se toma bastantes permisos en cuanto a la forma en que trabaja y se desenvuelve. Martin nunca duda de sus acciones, incluso acaba complicando mucho la trama debido a su holgada moral. Saga, por el contrario, intenta entender las reglas de un mundo que no las tiene. Es como tratar de entender qué significa ser mujer u hombre en pleno siglo XXI. Curiosamente el creador de Saga y Marcella es el sueco Hans Rosenfeldt, lo cual habla de una mirada muy certera en cuanto a la creación de personajes.

Saga Noren, Bron Broen

Saga Norén.

El personaje que más creció en una serie y que se volvió un éxito en toda Europa es el de Sarah Lund, interpretada por la danesa Sofie Gråbøl para la serie Forbrydelsen. La obsesa y tenaz detective Lund rompe con todos los estereotipos endilgados a las mujeres. Tiene un hijo pero no lo frecuenta mucho, un futuro prometedor en Suecia (si se casa con el hombre del vecino país que la está esperando), y no lleva una relación muy sana con su madre. Lund no busca conflicto, no pelea con su hijo ni con su madre, tampoco hay otro hombre en su vida: la detective disfruta de la soledad.

Mientras Sofie Gråbøl y Søren Sveistrup (showrunner de la serie) discutían la creación del personaje tuvieron varios desencuentros debido a que él quería que Sarah Lund estuviera casada. “Harry el sucio no está casado. No puedes ser una buena detective si estás casada”, dijo Sofie. Y en honor a Clint Eastwood, Gråbøl vistió a su personaje con suéteres tejidos como los ponchos que utiliza el Hombre sin nombre de la trilogía de Sergio Leone. Así, Sarah Lund se volvió un ícono de cómo debía ser una mujer detective. Nunca dudaba, sus sentimientos no la hacían retroceder, pero tampoco había masculinizado su presencia. Lund se hermanaba con todos los colegas que la precedían, quería una sola cosa: saber.

Sarah Lund, Forbrydelsen

Sarah Lund.

Cuando adaptaron esta serie a versión norteamericana, la productora Veena Sud hizo modificaciones que disminuyeron el poder de Sarah Linden: repartió el protagonismo de la serie con su compañero de patrulla y le endilgó algunas relaciones amorosas. Si bien conserva la complejidad dramática del personaje, las historias se diluían en tramas más comunes que, a veces, llegaban a ser bastante inverosímiles.

En todas ellas hay un conflicto que va más allá de la simple resolución de un caso. En todas, como he querido explicar su vida personal, su circunstancia de género las obliga a esforzarse más. Si bien hay más detectives en la televisión, son estas las que han redefinido la forma en que las mujeres han pasado de ser víctimas a policías.

Editor Yaconic

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