Por Nacho Hipólito / @j.ignacio

Mucho antes de sumergirme en el basto mundo de Undertow (1993), Aenima (1996), Lateralus (2001) y 10,000 Days (2006), no podía escuchar una canción de más de 10 minutos. Mis gustos a los 15 años eran simples: si tenía una guitarra distorsionada y duraba entre 3 y 5 minutos me gustaba, pero si tenía más sonidos de los de una banda estándar no lo escuchaba.

Simpatizaba con el punk porque era catártico, violento, rápido y conciso; Minor Threat no necesitaba más de un minuto para una canción; los Ramones asesinaban en vivo con su velocidad; los Sex Pistols le escupían a su audiencia; Black Flag incitaba a sus fanáticos a golpearse; y los Misfits se peleaban a golpes con quien se les pusiera enfrente. Esa era mi música. Tool no me atraía porque a pesar de tener características del género, me parecían increíblemente aburridos.

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La primera canción de Tool que escuché fue “Vicarious”; el intro me parecía aburrido, una repetición exhaustiva de los mismos sonidos entre la guitarra de Adam Jones y el bajo de Justin Chancellor que solo servía para darle paso al riff principal del tema y a Maynard James Keenan. La voz lóbrega de Maynard fue lo que más me llamó la atención, inclusive apocando la salvaje batería de Danny Carey.

El tono de su voz oscilaba entre lo gutural y lo limpio; entre lo diabólico y lo celestial. Nunca había escuchado algo parecido. Fue por ello que empecé a oír canciones de la agrupación: “Stinkfist”, “Aenima”, “Sober”, “Prison Sex”, “Schism” y “Lateralus”, una canción que a pesar de durar 9 minutos, sin darme cuenta, siempre la escuchaba completa. Pero nunca atendí un álbum completo y no me consideraba fanático.


Tool me parecía demasiado conceptual y pretencioso, y yo venía de una escuela de punk en la que me habían enseñado a desdeñar todo eso. No podía escuchar canciones como “Third Eye”, “Pushit”, “Disposition”, “Reflection”, “Wings for Marie”, “Rosetta Stoned” o “Right In Two”. Se me hacían aburridas a pesar de tener pasajes catárticos.

Fui un gran pelmazo. Un idiota que no sabía de lo que se perdía por estar obsesionado con el punk. Ahora llevo más tiempo esperando un nuevo álbum de Tool, que el que me tardé en comprenderlos. Llevan más de una década sin lanzar música nueva. ¡Diez malditos años! Tiempo en el que me gradué de la Universidad, hice mi tesis, tuve tres trabajos diferentes, aprendí fotografía, cambié de automóvil, me mudé de la Ciudad de México a Monterrey y de regreso. He tenido cuatro distintas relaciones amorosas a largo plazo, se casaron dos de mis primos, se unieron a mi familia tres sobrinos, ¿y el nuevo disco de Tool?

“Nosotros hacemos nuestras propias reglas y quisiéramos hacer un nuevo álbum, solo que todo tiene que estar alineado y el tiempo tiene que ser el correcto”, aseguró Adam Jones cuando The Press Enterprise le preguntó acerca de la nueva canción que están tocando en su gira de este año, 2017.


No me puedo quejar. No después de no haber entendido a Tool desde que los escuché por primera vez, pero ¿los fanáticos que han seguido a Tool desde principios de los noventa? No puedo imaginarme su anticipación y ansiedad, mismas que ni un álbum de A Perfect Circle y una decena de lanzamientos de Puscifer podrían saciar.

Tool puede hacer lo que quiera. Su marca en la historia quedó sellada con sus cuatro álbumes. Pero el problema es que hablan de su nueva producción desde que terminaron su gira promocionando el 10,000 Days. Eso es lo que mantiene la expectativa; lo que coloquialmente se conoce, en inglés, como hype. Y después de años y años de seguir dando entrevistas, en las que prometen estar trabajando en música nueva, el único constante y prolífico es Maynard.

Maynard James Keenan es el único que se ha mantenido frenéticamente ocupado, y no solo con su viñedo llamado Caduceus, sino con sus proyectos alternos. Desde el 2007, Puscifer ha lanzado 10 álbumes, contando compilaciones, EP’s y grabaciones en vivo; A Perfect Circle ha dado giras por todo el mundo y lanzado un disco en vivo. También escribió A Perfect Union of Contrary Things (2016), una autobiografía en la que relata su vida desde su nacimiento hasta su paso por Tool. Se estrenó como actor en la película Crank: High Voltage (2009); y por si fuera poco, se casó y tuvo una hija.

A pesar de que Maynard representa una gran parte del éxito de Tool, ninguno de sus proyectos se acerca a la perfección de Lateralus, la oscuridad y crudeza de Undertow, la ambición de 10,000 Days, o la agresión psicodélica de Aenima. Y nunca me di cuenta de ello, sino hasta hace un par de años, cuando probé mi primer psicodélico.

Por el 2010 me empecé a obsesionar con Tool, me aprendí sus canciones en guitarra y bajo, recitaba la letra de sus temas como rosarios e imitaba los golpeteos de la batería en el aire, como si algún día pudiera igualar a Danny Carey. Inclusive los vi en vivo cuando vinieron a México, ese mismo año, al festival Cumbre Tajín. Pero nunca había consumido un psicodélico mientras los escuchaba.

Decir que fue una experiencia fuera de este mundo caería en un lugar común, pero no se aleja de la realidad. Dependiendo del tipo de cuadro que ingieras, dependerá tu viaje. Hay cuadros de LSA, una versión menos potente del LSD; hay de doble impresión, es decir, con una doble dosis e inclusive hay botellas de agua con una gota de LSD puro.

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Siendo la primera vez que consumía LSD, no sabía el grado de efecto que tendría en mí. Consumí uno con el logotipo de los Rolling Stones, que me habían dicho era de doble impresión. Pasaron 30 minutos y no sentía nada, entonces me metí otro. Pasó una hora, y no me había pegado, entonces me eché otros dos. Un amigo había comprado una planilla completa, y me dijo que agarrara los que quisiera, entonces, no le vi ningún problema.

A las 2 horas todo empezó a cambiar. En mi casa había una fiesta, y en el momento en el que me sentí extraño, le pedí a una amiga que corriera a todos. Me sentía sofocado, y el sonido de la música a todo volumen, aunado al murmullo de las personas, me hacía sentir incómodo. Todos me mentaron la madre. Me encerré en mi cuarto, y mi amiga se retiró con todos después de que le dije que estaría bien.

Cada que me siento mal, me acuesto en el piso, pongo música y espero a que se me pase. Aquella vez hice lo mismo. El único álbum que tenía a la mano era Lateralus, entonces lo puse en mi estéreo y comenzó el viaje más insólito que haya tenido en la vida.

Los extraños sonidos en “The Grudge” me asustaban un poco, mientras que los momentos de claridad, en los que no se escucha más que un instrumento, me calmaban. La voz de Maynard parecía doblarse, mientras que la batería de Danny tenía un eco eterno que pensaba me llevaría a otro plano. A la mitad de la canción, cuando Maynard empieza a gritar “let go, let go, let go” en repetidas ocasiones, me llevó a un momento revelador, un momento en el que me di cuenta de lo que significa la catarsis: la de-construcción de nuestro ego o persona para no quedarnos estancados en un mismo lugar de nuestra vida.

Ese let go en murmullo que sigue después del grito de Maynard, era una repetición de ello; y el final de la guitarra con acordes abiertos, y los golpeteos salvajes de la batería, junto con los slapeos del bajo, me hicieron levantarme del suelo para inmediatamente caer en mi cama.

Empecé a ver cosas en el techo. Los pequeños restos de cemento que dejaron los albañiles para decorar la obra negra del departamento se movían de un lado a otro. Formaban figuras extrañas: a veces ojos, en ocasiones insectos. Mientras sonaba “The patient” aparecieron burbujas. No me había dado cuenta de los detalles en la canción, por ejemplo, al principio hay un sonido que emula al de unos pájaros, justo antes de que la guitarra se quede por su cuenta. También hay una capa de diferentes voces en las que Maynard parece un coro de iglesia.

Cada que escuchaba Lateralus, “Mantra” me saltaba. Pero en el estado en el que estaba esos sonidos extraños me parecían intrigantes y quería que duraran una eternidad. Me asustaban, pero también quería desentrañarlos y saber de dónde venían. Pero cuando estaba elucubrando, empezó a sonar la línea de bajo de “Schism”.

La repetición de la línea de bajo una y otra vez, junto con la unión de sonidos entre la guitarra y la batería que seguían el mismo patrón, me parecía hipnotizante. Pero el momento más cautivante de la canción viene cuando el loop de sonidos cambia; el bajo tiene un solo muy extraño, y la batería hace ruidos que emulan a los de una campana, mientras que la voz de Maynard se torna tierna. Ese momento me hizo sentir que todo se derretía, que mi cama estaba llena de agua y que en cualquier momento me podía hundir.

La inflexión vendría con la dupla de “Parabol” y “Parabola”. Desde esa noche, “Parabola” se transformó en un himno de cambio, en una alabanza a la esperanza; en un cántico a nuestra caótica naturaleza; un poema a aquello que sabemos que está ahí, pero que no podemos ver; una promesa de que nuestros sentidos no pueden percibir todo lo que nos rodea, y que hay algo más allá que nunca podremos comprender por completo.

En ese momento comencé a ver el arte del disco, y una vez más se abrió mi mente. Las ilustraciones de Alex Grey se movían y parecían intentar decirme algo. La aureola de ojos sobre la persona iba de un lado a otro, me perseguía, y conforme hojeaba el booklet la canción tenía más y más sentido: “Recognize this as a holy gift and celebrate this chance to be alive and breathing”.

Nunca pensé que una canción de Tool fuera la detonante de lo hermoso que puede ser ver la sombra de un árbol en el asfalto, o ver cómo se mueven las nubes en el cielo, mucho menos apreciar cómo la alfombra de mi sucio cuarto, con cientos de colillas de cigarro, me pareciera una obra de arte de la que nunca me había percatado.

“Ticks and Leeches” es la canción más agresiva del álbum; pero en lugar de maltripearme, pensé que todos los instrumentos querían salir de las bocinas; la potencia de la batería, el bajo, la guitarra y la voz era tanta, que cuando Maynard gritaba, los gritos parecían trastornar lo que me rodeaba. Y de hecho, terminando la canción estaba exhausto, no sé por qué. Por un momento pensé en ponerle pausa y salir a la calle, pero no lo pude hacer, sobre todo cuando empecé a escuchar el riff de una de las canciones que más me gusta, “Lateralus”, la que le da el nombre al álbum.

El riff de una cuerda que se repite por más de un minuto, me dejó de parecer aburrido y monótono. De pronto me sentí en otro espacio, no estaba en mi cuarto, sino en un gran espacio oscuro que parecía eterno; había agua sobre mis pies, y un ojo enorme con dos pupilas me vigilaba. No me sentía asustado, sino sorprendido por la capacidad de una canción de hacerme sentir así.

No fue sino hasta el cambio, cuando Maynard empieza a cantar “Overthinking, overanalyzing…” que regresé a mi habitación; como si una luz inexistente se prendiera e iluminara mi cuarto.

Esa repetición de sensaciones que oscilaban entre la luz y la oscuridad me dejó atónito. La manera en la que Tool podía jugar con ambas a su manera, y evocar sentimientos lóbregos y amenos a su placer. Nunca me había dado cuenta de ello, y en ese momento dudé si la agrupación lo habría hecho premeditadamente. Seguramente sí.

El cenit de mi trip en ácido y cuando ya veía cosas que no concordaban con la realidad llegó con la últimas cuatro canciones; “Disposition”, “Reflection”, “Triad” y “Faaip de Oaid”, los tracks con estructuras caóticas, con los sonidos más extraños y con las texturas más profundas. Estas últimas me ayudaron a percatarme de situaciones que no puedo explicar por completo, como nuestra incapacidad por percibir ciertas cosas con nuestros cinco sentidos, al igual que la posibilidad de otras realidades. Sobre todo durante la última pieza, en la que se puede escuchar a una persona sufriendo.


Al terminar me quedé en mi cama por horas, y además de ver cosas, escuchaba gritos de alguien sufriendo. Golpeteos en el techo y la distorsión de una bocina que ya estaba apagada. No me había percatado de la grandeza de Tool hasta ese momento.

Esa misma noche escuché muchos álbumes que cambiaron mi percepción acerca de la música y el poder que tiene para transformar la realidad. The Fragile (1999) de Nine Inch Nails, Loveless (1991) de My Bloody Valentine, Homogenic (1997) de Björk, Mezzanine (1998) de Massive Attack, fueron solo algunos de los que escuché esas largas 12 horas que estuve en ácido. Pero el que más me marcó fue el Lateralus de Tool.

Por eso creo en la obsesión de miles de fanáticos por un nuevo disco de Tool. No es un capricho, es la necesidad por una experiencia trascendente, una que a pesar de durar una hora y media, tiene la capacidad de cambiar la percepción de una persona acerca de la vida.

Spiral out, keep going.

Queridos, Adam, Dany, Justin y Maynard, necesito un nuevo disco de Tool. Por favor.

Sinceramente, un fanático al que le abrieron la mente.

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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