Por Rolando Vieyra Solares / @VieyraSolar

Zona de obras (Anagrama, 2015), de Leila Guerriero, comienza con las preguntas existenciales de todo aquel que comunica por medio de la palabra escrita: por qué, para qué y cómo escribir. Planteamientos que han pasado a ser un tema tradicional, y en torno a los cuales encontramos referentes —películas, libros, canciones, cómics— que se hacen esas cuestiones de manera directa. Escritores como Rilke, Carver, Bolaño, Carrère (mis referentes) o Lorrie Moore, Wolfe, Steven Knight, Kapuściński (los referentes de Guerreiro) proponen panoramas, campos de cultivo, amplias explanadas para dar respuesta a estas preguntas. O por lo menos bordearlas. Cuestiones que no terminarán de ponerse sobre la mesa porque son parte de nuestra experiencia de vida como lectores, y que se retribuyen de manera escrita en los diferentes géneros de ficción y no ficción. Como diría Guerreiro: “entre la espada y la pared, siempre podía elegir la espada”.

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Así, con el filo del lenguaje abriendo la existencia, comencé a leer Zona de obras.

A medida que me adentro en la lectura de conferencias, ponencias y alguno que otro artículo, descubro (por confesión de ella misma) que la periodista Leila Guerriero se muestra tocada por la gracia: esa hada madrina que da sentido a lo que siempre está presente en el fondo de nosotros, y que ignoramos porque así conviene a los demás. La vocación. Escribir y ser descubierto por “El Editor” es igual a entrar al antro de moda, directamente a la zona VIP, con la mano por delante abriendo paso ante cadeneros y cualquier obstáculo que se interponga.

Guerriero cuenta cómo ingreso a la redacción de Página/30: “Cuatro días después mi cuento aparecía publicado, pero no en ese suplemento de ignotos, sino en la contratapa del periódico, un sitio donde firmaban Juan Gelman, Osvaldo Soriano, Rodrigo Fresán, Juan Forn y el mismo director del diario, Jorge Lanata: el hombre que había leído mi cuento, le había gustado y había decidido publicarlo ahí”. Leila dejó el lado ignoto para entrar al de las grandes ligas, al cuadro de honor, a la escolta de los que cargan la bandera de la literatura latinoamericana. Mientras que los que seguimos sin conseguir una hada madrina, los que desmadran a diario las teclas para sacar una nota que será casi ignorada, esperamos el turno, hacemos fila o simplemente vamos a otro lugar ignoto para estar con nuestros lectores ignotos, nuestros editores ignotos, nuestros amigos ignotos y bailar con las palabras esperando que al final logremos concretar una buena alegoría, una buena historia, un texto que nos complazca. Por lo menos en ese instante en que se termina de escribir y se va a otra cosa. Me pregunto: ¿Qué pasa por aquellos (nosotros) que van ahí (aquí) golpeando las teclas del ordenador (computadora) sin tener la joya del talento? ¿Por qué darles (darnos) espacio? ¿Qué está pasando con esta (esa) reseña?

En su libro, publicado en la colección Crónicas de Anagrama, Guerriero va a la zona de obras del periodismo con textos de orientación vocacional; imprime dirección a los que ejercen el oficio de la escritura: sugerencias nacidas de su propia experiencia.

Zona de obras me recuerda a Cartas a una joven psicóloga, volumen de Ignacio Solares, aunque a diferencia de este último no trata —por más que parezca— de aleccionar. Sospecho, pues es una mera interpretación de mi parte, que Guerriero trata de implantar un virus, una enfermedad; de infectarnos con la adicción al periodismo: escribir sensaciones en una larga lista, escuchar, leer a los pilares de la literatura (cualquiera que fueran estos), escuchar, actuar con el pensamiento, escuchar, tomar la mano de alguien cuando parece que se derrumba, escuchar, observar los zapatos pulcros de un pianista a pesar de estar viejos, y al mismo tiempo descifrar los motivos de su interpretación, de sus tonalidades en cada nota. Escuchar.

Zona de obras Leila Guerriero

Podría haber comenzado está reseña aludiendo el día de la presentación de un poemario en una hostería de la Narvarte (la misma noche de la Narvarte). Me encontraba en una mesa con varios colegas de esta revista y de otras partes. Nos servían chocolates, vino, mezcal, cerveza, ron y agua mineral. Yo bebía esta última y sin embargo me sentía exaltado por el feliz encuentro. Invité a uno de mis mejores amigos (que me ha ayudado a tomar fotografías para algunas crónicas que han sido publicadas en otras revistas), quien iba acompañado de una chica con la que traía onda.

¿Y acaso de qué viene todo este cuento? Pues hubo un momento de nuestra platica en el que la acompañante de mi amigo me dijo que acababa de entrar a trabajar a Sinembargo, un sitio web mexicano de perfil periodístico, y que a pesar que ella quería escribir algo sustancioso, tan sólo la ponían hacer notas (aquí, esta chica debe de leer “Los editores que sabemos conseguir”, de Zona de obras). Le pregunté: “¿De qué quieres escribir?”. “De literatura”, respondió. Así que me acerqué al editor de Yaconic, y le dije que ella quería escribir. Él grito (todos gritábamos por que estábamos ebrios, felices, a gusto): “¿Cuál es tu autor favorito?” Y ella respondió: “Chejov”. “Pues puedes escribirnos algo sobre Chejov”, le propuso (aquí ella debe de leer “Leer para escribir”, de Zona de obras). No sé si al final ella entregó ese texto u otros de los que habló esa noche: el terrorismo islámico, el papel de la mujer en no recuerdo qué parte de la sociedad, etc. (Aquí ella debe de leer “Lo que hay que tener”, de Zona de obras).

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Después de leer a Guerriero me doy cuenta que Zona de obras puede ser un libro para esta chica; pero también para todo aquel que está apelmazado por un orden jerárquico editorial, ya sea en una revista, en un sitio web, en una editorial pequeña o grande. Guerriero da valentía y desentume a los paralizados por la profesión más peligrosa en nuestro país: el periodismo.

A veces se me pasa decir quién es el autor sobre el que escribo; trato de no obviar que la curiosidad del lector abrirá otra ventana web y googleará el nombre. En Wikipedia encontrará algunos datos: un principio para después leer más sobre el autor; sus libros. Así que dale clic a los anuncios que están colgados por aquí, después apaga la computadora y busca este libro que te recomiendo. Y si no te gusta, escribe a este medio y refútame. Es un reto.

Zona de obras. Leila Guerriero. Anagrama, Colección “Crónicas”, 2015.

 

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