Por Enrique Mandujano

1967 fue el último año en el que se valió ser joven en México. En ese entonces se podía caminar de manera despreocupada por las calles del centro de la ciudad. La radio emitía las notas de la música del momento. Sonaba Raphael, el español que introdujo el término unisex; Rocío Dúrcal mostraba el modelo franquista de lo que podía ser una historia de amor, y en México el rock pasaba por las notas acarameladas e inocuas de Angélica María, Enrique Guzmán, Alberto Vázquez y César Costa.

La literatura era otro cantar. De perfil (1966), de José Agustín, dio la voz de salida a lo que se le llamaría Literatura de la Onda y que mostró a los jóvenes tomando la batuta de lo que pasaba. Los temas se bajaron del caballo y llegaron a la ciudad. Quedaron atrás las historias de amor doliente y sufridoras para enterarnos de lo que piensa un chavo que deja la prepa para entrar a la universidad. Era un mundo chido.

los caifanes

En este ambiente fue que se pretendió dar un aire juvenil a otras artes, como el cine. Gustavo Díaz Ordaz pretendía mostrarse como el padre amoroso de los mexicanos y auspició que el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica impulsara un concurso de cine experimental. Esto pasó entre 1965 y 1967. Chavos que llegaron de otras áreas, como el teatro, la literatura o la pintura, decidieron probar suerte.

Otros concursos de cine experimental produjeron cintas que no dejaron descendencia, ideas que aparecieron, refrescaron el panorama del cine nacional y luego murieron, como La fórmula secreta (1965), de Rubén Gámez, que contaba con un texto de Juan Rulfo leído por Jaime Sabines, y En este pueblo no hay ladrones (1965), cinta de Alberto Isaac basada en un cuento de Gabriel García Márquez en la que actúan Luis Buñuel, Juan Rulfo, Carlos Monsiváis, el mismo García Márquez, Abel Quezada y Leonora Carrington, entre otras figuras.

En este panorama de nuevos bríos y aires frescos aparece una cinta protagonizada por dos jóvenes figuras y cuatro desconocidos que debutaron en el séptimo arte. Mismo que marcó una época y dejó una huella que fue más allá del celuloide: Los caifanes (1967).

los caifanes

Los caifanes recogió lo mejor de las cintas experimentales que se habían hecho hasta ese momento: participación de intelectuales y nuevos temas que abordar. Incluso, la cinta le dio a Monsiváis el Ariel a mejor actor de cuadro, por su interpretación del Santa Claus borracho al que le queman la barba luego de entrar a la taquería al grito de “arriba la naquiza”.

Podemos decir que Los caifanes es el estilo de la onda hecho cine. Aunque su materia principal es la imagen, y logra representaciones memorables como la Diana Cazadora vestida o cuando todos los protagonistas se meten a ataúdes, el lenguaje es el material que lleva esta cinta a otro nivel.

La película es un monumento a la juventud. Carlos Fuentes, responsable del guion, es el veterano con 39 años, ya había sacudido al mundo de las letras con La región más transparente (1958) y La muerte de Artemio Cruz (1962); Juan Ibáñez, el director y coguionista, tiene 29 años, es su tercer filme.

Los dos protagonistas son jóvenes con relativa poca experiencia: Enrique Álvarez Félix tiene 31 años y el peso de ser hijo del mito María Félix, es Jaime de Landa, el prototipo de junior que vive en casa de su papi y no le cuesta nada la vida; Julissa tiene ya amplia carrera en el espectáculo y cuenta con 23 años, en ese 1967 encarnó a Ana Rentería, en la primera versión fílmica de Pedro Páramo (1955), ella es una joven con ganas de comerse al mundo y en esta noche, la noche de los caifanes, lo hará.

Claves en la película, de hecho ellos le dan el nombre a la cinta, son los cuatro desconocidos que debutaban en el cine. Los caifanes son El Azteca, Ernesto Gómez Cruz; El Mazacote, Eduardo López Rojas; El Estilos, Óscar Chávez, y El Capitán Gato, Sergio Jiménez. Ellos, en menor medida Óscar Chávez, dejaron su impronta en el cine nacional.

La cinta está dividida en cinco partes, pero en ningún momento se rompe la continuidad de la misma. Comienza con Paloma, Julissa, aburrida en una fiesta de la alta sociedad. Ella sonsaca al pusilánime de su novio, el carilindo Jaime de Landa, Enrique Álvarez Félix, a salir a buscar una aventura. Es el comienzo del viaje iniciático. Se aventura a lo desconocido que está a las afueras de su casa.

La gran protagonista de la cinta es la ciudad. Paloma y Jaime viven en una torre de cristal, aislados de lo que los rodea. Podemos considerar que Paloma es el primer personaje feminista del cine nacional. Ya está muy lejos la mártir María Magdalena, lapidada a lo güey porque no fue ella la que se desnudó ante un fuereño, o la eternamente doliente Marga López, que se queda a esperar virgen y mártir al eterno novio que regresa con ella solo para morir en sus brazos.

Paloma ordena, dispone y escoge. Ella es la que decide salir de la fiesta y la que acepta subirse al carro de los virgilios caifanescos para conocer la ciudad ignota y también elige perderse con El Estilos para que le cante “Fuera del mundo” y regrese al suyo montada en un caballito de madera.

Jaime nunca se acopla a los caifanes. Álvarez Félix logra una gran actuación interpretándose a sí mismo. Un júnior bonito que no encaja. Y él mismo se excluye. Cuando no quiere que entiendan lo qué dice le habla a Paloma en inglés, hasta que ella se rebela. Él se pelea con el Estilos y le rompe la boca, símbolo de ese lenguaje en el que es minoría, con el que lo hacen menos: “A mí se me hace que ya se le perdió la paloma al marascapache”.

Es la naturalidad que surge entre los caifanes la que evita que los diálogos suenen presuntuosos o artificiales:

—Oyes Gato, tú que tanto has andado por las azoteas del cantón, ¿qué vieja te ha dolido más?

—Mi madre, me cuereaba.

—No, no vieja de respeto, vieja de jalón.

—Todas hieren parejo.

—Nomás que unas cicatrizan y otras no. Nos traen con el agua al cuello. México en una laguna y mi corazón echándose clavados. ¿Qué cosa será el amor?

Y la voz de Óscar Chávez cantando “La niña de Guatemala” llena el autonave que cruza la noche de la ciudad.

Paloma es el motor de la cinta. Su fuerza va más allá de ser la niña bonita de la historia. Ella se sabe poderosa y sonsacadora: “No te enojes. Eres el arquitecto más guapo, más elegante y más inteligente. Déjame a mí ser la más coqueta, la más caprichosa y la más cariñosa también”. Sabe hasta dónde llevar a su novio y cuándo descartarlo.

En la cinta no hay cuestionamientos sobre la situación social. No se habla de represiones ni de la pobreza, aunque es en este mundo en el que se mueven. Cuando llegan al centro nocturno Géminis, y Paloma va al baño recibe instrucciones de cómo venderse mejor “Píntate la boca más abajo, se ve uno más trompuda y es de más pegue”. Es el choque de los universos. Paloma ve la realidad, se asombra ante ella pero no la cuestiona.

Los caifanes ven una revancha social cuando detectan que Paloma ve con buenos ojos al Estilos, uno de ellos, y Jaime se enfurece cuando se da cuenta que todos se burlan de él.

Alerta de spoiler, el final es uno de los mejores de la historia del cine mexicano. Luego de que Los caifanes hacen una especie de ceremonia para recibir a Jaime, consideran que ya es uno de ellos porque ha sido despojado de algo que le pertenece, llegan el Estilos y Paloma. La tensión sexual es latente, pero no ha pasado nada. Pasaron la noche juntos pero dentro de un sueño.

Y al llegar el alba se rompe el encanto, la vida comienza otra vez y Paloma se ha decidido. Se va fuera del mundo, sin Jaime, sin el Estilos, sola y a comenzar una nueva vida. Lo dijeron ellos: Caifán es el que las puede todas. Ella es una caifana. Las puede todas.

Editor Yaconic

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