Por Iván Farías / @ivanfariasc

Ilustración: Eduardo David Cornejo

En una banqueta de la desolada playa de estacionamiento hay una rata muerta. Parece que ha sido cazada cuando huía. Tiene las patas delanteras estiradas y en el rostro la marca del dolor. El cielo está encapotado y lleno de smog. En esta parte de la ciudad el atardecer es interminable. No hay árboles, solo tráfico y cemento. La pobreza se arremolina edificio tras edificio, casa sobre casa; todas en obra negra, en constante construcción, porque la familia nunca deja de crecer. Nunca.

El penal está frente a nosotros. Es relativamente nuevo, tendrá unos pocos años que lo inauguraron. El Centro Varonil de Reinserción Social (Cevareso) “Diamante” es una mole de cemento inexpugnable. Aunque hace unos días, previo a mi llegada, escaparon de él un par de internos. Uno de ellos ha roto el récord de tres escapes impuesto por JoaquínEl Chapo Guzmán. Roberto SánchezEl fugas” lo ha hecho en cuatro ocasiones.

Gracias a El fugas las medidas de seguridad se han duplicado en el Diamante. Yo ya había asistido en varias ocasiones a hacer actividades de promoción de la lectura en distintas prisiones. Y el ingreso, si bien no había sido fácil, nunca había sido tan complicado como ahora. La solicitud incluía llevar pasaporte, dejar cualquier aparato de comunicación, joyas y terminantemente no ir de café, azul o negro. Antes eran laxos con los celulares. Éstos se podían dejar en la entrada, pero después de la fuga la paranoia había vuelto.

cronica presos ivan farias

***

Íbamos en el auto de la persona que me llevaría al interior, un integrante de la subdirección de reclusorios. Bajamos del vehículo y cruzamos el estacionamiento por la banqueta donde estaba el cadáver de la rata. La volteé a ver en un par de ocasiones, mientras el hombre, un sujeto calvito y de estatura baja, caminaba apresurado con el oficio de mi ingreso en la mano. El animal muerto se secaba al sol.

Mientras viajábamos en el auto me había dicho que llevaba trabajando en reclusorios más de 20 años.

—¿No se deprime? –le dije.

—Al principio, luego uno se acostumbra. Estuve en el “Tribilín” durante años. Ahora ya estoy en los de mayores –contestó. Por “Tribilín” se refería al Tribunal para menores, renombrado como “Comunidad para adolescentes en conflicto con la ley”.

***

Llegamos al primer acceso. Noto que todos están tensos. Un custodio alto y robusto, con chaleco a prueba de balas, nos pregunta a dónde vamos. Entre la reja de entrada y la puerta hay un pasillo muy pequeño; el calvo enseña el oficio y explica que yo soy escritor y venimos a hacer “actividades de promoción de lectura”. Antes de poder atravesar los tres primeros módulos de seguridad pasan casi 40 minutos. Incluso, en el primer módulo, hablaron a “Gobierno” para comprobar nuestras identidades.Verifican que todo esté en orden; nos revisan, nos ponen sellos sensibles a la luz ultravioleta y nos preguntan una y otra vez a qué vamos dentro.

Cada vez que lo hacen me pregunto lo mismo. Mi morbo es mayor que mi deseo de difundir el gusto por la literatura. Mi mujer, quien visita constantemente prisiones con motivos de investigación, me contó que el Diamante es el recinto donde mandan a todos los presos peligrosos. Los que nadie quiere en el resto de las prisiones. Desde ese día quise entrar. Me gusta ver el abismo, aunque éste mire también dentro de mí, como reza el cliché nietzscheano. Por eso, en cuanto me invitaron acepté.

—No es fácil —me dijo el tipo de la subdirección—. Revisaron que usted ya había entrado en el último año a otras prisiones y por eso le dieron la vía libre —me río—. Pero no se olvide, son unos cabrones. No les de ninguna información personal.

Caminamos un largo pasillo que deja entrever, por algunas aberturas, los patios donde presos no sentenciados: cuelgan su ropa, juegan basquetbol o frontón. El frontón, antes deporte de gente de dinero, cuando el Frontón México se colmaba de la clase privilegiada del país, ahora es un deporte de barrios jodidos. Y “canero”.

—Incluso les han hecho sus propias canchas para que jueguen —me dice mientras caminamos por uno de los largos pasillos. En los distintos edificios que forman el penal hay una o varias paredes donde juegan—. A veces “echo la reta” con ellos. En el “tribilín” era seguido. Yo juego con pelota de esponja, pero el frontón “canero” es con la de tenis. Mi hermano es maestro de educación física, entrena a unos fisicoconstructivistas, así que le dije que un día los llevara al “tribilín” a jugar con los muchachos. No sabe, los internos se pusieron bien felices. Les preguntaban cómo le hacían para estar así.

El cuerpo del hombre en reclusión es muy importante. El trabajo físico es la manera en que ocupan el tiempo una vez ya encerrados. Donde más he visto esto es en el Reclusorio Norte. Cuando uno entra a Población ves a decenas de hombres haciendo ejercicio en las barras; tipos de rostros fieros con la fuerza y la habilidad de un gimnasta; máquinas de matar en reposo.

***

Pasamos otro filtro, que es casi el final, y dejamos atrás los uniformes cafés para adentrarnos en el apartado de máxima seguridad, donde el uniforme es de color azul. El gafete que cuelgo al pecho tiene dibujada una torre de vigilancia y en medio un diamante. Parece un trazo infantil. Las paredes del pasillo son de más de siete metros, culminan en alambre de seguridad con navajas que cortan al tacto. Hace frío mientras avanzamos.

Siempre que entro a una prisión pienso que podría morir si hubiera un motín. Cierro los ojos y veo colchones quemados, sangre en mi cara y gritos de gente masacrada. Cuando los vuelvo a abrir estamos frente al último filtro. Es una mesa desvencijada con cuatro policías, hombres y mujeres, escuchando la radio. Ahí está el aparato de luz ultravioleta donde revisan tus sellos, y encima un enorme cuadro de una águila real al centro y sus alas convertidas en los colores de la bandera de México. Sin embargo, de alguna manera, el ave parece más un demonio y las alas son como llamas infernales.

—¿El cuadro lo pintó un interno? —pregunto.

Uno de los oficiales asiente con la cabeza.

Todos los custodios son altos, blancos; el comandante, incluso, tiene los ojos verdes. Es algo raro ya que la mayoría de los guardias en otros centros son morenos y de estatura baja.

***

El Diamante alberga a menos de 60 presos. Está dividido en tres dormitorios, que son bajados a patio en tres turnos alrededor del día. Nunca conviven juntos en el patio. La mayoría de la población purga largas sentencias. Por eso su ropa es azul. Acá no hay las típicas historias de “fue un error”, “soy inocente”, “yo estaba en otro lado”, que he escuchado en otras prisiones. Los que están ahí están orgullosos de sus crímenes.

No hay salón, tampoco hay grupo llamado a escucharme, como ha sucedido antes. Nos sentamos en una banca de cemento el hombre de la subdirección, la maestra que coordina la actividad y yo. El sitio está rodeado de barras de ejercicio. Esperamos a que lleguen los internos.

Baja el primero. Lleva unos tenis Nike de un impecable blanco y un pants de la misma marca. Es moreno, delgado y con ojos fieros. Se sienta en la mesa frente a mí y me pregunta sobre qué hago ahí. Me mide con la mirada, me la clava con agresividad. Yo no se la sostengo, sé que en esos momentos hay que ceder, no alentar el enfrentamiento. La bajo un poco y cuando se da cuenta que no me sacará nada se aburre de mí. Se levanta y se disculpa con la maestra.

—Voy a llamar a los demás –dice antes de irse. Es el líder, se le nota.

Esta cárcel es diferente a las demás. Aquí no se ve pobreza. La tienda está bien surtida, los internos van bien vestidos. Todos llevan tenis y ropa deportiva. Pronto se sienta un tipo moreno frente a mí, a la derecha uno blanco alto y rapado, y a mi izquierda uno delgado y con una gorra de beisbol. Un gordo enorme con cara de niño se sienta de frente, pero en otra banca.

Como puedo les leo un cuento y les explico la creación el mismo. Es un cuento policiaco. De pronto el flaco alto me corta en seco y dice: “Don Roberto leía mucho. Yo creo que por eso es tan inteligente. Él estaba en un federal y se leyó el código penal y por eso lo mandaron para acá”.

—Sí, el compartía habitación conmigo y leía mucho —dice el moreno.

—Don Roberto ya lo tenía planeado todo. Era un cabrón —completa otro. Hasta ese momento entiendo que hablan del reo fugado.

—Era más chingón que “El Chapo”, porque la verdad —dice el flaco— a él se lo hicieron todo y don Roberto lo planeo él solo desde acá —y se pone un dedo en la cabeza.

—Pero se fue de los juzgados —les digo—. De acá es imposible salir.

—Seguro ya estaba planeando algo —me dicen casi en coro.

De pronto el ambiente se ha aligerado.

—Debería hacer una novela “canera”, maestro. Pregúntenos, le saldría muy chingona.

—He querido, pero implica mucho tiempo.

—Si se ve que usted es rico —me río y les contesto tajante que no. Les enseño las botas viejas y rotas con las que fui ya que el resto de mis zapatos eran de un color no permitido.

—Yo robaba trailers en la carretera —dice el flaco.

—Yo camiones de valores —confiesa el que está a mi derecha.

Todos se liberan y cuentan sus felonías: cuánto les pagaban, cómo lo hacían… hasta que el moreno que estaba más callado dice: “Yo nunca fui bueno para el robo”.

—¿Entonces por qué estás acá? —le digo, pero no debí preguntar.

—Lo mío es matar gente —se ríe.

Me acuerdo dónde estoy. Pregunto la hora y uno de los custodios me dice que llevamos ahí ya un buen rato. Doy por terminada la charla, firmo el libro que llevaba y se los doy.

—Hoy en la noche lo acabo –me dice el gordo que nunca habló.

—¿Y él por qué está acá? —pregunto con miedo al flaco.

—¿Él?, come niños. No ves como tiene la panza.

No pregunto más.

***

El camino de regreso es menos largo. Los pasillos siguen igual de fríos y los muros igual de altos, pero es menos la opresión al salir que al entrar.

—Le chingaron el libro —dice uno de los custodios. —Esos nunca dejan que uno se vaya con nada.

Asiento con la cabeza.

La rata sigue en la banqueta. Nosotros damos vuelta en el auto y nos vamos de ahí, del Diamante, en silencio.

Editor Yaconic

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