El ilusionista

A finales de 2012 el mundo se impactó con una serie de imágenes que hizo volar el paradigma de estabilidad para la raza humana, el hogar. ¿Quién es este galo que irrumpió y puso de cabeza al mundo, fue su serie Flying Houses un simple acto de ventriloquía óptica? Les presentamos a Laurente Chehere y su acto de ilusionismo.

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Por Pablo A. Anduaga /@Pablo_Anduaga

Desde su fundación París ha sido una ciudad de tránsito donde muchas culturas convergen, Ménilmontant es un perfecto ejemplo de ello, es un distrito de clase trabajadora donde interactúa el mundo en unas cuadras. Ahí nació Laurent y desde niño sintió atracción por ese sincretismo cultural, “de niño quise ser arqueólogo, siempre me gustó ver las fotos de los viajes con mis primos, siempre me han fascinado las pinturas de paisaje de las expediciones de Napoleón y tuve una cámara siendo muy joven”; en cuanto creció el mundo lo esperaba.
El ojo se depuró al igual que su poética, como ciudadano del siglo XXI vive la realidad de la globalización con sus bondades e injusticias, equilibra un espíritu cíngaro con el desarrollo profesional. Tiene un extenso portafolio de trabajo publicitario donde se destaca su trabajo para Adidas, Alpha Beta, France Galop y varias revistas, entre otros. “Para mucha gente la publicidad es usada para vender un producto sea una llanta o un político. Tu cuentas la historia que la gente quiere escuchar con una bonita envoltura., no sólo se limita eso. En manos que hacen publicidad correctamente no toman por idiotas a las personas, que es lo que yo he tratado de hacer cuando la he trabajado. Vi los comerciales de Adidas con una introducción, un desarrollo y un final, con suspenso y humor, cosas que no vi en un montón de películas en el cine. Lo que me ha enseñado la publicidad es a escribir una historia. Es un fantástico trampolín para hacer algo más. Para fortuna nuestra su trabajo personal es prolífico.

LOS DEDOS, MÁS RÁPIDOS QUE LA VISTA

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Si algo ha distinguido al fotógrafo francés es su depurado trabajo de luz, ya sea natural o artificial, cuestionado sobre su método contesta imperturbable: “soy un mago” y como tal no enseñará el truco dentro del sombrero y seguiremos boquiabiertos con su manejo pulcro, como en la series Kobenhavn y The Bride. Cuenta con muchos recursos y lo variopinto de sus galerías llevaron la mirada hacia Copca Mica, quizá la más melancólica de sus series. “A dos horas de París queda esta villa rumana completamente contaminada por decisión del dictador Ceaucescu, quien ordenó sacrificar el poblado por ubicar una industria de procesamiento de metales pesados. No fueron necesarias las chimeneas en la cima de la montaña.

La fábrica ha cerrado pero el valle está muerto y a nadie le importa. No hay abejas, caballos… nada en el valle. Los gitanos recolectan materiales peligrosos para su salud. La expectativa de vida es de 42 años en Copca Mica, pero a quién le importa el racismo al que son sometidos los gitanos rumanos. Rumania ha recibido una suspensión en su proceso para incorporarse a la Unión Europea, la cual se votará hasta 2015. Dos cosas que le duelen al galo, la marginación que viven los gitanos y el agravio a la Tierra, a la cual conoce en gran medida.

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París sigue siendo hogar, fue ahí donde realizó su célebre serie Flying Houses, la razón deja clara su estética: “Me interesé por las caravanas de gitanos esperando ser desalojados por la policía, inmigrantes africanos con el corazón lleno de esperanza navegando en esos edificios insalubres, un payaso tratando de encender un cigarrillo en el techo de un triste circo, un viejo cine erótico en Pigalle como también lo es una pequeña y bonita casa suburbana. Esta serie es también un tributo al París antiguo, anterior al del Barón Hausmann (quien llevó a cabo la renovación de París en 1852 por orden de Napoleón III) y su arquitectura repetitiva tipo copy/paste, la de las caricaturas de «El Castillo Volador» de Hayao Mazaki, de «El Globo Rojo» (filmado en 1956 por Albert Lamorisse en Ménilmontant) y un montón de influencias de Wim Wenders, Federico Fellini, Marcel Carné y las películas francesas anteriores al WW2.

El acierto fue elevar nuestro máximo icónico de estabilidad y mostrarlo vulnerable, tal cual es la vida misma. “Mezclé reportaje, gráfica, referencia de cine y la visión poética de París con una idea. Técnicamente es un fotomontaje, tomé cada elemento que necesitaba, como una azotea, pared, ventana, grafitti, gente etc. Soy una suerte de arquitecto de cierta manera”.

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