Texto y fotos por Miguel J. Crespo / @migueljcrespo

Sentado a la entrada de lo que alguna vez fue el Cine Lido, releo: “¡Culeeero! ¡Culeeero!”. Y sonrío al imaginar la escena: un loro llamado Benito [Juárez] soltando esas leperadas. Interrumpe mi lectura un hombre delgado de cabello negro y encrespado. “Creo que me vería contigo, porque es mediodía y ese es mi libro”, me dice Jorge Comensal señalando el ejemplar que sostengo en las manos. Asiento con la cabeza y nos saludamos. Sus dedos son largos, delgados y fríos. Luego entramos al Centro Cultural Bella Época.

“¡No mames! ¡No mames! ¡Cabrón! ¡Cabrón!”, sigue Benito páginas adentro.

Las mutaciones (Antílope, 2016) es la primera novela de Comensal. Un relato realista de 204 páginas lleno de humor punzante, destellos de ironía y precisiones científicas que quizá solo un amante de Bach nacido en la Ciudad de México en 1987 podía escribir. La inmundicia del cáncer, la pérdida del habla y el gusto, ese loro altanero tocayo del Benemérito de las Américas, una terapeuta que utiliza marihuana como terapia ante el veneno de las quimioterapias y un oncólogo melómano y calculador, tejen la trama de las peripecias del abogado, ateo y sin lengua, Ramón Martínez, el protagonista.

las mutaciones jorge comensal

Jorge Comensal.

“¿Quieres beber algo?”, me pregunta, mientras nos acercamos a la cafetería. “Yo sí creo necesitar cafeína”, ataja antes de que le responda. Jorge camina con cadencia, pero sin simetría. Viste una camisa verde olivo y un pantalón negro. Acaricia con sus dedos al loro Benito despintado de la portada, obra del diseñador Alejandro Magallanes. “Me gusta pensar que es una metáfora: la jaula de la ilustración se deslava con la lectura y al mismo tiempo libera a los personajes de esa prisión”, dice, y luego pide un expreso y un vaso con agua.

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Jorge Comensal es escritor porque es lo que más disfruta; a lo que más dedica esfuerzo. También por aquello del “sentido de la vida”, dice. Luego se acomoda sus anteojos y remanga su camisa. Intempestivamente, me suelta que practica el viejo hábito epistolar. “Aunque me gustaría hacerlo en papel, me parece una forma extraordinaria de sostener una amistad y una manera estupenda de cultivar una relación amorosa. A veces la vida conyugal impide que uno se tome el esfuerzo de escribir una carta cuando ves todas las noches a la misma persona”.

—¿Estás casado? –le pregunto con cierta tibieza.

—Pues no, más bien juntado.

—¿Y crees que por escrito se pueden decir cosas que callamos cuando hablamos?

—Sí, totalmente. El cuidado y la forma que uno toma al poner por escrito lo que piensa, permite llegar más a fondo en la comunicación, en comparación con la espontaneidad de lo que decimos –responde mientras se rasca el tobillo derecho por encima de unos calcetines largos y oscuros.

Desde niño, Jorge tuvo la punción por escribir. Pensó que la mejor manera de continuar con esa práctica era estudiar Letras Hispánicas. Y gracias a Oliver Sacks descubrió que hay un continente de sucesos extraños al interior de nuestras cabezas; quedó fascinado por la neurobiología y comenzó una investigación en neurolingüística.

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Las mutaciones surgió de un médico impostor. Comensal se disfrazaba con una bata blanca y caminaba con el temple de un doctor entre los pasillos del Centro Médico Nacional Siglo XXI para que los guardias del lugar no le negaran el paso. Ahí convivió varias semanas con personas que sufrían de algún trastorno lingüístico. “Eso me hizo pensar en el peso que tiene la palabra hablada en nuestras vidas. Creo que es la única habilidad que, al perderse, nos aísla completamente como seres humanos, de una manera brutal”.

Jorge recuerda que una mezcla muy agradable de desempleo e inquietud lo llevo a escribir bocetos de lo que después sería su primer libro.

“Tratando de ahorrar la cuota del psicólogo, utilicé la novela como material de autoanálisis. Uno se vuelca de distintas maneras hacía los personajes que trata con cierta profundidad, hasta identificarte con ellos. El único que definitivamente no soy yo es el hermano de Ramón, Ernesto. ¿Por qué? Porque no soy rico, ni empresario y espero tampoco ser un cabrón”, suelta con su voz aguda y levemente áspera.

La mesera, una regordeta de muecas burlonas, trae el expreso en una mano. “Agua solo tenemos de la llave”, se disculpa. “No importa, está bien”, le responde el comensal con una sonrisa amable. Disfruta pelar el diente.

Imagino si Eduardo, un joven hipocondríaco y sobreviviente de leucemia infantil en Las mutaciones, podría beber agua del grifo como lo hará Comensal, sin temor a morir a causa de millones de bacterias que nadarán hacía su garganta, pasando por su tráquea hasta caer al vació de su estómago.

—¿Por qué escribir sobre el cáncer?

Comensal sorbe con cautela, tiene las piernas cruzadas, me mira por encima de su vaso y responde.

—El cáncer es una obsesión de nuestro tiempo. Es una enfermedad simbólica de la época. De ahí la metáfora de que los políticos son el cáncer de nuestra sociedad. De pronto todo da cáncer: el tabaco, el alcohol, la carne asada, las salchichas… tendrías que convertirte en un paranoico para sobrevivir. Pero es el azar el que tiene la última palabra. La realidad es que en algún momento de nuestra vida nos tocará que alguien querido o nosotros mismos lo padezcamos. Por eso vale la pena verlo directo a la cara.

las mutaciones jorge comensal

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Cuando llegué al punto final de la novela de Comensal sentí que de cierta forma estaba curado, sano. Leyéndola me mofé de nuestros pesares, al igual que el hombre de diminutos lunares en el rostro y escritura zurda que la fabricó.

Para Comensal los oncólogos son seres que tienen que esconder el alma. Acepta que han encontrado remedios efectivos, pero con efectos secundarios terribles. Aunque esa no es razón para condenar la ciencia médica. “¿Está bien que salvar tu vida te cueste todo tu patrimonio?”, se cuestiona este escritor de 30 años que ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Fonca.

“No quería escribir una novela lúgubre, con el cáncer como un protagonista oscuro e inevitable de nuestra vida, que solo nos deba provocar miedo y desazón. Porque justo la manera con que enfrento la adversidad es riéndome, con humor negro, de mis propios defectos y circunstancias”.

—¿Por qué reír ante lo que normalmente se llora? –Jorge escucha y luego hace una mueca. Un silencio aparece, fugaz, y su mirada regresa a mí:

—Para hacer más llevadera la vida. Y no reír ante ello, sino a pesar de ello. Como una forma de rebelión, rebeldía, emancipación. Está en nuestra cultura y no muy explorado en nuestra literatura, que es bastante solemne, por lo general.

Para Jorge la cultura mexa es bastante irreverente ante las desgracias y el malestar. Y esa resistencia se ve reflejada en las introspecciones ácidas que Ramón mantiene junto a su loro Benemérito, que de vez en cuando masculla un “Putitooo” y provoca una especie de risa en el protagonista, quien al no tener lengua escupe un sonido hosco, imagino, parecido a las carcajadas de Comensal.

La salud, al contrario de lo que pregonaban los charlatanes naturistas, no era un estado de paz y armonía con el entorno, sino de victoria pasajera sobre el caos. Las mutaciones (pág. 135).

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Las mutaciones también es una historia de amistad. Comensal toma como ejemplo el Quijote y me explica: “Más allá de contar las desventuras de un hombre enloquecido por las novelas de caballería, es el drama de una amistad improbable entre un noble provinciano y un campesino muy sensato llamado Sancho. Así, toma sentido que un Homo Sapiens convaleciente y mudo sienta un afecto peculiar por un Amazona oratrix maltratado por la vida, pero lleno de vigor y en posición de vociferar aquellas cosas que Ramón no puede”.

—¿En tu caso, qué palabras extrañarías pronunciar? –le pregunto intentando regresar a la nostalgia.

—Palabras que me gustan, pero que en realidad casi nunca pronunció, como “aljamía”. Me gustan mucho las palabras agudas: manatí, borní, dormí, carmesí. Sobre todo extrañaría las que surgen en el afecto íntimo.

—¿Cómo cuáles? –reviro haciéndome el listo.

—Pues esas que surgen espontáneamente en una habitación a oscuras, con la mujer que te gusta y no en una librería a mediodía y con un extraño –contesta sin contener la risa.

Termino haciendo al tonto. Debí arrancarme la lengua antes de preguntar.

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“Soy miope desde muy pequeño, bastante torpe y sufrí de intensos dolores ocasionados por la migraña. En momentos como esos parece que el cuerpo es tu enemigo; deseaba arrancarme la cabeza”, me cuenta Comensal mientras bebe las últimas gotas de su expreso. Luego sonríe, casi siempre lo hace. Asegura que su carácter esencial es el equilibrio, su ave favorita el cuervo, su músico predilecto Johann Sebastian Bach y su poeta preferido Gorostiza.

Y cuando reflexiona sobre el platillo que más extrañaría saborear si no tuviera lengua me dice que no sabe si lo mismo que Ramón. “Él extraña el pozole y la torta de cochinita pibil. Hay algo que yo extrañaría, pero que no lo puse en la novela porque me pareció muy macabro”. Jorge detiene la frase y me mira de reojo.

—¿Qué?

—La lengua a la veracruzana –dice y suelta una carcajada. Sabe que hay algo perturbador en ello.

Editor Yaconic

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