ENTREVISTA CON MARIANO VILLALOBOS

De la sección Nuevos Ruidos

Por Eduardo H.G. / @eduardoachege

Imágenes: Cortesía de Los Pellejos

Los Pellejos, una de las bandas sui generis del rock mexa, acaban de presentar oficialmente su segundo disco, Soy Cavernas, distribuido por Terrícolas Imbéciles. El grupo defeño conformado por Daniel Guzmán, en el bajo; Ignacio Perales, en la voz; Esteban Aldrete, en la guitarra, y Mariano Villalobos, en la batería, regresa con su peculiar sonido: punk rockoso de garaje con letras nada convencionales, proyectadas de confines urbanos, sucios y crudos; una propuesta con sentido del humor, garra y  lúdico desmadre. “Gente poseída por rock – olas”. Yeah!

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Luego de que en 2010, Los Pellejos —se llaman así porque están rucos— debutaran con el vinil y CD homónimo, Pellejos, y de que en 2013 lanzarán el EP Sexo Ficción, regresan a los caminos con un material más directo, improvisado, sin aspavientos. Han pisado y alocado escenarios pequeños y grandes de la Ciudad de México (dos veces en el festival Vive Latino) y allende fronteras. Son el soundtrack de aquellos que gustan de la música para orinar e ingerir alcohol en la calle. (“Dos de osito negro, pescuezos y sardinas”).

La historia se remonta unos 15 años atrás, en el ambiente artístico de la ciudad, donde Mariano y Daniel se conocieron: son artistas visuales. También lo es Esteban, el último que se sumó a la pandilla. Ignacio es ajustador de seguros y a todos lo une el gusto por el ruido. “Somos amantes del rock. Y yo creo que hasta un poco conocedores. Ligeramente”, dice Mariano al otro lado del teléfono. Además de la bataca, él es el responsable de las letras, y nos responde con una voz calmada, pausada, como la de tu tío el alivianado cuando te ayudaba con la tarea porque tu papá ya se había desesperado y te había puesto una cagotiza.

Mariano, ¿en qué momento deciden ser Los Pellejos?

Fue hace unos cinco años, cuando nos juntábamos a escuchar y hablar de música. Dijimos: “vamos a agarrar el toro por los cuernos”; fue de “¡órale, vamos a comprar instrumentos y a tocar!”. Y yo dije: “pues tengo un par de canciones y podemos arrancar ya”. Así, con unas letras, con el ánimo, inició el grupo.

Yo toqué en los setenta con varias bandas; particularmente recuerdo a una que tuvo un poco, solo un poquito, de nombre en la colonia Roma: El patas de pambazo. Desde entonces ya se intentaba hacer rock en español. Ya estaba el Three Souls in My Mind con su onda (mis respetos para ellos); grabaron en inglés pero tuvieron una muy buena transición.

Hay una característica que tienen, este estilo directo, de letras que aparentemente no tienen sentido; alaridos, gritos…

Sí. Se ha desarrollado sin quererlo, porque no somos músicos, no venimos de esa formación. Entonces, medio hacemos la música y la letra se acomoda. No somos tan duchos para hacer melodías, la voz entra de una manera natural, y parece que lo hacemos con esa intención, pero no.

Nos cuesta trabajo hacer música, melodía, coros… De ahí que lo hagamos de manera directa, primitiva. Así como hemos grabado los discos: los cuatro encerrados ¡y como va! No por partes, porque, como te digo, no somos tan doctos para que cada quien meta adornos, estructuras… no. Es de ¡pum! En directo y de un jalón porque así es nuestra formación; nuestra manera.

¿De qué partes para escribir las canciones?

Todo viene de experiencias urbanas, de avistamientos callejeros. Y todo ello experimentado a través del desorden de los sentidos. Todas estas vivencias —lo vivido y lo narrado— primero pasan por el desorden de los sentidos o por la vía del alcohol [risas].

¿Y cómo se da el acompañamiento con Ignacio?

Pues él también, a su manera, muy natural, va conformando la letra. La escucha, la lee, le empieza a encontrar sentido… Y como también son cuestiones urbanas que tienen que ver con nosotros, con lo cotidiano, Ignacio se identifica.

Compongo los temas con una fórmula creativa (por llamarle de alguna manera): La argucia, buscar palabras no tan comunes, más el humor, y esto me da como resultado la ironía. Y con la experiencia he visto que ésta enriquece la ficción. Y bueno, la ficción parte de experiencias, de la realidad.

¿Tienes algunos referentes literatos que te hablen a la hora de escribir?

No, actualmente en las letras nadie. Pero sí en los setenta leí mucha poesía. Me liberó la cabeza. Y en algún momento, hace mil años, me llamó la atención lo que decían Los Beatles, lo que decía King Crimson, porque tenían a su escritor; sí, ellos musicazos, pero tenían a su letrista [Peter Sinfield]. También estaba el Procol Harum; igual, grandes músicos y tenían a su escritor [Keith Reid], que de repente medio tocaba con ellos.

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¿Cómo sintieron el cambio de sonido entre el primer disco y éste, el Soy Cavernas?

El disco anterior fue producido por Quique Rangel (bajista de Café Tacuba). Él nos estructuró algunas cosas, nos echó la mano. Pellejos fue un poquito más de estudio, un disco más pensado, y éste, el segundo, cambió, es más libre. Tratamos de conformar las rolas más en general, con más improvisaciones, más directas. En el primero fue ir a los detalles y en éste no; no están pulidos tanto los detalles, pero sí la rola en general. Es más fuerte, según yo.

¿Ya no trabajaron con Quique?

No. Jalamos por otro lado, tuvimos más confianza en arrancar por nuestra cuenta y con una postura más directa con respecto a lo que tocábamos. El disco lo sacamos en dos o tres días. Eduardo Pacheco fue nuestro ingeniero, y fue más rápido, más improvisado, tanto en la guitarra como en la voz de Ignacio, porque él interpreta las letras, pero como hablan de temas que vivimos en el día a día, sobre lo que nos aniquila, sobre lo que nos mata, sobre las cuestiones políticas…

Sí, cómo en el caso del track “Soy Cavernas”, ¿no? Trae una crítica social…

Exacto. Y esto surgió naturalmente. Yo creo que por el momento, por lo que oyes, lo que ves. Fui conformando la letra con ciertos pasajes y referencias, sin avocarme a ser un grupo de crítica política. No es nuestra característica ni queremos entrarle a eso, pero naturalmente rozamos esas cuestiones de la vida cotidiana. Y ¡tun!, se reflejó.

Háblame de “Las joyas de la familia”, que es mi rola favorita después de “Soy cavernas”.

Pues es una canción que le escribí a mi mamá, que murió hace unos años y se me quedó eso, salió ese tipo de amor hacía ella, hacía mis tías, hacía mis primas. Por eso son las “joyas de la corona, las mujeres de mi familia”. Y fue así, de corazón, algo natural que se fue armando. Me llevaba muy bien con mi mamá, porque era muy simpática, platicábamos mucho, siempre me decía: “haz lo que quieras pero hazlo bien”. No había crítica ni nada de eso y flui muy bien. Así salió la canción.

¿Qué influencias reconocen en su sonido?

A estas alturas las influencias ya se fueron; ya pasaron y nunca nos importaron. Podría decir de mi parte que ya no hay influencias. Tenemos toda la confianza en hacer lo de nosotros, sacarlo. En el arte también tenemos esa experiencia: aprendes de los maestros pero al final el arte es evolución, tienes que decir lo tuyo, y de una manera, lo más que se pueda, fresca.

¿Cómo defines su rock?

Es uno bien tiesesote [risas]. Porque tiene que hacerle frente a la realidad, que es cruda y muy canija. Es un rock bien tieso para contrarrestar lo crudo y lo duro de la vida. Y bueno, lo tieso no tiene que ver con los solemne, porque lo solemne si es de palo, y eso sí está re gacho. Lo tieso y lo de palo son cosas distintas. No somos solemnes. Suena entre albur y cotorreo pero lo que hacemos es un rock bien tieso [risas].

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En los shows cómo les va, han tocado ya desde hace algunos años en varios lugares y recién presentaron Soy Cavernas en el Bajocircuito.

Estuvo a todo dar, porque ya comienza a llegar gente que no nos conocía. Eso quiere decir que se va abriendo, llegamos a un público más amplio. Y te gritan de todo, te aplauden, te la mientan. Se hace la convivencia….

¿Y las grupies?

También, también [risas]. Muchas amigas que llegan y gritan; te dicen de todo.

Regresando a una de las canciones del disco, y que estuvo sonando como sencillo: “Gente poseída por rock – olas”, la segunda parte, que hay con ella.

Tiene su historia. Yo percibo a la rockola como un autómata que pulula en la ciudad, en los antros. Es un autómata que se quita la piel, y en su interior está cargada la rockola de sentimientos y de sensaciones. Y eso, estando en un antro, te pega muy fuerte, la música te posesiona, el interior de la rockola cargada te posee y te aloca [risas]. Por ahí va.

¿Cómo ves a la “escena” musical contemporánea del país; al rock?

Lo que he visto es que, pues sí, hay mucho talento, grandes musicotes; jóvenes, otros medio rucos, pero creo que se los está chupando la bruja [risas]. Se van hacía lo comercial, y ahora ya más bien se escriben temas, dos o tres o uno, se suben, se regalan y todo eso, y ya no se hace un disco, una obra en la que haya un desarrollo más amplio de cierto lenguaje. Ahora es por un tema, no por una obra. El disco está desapareciendo, ya no ganas dinero con eso, excepto los súper grupos; entonces, todo está funcionando de otra manera.

Las letras, también, están medio gachitas, con todo respeto de mis colegas. Creo que hay buenos ejecutantes, cuates a todo dar, pero la música se globaliza; escuchas una rola o un grupo y se parece a cien. No hay una esencia particular, creativa. Eso lleva tiempo, pero hay que hacer el intento para que sea más tuyo lo que está fluyendo.

Y también está ese rock de entretenimiento en México. Y está bien, echas relajo y todo, pero se vuelve superficial. Y lo consumes y todo. Y ¡eh, eh!, la buena onda, pero se diluye, se acaba, no te dicen nuevas cosas.

¿Qué suena en tus bocinas en estos días?

Por ejemplo, está Jean Sibelius, que ahorita en Radio UNAM está el homenaje por sus 150 años de nacimiento. Estoy muy pegado a la estación. Pueden estar, también, Tame Impala

Cuéntanos sobre su experiencia en las artes visuales, he visto el trabajo de Daniel, por ejemplo, en la galería Kurimanzutto. Y Esteban y tú también le dan al arte.

Fue algo natural, cada quien comenzó por su cuenta. Conocí a Daniel en el medio artístico, en la escuela. Más adelante conocimos a Esteban. Nuestras cuestiones visuales tienen también rasgos del rock, de toda esa fantasía roquera de las portadas de discos, de las imágenes. De la iconografía, pero también de las letras, que te proporcionan imágenes. En mi caso, aunque no supiera muy bien lo que decían, las letras del rock me recreaban y yo evocaba imágenes.

¿Qué te marcó en el arte, influencias, además del rock?

En cuanto a la pintura, te podría mencionar al Giotto. Fue algo que me pegó, que estuvo muy cerca. El Giotto fue de los primeros pintores que aparecen en el arte. No visualizaba bien la perspectiva, hacía cosas raras, chuecas; tenía esta cuestión de jerarquías, en la que el hombre era lo más grande, después los animales y la naturaleza, lo que provocaba un juego de imágenes muy raro, muy loco, porque, por ejemplo, podía poner a un hombre junto a un elefante y el hombre era de mayor tamaño que el animal. Y, bueno, era todavía pintura con muchas cuestiones religiosas, pero ahí estaba: desarrollándose, buscando imágenes, luchando por expresar cosas.

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Y en poseía, ¿quiénes eran o son tus autores predilectos?

Bueno, estaba Charles Baudelaire y Guillaume Apollinaire; en algún momento Jack Kerouac

Y de México… ¿Efraín Huerta, no?

A Efraín lo escuché, lo leí poco, pero mis respetos. Y el año pasado… ¿quién cumplió centenario también…?

Octavio Paz, José Revueltas…

¡Revueltas! Mis respetos. Era bien recio y bien loco. Se me hace que hasta medio mariguano [risas].

¿Si Revueltas viviera le gustarían Los Pellejos, iría a los shows?

Claro, hubiéramos sido cuates. Tal vez de Paz no, ése si era medio de palo, medio solemne. Revueltas tieso, tiesesote, recio.

Escuchándolos, uno pensaría que lo primero que hacen al despertar es desayunar con alcohol, antes de comenzar a tocar y hacer locuras.

[Risas] No, para nada. Seguimos la vida común. Ignacio se levanta y se va a su empresa; yo a dar mis clases de dibujo, mis cursos en el Centro Nacional de las Artes (Cenart), y a chambear para la exposición que tenemos encima, por decirte algo. Como todos, te levantas y “¡ay en la torre!”, pues a perseguir la chuleta.

El desmadre se queda en la experiencia musical, en las tocadas…

Sí, y en nuestra manera de ser, de pensar.

¿Cómo les ha ido fuera de la Ciudad de México?

Por el momento estamos viendo si regresamos a Oaxaca. Y tocamos hace como un mes en Guadalajara, en el Festival Doña Pancha. Ya estuvimos en Madrid, Miami… Ahí andamos.

¿En qué estado tendría que estar uno para escuchar cómo se debe el Soy Cavernas?

Ah, pues ingiriendo en la vía pública [risas]. Eso: para estar en el meollo tendrías que estar circulando a pie, en la calle, echándote tus drinks y orinando. Y sí, digo en la vía pública porque la ciudad es un contenedor de ideas, de memoria individual y colectiva. Y en la calle está todo lo posible. Entonces, yo aconsejo ingerir en la vía pública.

¿Qué viene? ¿Habrá tercer disco?

Sí, ya tengo varios temas que vamos a atacar inmediatamente. Ahorita los muchachos están de vacaciones; descansamos tantito y en un par de semanas empezamos con los ensayos. Algunos temas ya están listos, ya están escritos, y ahora hay que atacarlos con la música y que Ignacio se los apropie.

Epilogo

Nos despedimos y colgamos. Unos minutos después suena el teléfono en la oficina:

—¿Con Eduardo?

—Sí.

—Mariano de nuevo.

—Oh, qué hongo…

—Oye, me faltó completar la idea para escuchar bien el disco: los muchachos tendrían que estar firmando en un arbolito y las chavas de aguilita. Sí, así complétanos la cuestión urbana. [Risas de ambos lados de la línea]

—A huevo. Muchas gracias.

—Gracias a ustedes. Hasta luego.

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