Por Bibiana Camacho

Las grandes urbes están formadas por pequeños microcosmos con su propia personalidad, clima y códigos. No obstante, en cada barrio y colonia hay alguien que vive en la calle de tiempo completo o de medio tiempo. Incluso en provincia. En comunidades más pequeñas resulta normal y recurrente encontrar al menos a un indigente, que poco o nada tiene que ver con el vagabundo. Este último suele desplazarse de colonia a colonia, incluso de ciudad a ciudad. El resto de los habitantes hemos creado una especie de barrera que nos impide verlos; ahí están, pero son invisibles.

Los motivos por los que estas personas están en la calle son muchos y muy variados: inadaptación social, miseria, desintegración familiar, abuso de sustancias, enfermedades mentales y un largo etcétera.

lee jeffries homeless

Foto: Lee Jeffries.

Vagabundos e indigentes, sin embargo, tienen características muy diferentes. Ya en la Edad Media había una larga tradición de vagabundos que viajaban de pueblo en pueblo y vivían de lo que los campesinos les regalaban, generalmente a cambio de relatos extraordinarios, canciones y trovas. Durante siglos, los vagabundos se movieron por amplias zonas mezclados con un curioso grupo de nómadas: buhoneros, charlatanes y timadores. Pero en esa bola de rufianes los vagabundos conservaban una especie de código: vivir para viajar con lo que la caridad les otorgaba, sin robar y sin pretender ser algo más de lo que a simple vista eran.

Los indigentes, en cambio, son personas que no se pueden suministrar los insumos básicos para vivir: no tienen casa, trabajo, ni medios mínimos para subsistir. Viven en la calle y generalmente no cambian de barrio; se mueven por la ciudad para pepenar cosas, pero generalmente tienen un lugar fijo donde quedarse: la banca de un parque, el cajero automático de un banco o el portón de una casa abandonada. Siempre deambulan por los mismos lugares. Se trata, a fin de cuentas, de personas sedentarias. Al contrario de los vagabundos, que son y han sido siempre nómadas.

LEE STRINGER: INVIERNO EN GRAND CENTRAL

Uno de los escasos testimonios de un indigente escritor es el de Lee Stringer (1947), neoyorkino ex adicto al crack que vivió durante doce años en la calle. La muerte de su hermano desencadenó una espiral de pérdidas que lo dejó en la vagancia. Lee cuenta que durante los ochenta todo parecía girar alrededor del dinero, las marcas y las escuelas donde habías estudiado; y en ese entonces trabajaba en una importante empresa de publicidad. Pero la pérdida de su hermano lo sumió en una depresión paralizante: se quedó sin amigos, trabajo, dinero, ni departamento.

Para su suerte, Stringer encontró refugio en la espectacular Grand Central, en Nueva York, lugar mítico inaugurado el 13 de febrero de 1913. En su momento, la estación se consideró como una gloria para la metrópolis: símbolo de modernidad y lujo, con vías a dos alturas, suelos de mármol, impresionantes cristalerías y una cúpula central con la constelación del zodiaco. Grand Central se convirtió rápidamente en el centro de encuentro por excelencia. A finales de los treinta el número de personas que pasaba por la terminal en un año equivalía a la población de todo Estados Unidos.

invierno en grand central

Lee Stringer.

Grand Central siempre tuvo vocación comercial y de punto de encuentro. Sus pasillos permitían un atajo para cruzar varias calles y fue un buen lugar para refugiarse de las inclemencias del tiempo, hacer compras o quedar con alguien. Además es referencia importante en cine y literatura: en la sala de espera es donde Holden Caufield, protagonista de El guardián entre el centeno, decide pasar la noche en su escapada por Nueva York.

No es de extrañar que Lee Stringer haya adoptado Grand Central como hogar. Escogió un rincón en una de sus cinco plantas subterráneas, un agujero alargado con luz y una toma de agua cercana. Un lugar donde, en palabras del propio Stringer, uno se muere de frío en invierno, pero se achicharra en verano. Lee tenía algunos, libros, harapos y cobijas; lo único que no se atrevió a meter fue comida, pues es el anzuelo perfecto para llamar a las ratas y convertir ese pequeño espacio en un infierno.

invierno en grand central lee stringer

El resultado de esta experiencia es Invierno en Grand Central (1998). En los dieciocho textos autobiográficos que conforman el libro, Stringer da cuenta de las estrategias de supervivencia de alguien que no tiene problemas físicos o mentales, pero que sobrevive de y en la calle. Hasta que un día usa un lápiz para empujar la droga que se le quedó atascada en la pipa y poco después lo usa para empezar a escribir sus experiencias.

De forma paulatina pero constante, la escritura absorbió el interés de Lee más que cualquier otra cosa. Ya enganchado, empezó a vender Street News en el metro, una publicación hecha por indigentes, cuyas ganancias sirven para ayudarlos a sobrevivir. Poco tiempo después publicó en ese diario. Luego lo invitaron a escribir sus memorias; y aunque Lee se convirtió en un éxito literario de la noche a la mañana con Invierno en Grand Central, afirma que el dinero y la fama es casi tan peligroso para el alma humana como la pobreza abyecta: ambas pueden lastimar el alma.

RICHARD GWYN, EL TROTAMUNDOS

Un caso diametralmente opuesto al de Lee Stringer es el de Richard Gwyn (1960), pues se trata de un trotamundos, de un nómada con ansias de conocer el mundo entero.

Galés, Gwyn trabaja actualmente en la Universidad de Cardiff. Y antes de ser escritor y académico fue vagabundo. Richard pertenecía a una familia de clase media y estudió en las mejores escuelas, pero no pudo con los rígidos sistemas educativos. Él quería ser un rebelde, y renegaba de su cómoda situación social. Hubiera querido ser un punk con todo lo que eso significa, pero sabía que tenía una posición económica demasiado desahogada para tomarse en serio una identidad rebelde.

Richard Gwyn.

Gwyn abandonó sus estudios de antropología en la prestigiosa London School of Economics y vivió durante cinco años en Londres. Allí se desempeñó en varios oficios: albañil, lechero, ayudante de una mueblería (donde perdió los dedos de la mano izquierda), publicista y repartidor de leche. Luego se dedicó a viajar por Europa durante los ochenta; al alcohol y a las drogas, pero también a la lectura. Aprovechó su facilidad con los idiomas para aprender otras lenguas. La vagancia le cambió la perspectiva del mundo. Los días eran azarosos: dormía en colchones fétidos o a la intemperie, comía mal, bebía mucho y se peleaba de vez en cuando con sus compañeros eventuales.

Una neumonitis contraída en sus noches a la intemperie en Barcelona lo llevó de vuelta a Gales con su familia, luego de casi una década de vagancia. Entonces descubrieron que además padecía hepatitis C y cirrosis. Su hígado estaba al borde del colapso y necesitaba con urgencia uno nuevo. El miedo a morir, el insomnio y las alucinaciones que le provocaron la noticia lo motivaron a narrar sus experiencias.

richard gwyn el desayuno del vagabundo

Mientras escribía, recordó cómo uno de sus amigos indigentes compartió su desayuno con él y le dijo lo siguiente: “salchichón al ajo, un litro de vino tinto y el ancho mundo por delante”. De ahí el título de su libro El desayuno del vagabundo (2011), en el que narra sus viajes, el abuso de la droga, el cruce de fronteras y la enfermedad que puso fin a su vagancia. Su estilo es honesto, pero sin afán redentor y teñido de humor negro.

Gwyn se ha reincorporado al mundo y es catedrático. Ha confesado que a veces piensa que podría vivir en los dos mundos, pues nada le ha dado la sensación de libertad que vivir en la calle; sin embargo, una vez que llega a su cama siente un gran alivio de no tener que dormir a la intemperie.

Editor Yaconic

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