O ALBERTO SALCEDO RAMOS CON DINAMITA

Por Adrián Román / @adrianegro

Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, Colombia, 1963) es un hombre que se considera menos maldoso que Truman Capote, pero también más romántico. Más cursi. Desde los nueve años se encadenó a la escritura, gracias al hombre más feo que ha visto en su vida. Alberto escribía cartas de amor a nombre y espaldas de aquel tipo sin dientes, greñudo. Las dejaba escondidas en la casa de la amante. Fue la primera vez que transformó el mundo gracias a la palabra.

Cada una de las 19 crónicas de Los ángeles de Lupe Pintor tiene su propio sello. Alberto Salcedo es un kamikaze del género. Ya conoce bien los callejones, dobleces, puertas falsas, los riscos desde los cuales se puede lanzar sin sufrir daño alguno. Ya puede tocar la crónica con cualquier recurso e instrumento. Al ritmo que le pongan, Alberto saldrá a bailar. Si usted, lector, es un entusiasta de este género, no puede dejar de leer esta joya que emociona y conmueve a cada rato.

alberto salcedo ramos

Alberto Salcedo Ramos

Acaso el encanto se encuentra en la selección de personajes: Una niña que camina cinco horas, por una senda de asesinatos, desaparecidos y torturas, para llegar a su escuela. El Rocky Valdez, boxeador retirado que fue amigo del mar. Un palabrero, un equipo de futbol de travestis, un hombre que se dedica a contar chistes en los velorios y a vender pedazos de lotería. Todos ellos respiran en el borde de la vida, y Ramos Salcedo sabe decirnos esto, sin decirlo, dibujándolos. Trazando con firmeza los contornos de su vida, con firmeza y ternura.

Porque lo que nos gusta de que nos cuenten historias es emocionarnos, conmovernos, sentirnos identificados con el personaje. Ser él. Y Alberto Ramos es un maestro para eso. Al momento de llegar al segundo párrafo el lector ya no puede detenerse. Intuye que lo esperan sorpresas; no sólo sorpresas que tienen que ver con el desarrollo dramático; también en cuanto a los recursos, por ejemplo este párrafo:

Después de haberte pasado la vida defendiéndote de las adversidades como gato bocarriba, ¿quién se atrevería a enseñarte lo que significa resistir? ¿Acaso Briscoe, el calvo granítico que ni siquiera se inmutaba con tus golpes? A él y a todos los que quisieran oírte podrías narrarles mil historias de dolores y sacrificios. Decirles, por ejemplo, que desde los dos años eres huérfano de padre, pues tu viejo, un borracho perdido, se cayó de la lancha que capitaneaba y se ahogó. Hablarles de los tiempos cuando dormías apilados con tus cuatro hermanos mayores en un par de camastros. Describirles la quemazón que sentías cuando caminabas descalzo por el pavimento caliente de Cartagena. Hacerles saber que a los siete años madrugabas diariamente para tajar pescados en el antiguo mercado del Arsenal. Contarles cómo a los diez años eras el único niño de un grupo de pescadores temerarios que buceaba en el mar con un taco de dinamita en las manos, para sacar los peces a la superficie a punta de fogonazos. Seguro al escucharte se quedarían pasmados. Y entenderían el trasfondo de la respuesta que le diste al periodista Melanio Porto Ariza  cuando te preguntó si alguna vez habías sentido miedo mientras boxeabas.

—Uffffff, Mela, las muendas más fuertes me las dio la vida afuera de un ring.

Los ángeles de Lupe Pintor se antoja, muerde la curiosidad, desde el nombre que se la da a cada sección: Los irrepetibles, Bufones y perdedores, Entre el esplendor y la sombra. El libro incluye un bonito separador que viene en la solapa trasera, pero eso no importa. Trae dinamita.

Los ángeles de Lupe Pintor. Alberto Salcedo Ramos. Almadía. Ciudad de México, 2016. 229 pesos.

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