Por Rodrigo García Bonillas

Fotos: Museo de las Momias de Guanajuato

Los torrentes que visitan los altares de la Virgen de Dolores colapsan el Centro de Guanajuato y por eso voy a pie hasta la Alhóndiga de Granaditas para tomar el camión que me lleve con las momias. Por si algún compañero me cuestiona esta actividad tan turística y poco sofisticada —estoy participando en un encuentro de escritores—, ya tengo mi argumento preparado: escribo ensayos sobre momias. La afirmación no es falaz, aunque sí imprecisa, porque llevo tiempo inactivo. Hace cinco años escribí un ensayo sobre la momia de Lenin, que está en la Plaza Roja de Moscú; hace dos, sobre las de los reyes incas, en particular del emperador Pachacútec, el que estremece la tierra.

Ya no volví a escribir sobre el asunto, aunque sigo teniendo el plan de viajar en el futuro a Ulán Bator, Sofía o Hanói, para visitar los mausoleos (o lo que de ellos queda) de Sükhbaatar, Georgi Dimitrov o Ho Chi Minh, y sacar de las visitas una serie de ensayos sobre la relación entre el poder y los restos mortuorios de los hombres que lo ejercieron o siguen ejerciéndolo póstumamente (el adverbio es impreciso).

museo de las momias de guanajuato

Tendré que volver a escribir sobre momias, pero estas nunca fueron poderosas, a menos de que aparezca el Satán de Santo contra las momias de Guanajuato.

En la calle se observan los estragos de la Fiesta de las Flores, que se celebró ayer 6 de abril de 2017 y que terminó hasta hoy en la mañana. Camino hacia el chapitel porfirista del mercado Hidalgo. En la Tienda del Sol salen los camiones con dirección al barrio de Tepetapa. Agarro el camión florido y empezamos a serpear, a trepar la pendiente del Cerro Trozado, por donde desciende el arroyo de La Venadita. Bajo, camino por el callejón Del Panteón y encuentro con letras encaladas, sobre una pared del panteón de Santa Paula, la leyenda:

momias de guanajuato

Paso por el mercadito de fayuca y souvenirs, por los baños públicos, por la taquilla y entro en el museo. El reguetón del mercadito llega hasta la primera sala y la violenta. Sin mucho preámbulo aparecen los primeros cadáveres. Veo los nombres en las notas al pie del difunto. Carolina. Tanya. Nora. Refugio. Dulce. Observo la piel carcomida, los gritos de dolor, póstumos y falaces. Pienso en mi madre, en mi padre, en los cuerpos que he amado, en que todos vamos para allá. Comparo el tamaño de los cuerpos de las momias con el del mío. Estoy viendo por encima y a grandes rasgos. Con el estómago revuelto, poco a poco empiezo a ambientarme y me acostumbro al falso pathos, al rictus de las jetas. Las mandíbulas de La Güera están muy abiertas y parece que sufre. Miro a Héctor: ahí abajo tiene un chicharrón de testículos y pene, al que no le quitaron los vellos púbicos. Mato el morbo pasajero, casi inevitable, para mantener a raya la necrofilia.

Manuela abre el rostro, con expresión orgásmica. Maru se defiende: se le salen los ojos de las órbitas y la lengua; unos y otra son cáscara pura. Teodoro. Amanda, pudorosa, se agarra el monte de Venus. Hay un hombre robusto, sin nombre y con barba. Veo a Alhelí y reparo en la piel de papel maché. Dice una señora que camina atrás de mí: “Pensaba que estaban más espantosas” y casi me retuerzo. Esmeralda conserva sus botines decimonónicos. Perla tiene pechos putrefactos, trenzas; se aovilla. Recostada, al final de estos pasillos, con la vestimenta tradicional de Guanajuato yace Ana María “Galereña”, enterrada en 1903 y exhumada en 1909, según indica la ficha. Qué sarcasmo del destino haberse hecho cecina durante el apogeo del Porfiriato.

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Acabo la primera sala. Salgo erizado por la textura de la piel y la consunción de la carne. Saliendo del museo tengo que comer con unos amigos, pero todavía no sé qué voy a digerir una hamburguesa bestial, de res con tocino y queso azul, tras un severo bloqueo de las imágenes que ahora me turban. Entro a la sala del doctor Remigio Leroy, un francés grandotote. Su cadáver está envuelto en la ropa que lo acompañó a la cripta: el gran traje que ahora, alrededor del cuerpo enjuto, se ve desmedido. Era más grande el difunto. El de Leroy fue el primer cadáver que exhumaron en el cementerio de Santa Paula, el 9 de junio de 1865, y por lo tanto el primero que empezó a integrar esta colección. Por eso se le puso una vitrina especial. Mientras veo la ficha del cadáver —ya descolorida—, una mujer joven le confiesa a otra más vieja: “Vinimos aquí cuando nos casamos hace veinte años”. También mis padres vinieron aquí en su luna de miel.

Tras llegar a la sala de Juan Jaramillo (enterrado el primero de enero de 1903 y exhumado el 10 de febrero de 1910, a tiempo para ver la Revolución), entra una horda de entre cien o cincuenta niños de primaria; huelen a pubertad incipiente, a leña quemada, a no haberse bañado desde antier. Ni modo: ando aquí turisteando como ellos e igualmente me chilla la ardilla. Juan Jaramillo también es viajero: la historia en primera persona que acompaña a algunos difuntos como él me indica que es una “momia viajera” por ser el “cuerpo en mejores condiciones” de la colección, lo cual es un decir; también señala que tiene muy completa la “dentadura” y la “piel sin perforaciones”. Entre los brazos lleva una ficha con sus datos, escrita quizá hace un siglo, y más abajo constatamos que murió con el pubis canoso.

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Luego aparece Ángela, mujer con camisón, y Justo Hernández. Apunto: “erotizados después de la muerte”. Paul, Gabino Castro. La China en su ataúd original. Luego Sofía, una momia gordita y feliz. Anita, Luisa. Y Griselda, curiosa, con manos expresivas y juntas. Nico: casi un galán, en shorts. Aldo, Merceditas, Lilí. Y Aurora, crispada.

Viene la sala de los angelitos, esos niños que morían tan pequeños que terminaban en el limbo, un lugar cuya existencia sigue siendo polémica. La devoción popular quiso que estos seres, nacidos bajo el pecado original, pero inocentes e imposibilitados para el pecado, fueran a un lugar que no era el infierno. Los visten: a Martinicito le pusieron un trajecito de San Martín de Porres, con escoba, hábito y huarachitos. Ahí está Bernardito. También Malva. “¡Qué bonitas momitas!”, dice una niña mientras mira a Enrico, vestido de verde y amarillo y con una corona, lo que hace pensar en el San José de las pastorelas. Antes vestían a los niños muertos, según una ficha, de San José, mientras que a las niñas les tocaba el disfraz de María, estilo Inmaculada Concepción, un dogma que en estas tierras fue muy cultivado. “Adiós, madre, ya no llores,/ pídele a Dios el consuelo./ Me voy cubierto de flores,/ me voy derechito al cielo”. Al cielo y con zapatos, hubiera dicho mi abuela. “Adiós, adiós, padrinitos,/ en el cielo nos veremos”.

De nuevo los adultos. Clara. Hay tarritos de granos que atrapan la humedad. A Miguel lo entrevieron con rayos X. Algunos médicos gringos también les han hecho endoscopias e intensos exámenes a estos camaradas. Los niños de la horda pasan y huelen a humo, a peditos.

Llegamos a la sala de los que tuvieron una muerte trágica. He aquí al apuñalado, al cual se le ve un hoyo con su respectivo hematoma, enterrado en 1940 y desenterrado en 1946. O el ahogado, que presume un color azuloso porque le entró “agua a los pulmones”, según informa otra ficha del museo; el ahogado es más reciente: murió en 1965, allá en la Presa de la Olla y salió a la luz en 1971. Finalmente, Ignacia Aguilar de Chirilo, que fue enterrada viva, según se detecta en las heridas de la frente y en la posición de las manos, aunque los científicos que la analizaron dudan de esta posibilidad. Se sospecha que sufrió catalepsia y que por eso los doctores la enterraron así; eso sucedió en 1922. Desde entonces sigue gorda.

museo de las momias de fotografia

Llego con una momia que tiene el nombre más antiguo: Adán. Fue enterrada bajo la tierra y no en las criptas verticales, de esas que abundan en el panteón de Santa Paula. Por eso no está conservada muy bien. Mientras veo a Adán, llegan dos mujeres que parecen de India, con sus respectivas coronas de flores artificiales (sigue siendo fiesta florida en Guanajuato, aunque tanto cadáver hizo que se me olvidara). Se toman una selfie con Adán y ven a Camilito, casi un feto, ante el que dicen con falsa pena: “Oh! It’s so sad”. Las dos mujeres tampoco huelen bien. ¿Por qué todos los turistas apestamos hoy en el Museo de las Momias?

Finalmente, las momias más preciadas: una madre y su feto. Se presume que el feto es la momia más pequeña del mundo. Mide veinte centímetros. El antropólogo forense Jerry Melbye le calcula veinticuatro semanas fetales. No se rompieron la cabeza con el nonato y le pusieron Juanito. Ambos muestran desnutrición: es que eran muy pobres y su pobreza continúa más allá de la muerte. Juanito y Camilito son los únicos que están eviscerados. Al parecer, son los únicos que se dispusieron para la momificación artificial.

Magda y Clementina.

Oralia y Francisco.

Martha y Lorena y Lupita.

Aquí expira por fin la exhibición de cincuenta y nueve cuerpos incorruptos.

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Entro en la última estancia del edificio, un porche donde los niños apestosos se apiñan y llenan toda la superficie disponible del suelo. Brinco entre algunos y me apresuro a salir del Museo de las Momias. Estoy decepcionado. Todo está dejado de la mano de Dios. Los cadáveres se ven más frescos que la museografía y sus rótulos, a pesar de la remodelación de 2007; al menos se pueden observar. Aparte de eso, hay un tono melodramático en las voces ficticias de las momias que me exaspera.

Afuera el sol pega duro —son las dos de la tarde—. Lo primero que veo al salir son dos viejitos que venden momias de caramelo: las charamuscas. El tono de la azúcar quemada es apropiado para imitar el de la piel de las momias, pero estas figuritas refulgen. Parecen parientes de las calaveras de azúcar y chocolate que comemos en Todos Santos, solo que las momias de caramelo incluyen la foto del cadáver del que según son sus copias a escala. Por cincuenta pesitos me ofrecen seis momias de caramelo. La antropofagia ficticia ahora me repugna, pero de niño comí con gusto alguna de estas criaturas de piloncillo que se funden en la boca.

Pregunto una dirección. Le doy la vuelta al museo, a su gran muro, y llego al Panteón de Santa Paula. Quizá hoy o en el día de las Flores alguien falleció y viene su gente a enterrarlo. El llanto, el luto, los gemidos de dos o tres mujeres. Las exequias me predisponen el ánimo para que la visita al cementerio me termine de cimbrar. Lo que me interesa, sobre todo, es ver la disposición de las criptas verticales, donde se desecaron las momias gracias a las condiciones minerales de este sitio. Nitratos, azufres, elementos que desecan y no degradan. O al menos eso se dice. Haya sido como haya sido, la pronta pérdida de la humedad y el lugar de los nichos permitieron una momificación por obra de natura. Paso por las paredes del cementerio y leo los nombres de otrora, las fechas lejanas que vuelven vanos hasta el luto y el dolor. ¿Quién siente feo por alguien que hizo su viaje a la muerte desde hace un siglo?

museo de las momias de guanajuato

Pero la gente sigue llorando allá atrás, en la entrada al Panteón. Constato que siguen construyendo más nichos en la parte de atrás. Veo también que eso permite que haya jardines interiores en el camposanto, plácidos espacios metafísicos, vacíos de tumbas, donde uno puede venir a hablar con sus muertos emparedados. Espléndidas canteras verdes están echadas por aquí y por allá sobre el suelo y también clausuran varias criptas y publican los datos vitales de los muertos, para que sepa el futuro que aquí estuvo María de los Ángeles Orozco, y allá Juan Nepomuceno Colín, y acullá la niña Lucía de Couto y Zayas, y que se nos fueron en 1946, 1962, 1924.

En los souvenirs y la fayuca compro una coronita de flores como las que llevaban puestas las mujeres de India. No me llevo ninguna charamusca. El paseo por las momias y por el Panteón de Santa Clara acaba y voy de vuelta al centro de Guanajuato.

Ayer, en la Fiesta de las Flores, los muchachos y las muchachas se juntaban en el centro para enamorarse, como desde hace un par de siglos, solo que ahora lo hacen como paganos. Hoy es el día de la Virgen de Dolores, la gente festeja y hace filas bajo el sol, que cae a rajatabla, para que les den aguas o nieves de fruta y así recibir gratuitamente un poquito de humedad.

Editor Yaconic

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