Texto y foto Adolfo Reséndiz / @adolforesendiz1

¿Qué es NRMAL?: Una plataforma para impulsar emergentes y heterogéneas propuestas musicales de México y del mundo (Estados Unidos, Chile, España, Reino Unido, Puerto Rico, Colombia, Costa Rica, Canadá, Australia y Francia); un festival minuciosamente organizado y bien equilibrado, donde cada elemento y actividad encajan perfectamente en una atmosfera de farra y exploración de conceptos sonoros; una celebración digna de aplausos.

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Mi paso por el NRMAL, aunque confuso al comienzo (mientras me dejaba seducir por la música y el ambiente), resultó ser una experiencia bastante agradable y enriquecedora que deja un sinfín de imágenes en la memoria. La vestimenta de los asistentes, por ejemplo, era diversa: No faltaron los atuendos multicolores llenos de vida y psicodelia, los glamurosos cual catrín contemporáneo, o los que dejaban poco o nada a la imaginación: diminutas prendas. Todos éstos acompañados, por lo general, de gafas multiformes, gorras, playeras y calzado de diseñador. Y es que los asistentes al NRMAL dejaron claro que la vida es también una expresión de originalidad, identidad y personalidad.

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Tampoco faltaron las ninfas con coronas de flores que con bellas sonrisas invitaban a columpiarse entre tiras plateadas y globos blancos, mientras altavoces perfectamente ecualizados se complementaban con juegos de luces inigualables, intoxicando los sentidos para provocar ese movimiento del cuerpo llamado baile.

La ofertad que NRMAL trajo al DF se podía apreciar y sentir desde distintas ópticas. Para aquellos con vocaciones especiales los columpios, sube y baja y las rampas de skateboarding. Para otros las carpas de artículos oficiales. Para los amantes de las letras las carpas de poesía con sus singulares exponentes como Fausto Alzati y sus Poemas perrones pa´ la raza. Por su parte, la gastronomía ofrecida resultaba apropiados para disfrutar del clima nublado, volar una cometa y ¿por qué no? entablar conversaciones con extraños en un completo ambiente de fiesta y camaradería.

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Los cerca de 2 mil espectadores coexistíamos sin contratiempos gracias a la practicidad del lugar. Bastaba caminar unos cuantos metros para salir del contingente de personas que optaban por acostarse en el césped frente a los escenarios principales, y caminar otros cuantos metros más en las áreas verdes del deportivo —guiado por bastas y coloridas señalizaciones— para llegar al escenario Noisey, lugar de coreografías extravagantes, regido por una lógica demencial y personalidad Techno.

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Aún con la llegada del frío de la noche los ánimos no se congelaron. De ser un grupo de individuos en el vaivén de los escenarios en la tarde, la oscuridad provocó que se formaran dos bandos perfectamente diferenciados. Por una parte estaba el escenario Noisey con su sequito de puristas del Techno, y por otra la pandilla más rockera, que buscaba espacio en las propuestas experimentales de los escenarios principales Azul y Rojo. Uno a lado del otro, para no perder detalle. El olor a hierba imperaba en ambos escenarios mientras los bríos se elevaban y las primeras víctimas sucumbían ante el poder del LSD y el alcohol.

Todo trascurrían de maravilla. Se esfumó de la cabeza la idea intimidante de que el festival ocurría dentro de un cerco militar, pues el deportivo es campo del Estado Mayor Presidencial. Me enfoqué en no perder detalle del line up. A título personal, como el poeta irlandés Oscar Wilde, tengo gustos simples porque me satisfago con lo mejor.

En orden de aparición, los más destacados fueron Merchandise, con su energía y voces sucias; Superpoze, con su set brillante y energético; el chileno Paul Marmota de la productora N.A.A.F.I; la fuerza de las guitarras de Wolf Eyes; la belleza y voz de Anika; la sensualidad melancólica y los ritmos urbanos underground de Kelela; el señorón de Silver Apple con su electrónica experimental que daba fuego a la noche, y sin duda alguna el broche perfecto para cerrar fue el Funk, alegría y magia de Blood Orange (banda headliner), toda una experiencia sensorial orquestada por el poder de un sax.

Una vez terminada la velada, la salida no tuvo mayores complicaciones. Si traías coche, el valet te entregaba y te ibas; si esto no era así, había una base de taxis -con tarifas demenciales- que te podían llevar sano y salvo a tu destino.

Si bien el Festival NRMAL en la Ciudad de México fue una experiencia nueva para todos los asistentes, el ambiente, las condiciones, el cuidado minucioso de cada detalle de la organización y en general los buenos momentos de esta gran fiesta, dejaron un buen sabor de boca. Algo que pocos festivales o propuestas sonoras hacen en la actualidad. El NRMAL se va con la promesa de regresar; nos deja la reflexión sobre cómo se debe hacer un festival de música.

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