Por Jorge González López

Primero estaban las tinieblas, y después fiat lux, ¿no es cierto? Me es imposible cuestionar la naturaleza de tu determinación: ¿Ocio? ¿Soledad? ¿Morbo? ¿Sadismo? De cualquier manera, hacerlo a estas alturas sería fútil y sisífico. Lo cierto es que el objeto de esta misiva es hacerte cejar en tu empeño de seguir sumándome años, con esa caligrafía rápida, como la llamó el poeta.

En tu condición de demiurgo omnímodo terminarás haciendo lo que te venga en gana, pero no pierdo nada –no tengo nada que perder– exponiendo ante ti los motivos de mi disuasión. Quizá la vida sea un regalo, pero yo siempre repudié tajantemente los presentes en cualquiera de sus formas (tú más que nadie lo sabes), siempre me pusieron nervioso y nunca he sabido reaccionar ante ellos. A veces te desentendías de mí por espacio de mucho tiempo –¿cómo he de saber cuánto, si permanecía dormido? En otras ocasiones tu pluma febril y aguda me ponía en situaciones que, con toda certeza, te hacían mear de risa, pero jamás te importó si yo quería ser partícipe de tan onerosos acontecimientos.

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Obra de Andre Petterson

Seguías escribiéndome, trazándome un sino, y lo que empezó como un esbozo solaz se convirtió en un compromiso para ti. Tu concepción de la vida –seamos sinceros– jamás fue consoladora, y a medida que tu compromiso crecía, más vicisitudes ponías en mi camino, con una mano impune que constituía toda mi existencia. No sé si creaste otros mundos y dejaste en un sueño cristalizado a sus habitantes, no sé si en tus lejanos montes diste a luz a otros terrenos, ni si lo hiciste en compañía de fautores o no, pero éste, desde el que te escribo y que es todo y es nada, resulta vomitivo. Me creaste sin padres –el primer símbolo de un egotismo neurótico y posesivo–, pues querías ser mi único padre. Luego me diste hijos a sabiendas de que yo había dicho expresamente a través de tu pluma, que no quería traer hijos a este mundo tuyo regido por la ruindad, la mezquindad  y el veneno.

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Te piensas un genio literario, ¿no es así? Pero la farsa cuyo mapa trazaste (y sigues trazando) con la clara divisa que no hay más que agonía, es sólo producto de una creación barata y pobre en recursos. Me escribiste un empleo, porque hay que ganarse la vida, ¿pero es que en algún momento yo pedí tal cosa? Si quisiera ganármela, ciertamente no sería en horas interminables de oficina, como lo proyectaste, para llegar a mi casa a preguntarme por qué las gasté, demonio cínico. Ganarse la vida. La vida tiene que merecernos a nosotros, y no al revés; quizá en esto radique todo el equívoco de tu invención. Me diste, a manera especular, una naturaleza artística, pues te refugiaste en la endeble y cobarde premisa de que, si tú sufrías, tus creaciones debían sufrir a la par. Nos diste a todos en esta novela de tres al cuarto un padecimiento perenne. Pero he descubierto cómo sublevarme; quizá otros hombres en otros mundos ya lo hicieron, tal vez no. Después de páginas y páginas con millares de palabras en las que tuviste a bien enclaustrarme involuntariamente en una esfera; de bosques lóbregos en que me introdujiste y de ideas que en mí pusiste con la que seguro es una letra de médico ínfimo, Yo me desdibujo; me elevo a tu altura –pues no tienes por qué ser moralmente mejor que yo– y detengo esta comedia negra. Ahora estás nervioso; seguramente pausas tu escritura y muerdes tus uñas, pues sabes que vas a matarme porque lo exijo yo, y por tanto, te lo exiges a ti mismo. Quizá la próxima vez que inventes un personaje puedas ser más caleidoscópico en tus herramientas narrativas. Ya sabes cuáles serán mis últimas palabras: por fin estuvimos de acuerdo en algo.

 

Editor Yaconic

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