Por David Miklos / @dmiklos

Querido L. Cohen:

Son las 8.39 de la mañana, aún comienza noviembre, y te escribo desde el cuarto de mi hija en una casa que no es más mía.

Hace poco menos de una hora, cuando la llevaba a la escuela, rescaté tus Songs, puse “Suzanne” en el coche y se la canté a mi hija. Anna es su nombre.

¿Cómo escuchar esa voz temprana tuya sin estremecerme, sin intentar imitarla, sin que se me quiebre la propia voz y, pese a mi gran sonrisa, una lágrima encuentre su camino hasta la comisura de mi boca?

Y es que te debo tanto, te deberé tanto, siempre.

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Fue gracias a tu “Famous blue raincoat” que encaré al desamor, al desengaño, y me construí un pequeño hogar en mi desierto interior.

Y fue allí, en ese espacio inspirado por ti, donde comencé a entender cómo y desde dónde escribiría mi primera novela, que bien se puede resumir en estos versos tuyos “Suzanne” de nuevo:

And she shows you were to look

among the garbage and the flowers

There are heroes in the seaweed

Fue mediante esas palabras —la voz, la poesía es un medio—, de esa celebración luminosa del detritus, que supe que dedicaría mi escritura a todo aquello erosionado por los elementos, sobre todo la condición humana, y la palabra “debris” se tatuó en mi campo semántico para siempre.

Era 1996 o 1997 y, algún tiempo antes, un amigo que ahora es un extraño me regaló tu Stranger Music, tus palabras, tu voz impresa, tu canto grabado en el papel, sin más sonido que mi voz interior.

Yo tenía 26 o 27 años y había sufrido mi primer desengaño amoroso, mi primera caída en la lona, nocaut, del cuadrilatero en el que se libra la lucha del amor, la resistencia y la voluntad de amar y ser amado, la pelea a uno o infinitos asaltos, en donde la derrota es personal y la victoria compartida.

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Había sido vencido, entonces, hasta que el sol, como miel y luz, llegó a mi puerto y me hizo entender que el amor es una estafeta y que la tomamos o la dejamos y nos salimos del camino y continuamos o abandonamos la carrera.

Hoy, 20 años después de aquella caída, no estoy más desfigurado y tú no estás más aquí, no físicamente, ni sabes que la estafeta del amor regresó a mí y me mantengo en la carrera, subido en el cuadrilátero, en donde más que pelear bailo, de ser posible, y tal es mi deseo, hacia y hasta el final del amor.

Anoche, fue mi novia la que me dijo, en un mensaje, que habías muerto.

“Se murió Leonard Cohen”, escribió. La frase fue seguida de dolorosos e incontables signos de admiración.

Entonces yo le mandé un mensaje a mi hermano en Australia y le dije: “Hermanito. Se nos fue Leonard”.

No lloré.

Puse tus canciones, mis favoritas: “Famous blue raincoat”, “Who by fire”, “First we take Manhattan”, “I’m your man”, “Bird on the wire” y, antes de irme a dormir y después de haber hablado una y otra vez por teléfono con mi novia, coloqué los audífonos en mis orejas y recé “You want it darker”, tu voz mi compañía en la lectura de la Autobiography of Red de Anne Carson, tu paisana, poeta y clásica como tú mismo.

No pude escuchar “Suzanne” sino hasta hoy por la mañana, como ya te conté, y no me atrevo, aún, a poner “Hallelujah”, que, a mí gusto, es tu más grande logro, más grande que la Biblia y de la mano de todo aquello que pergeñó Homero, cuya estafeta —de nuevo la estafeta— tú supiste tomar mejor que nadie, mejor que Dylan incluso, a quien también escuché hoy por la mañana —“Mr. tambourine man”—, en tu honor. También puse a Joy Division, la voz de Ian Curtis siempre elegiaca, “Love will tear us apart”.

Todo esto antes de hacer una breve escala en mi antigua casa —la otra casa de mi hija—, recoger los libros que ella debía devolver a la biblioteca de la escuela y rescatar yo tu Stranger Music y tus Songs, para luego poner “Suzanne” y cantársela a Anna, mi hija, con tu voz en la mía.

Y solo entonces, sí, ya te lo dije, lloré, pero con una sonrisa plena en el rostro y el corazón lleno.

Muchas gracias, L. Cohen.

Sinceramente,

D. Miklos.

PS. Estas líneas también son para Anna, para Bárbara y para César: mi ABC.


David Miklos (1970) es escritor y editor. Entre sus obras se encuentran Miramar (Textofilia, 2014), Dorada (Tusquets, 2014) y La piel muerta (Tusquets, 2005), que en inglés es Debris (Literal, 2016).

Editor Yaconic

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