Por Uriel Salmerón
Fotos: Pedro Zamacona

I.-EL ESNOB

Me encuentro con él en el segundo piso de Mareta casi un año después de nuestra primera plática. Seguramente ni me recuerda, pero me saluda como si fuéramos cuatísimos. Nos damos apretón de manos e, incluso, un abrazo. En La Escafandra, la renovada sala de conciertos del restaurante, sólo estamos acompañados de un piano de cola, su mánager, una trabajadora del local y el reloj corriendo en nuestra contra. En el centro de la mesa poso un cigarro mullido a medio quemar. Machucado a ras de suela.

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—Tú dejaste de fumar, ¿no? Hace un rato —le pregunto mientras nos terminamos de acomodar en nuestras sillas e intento prender la grabadora a un ritmo mordaz, para no perder ni un segundo de la conversación.

—Realmente no me gustaba fumar, fumaba por esnob… lo esnob no se me ha quitado, pero dejé de fumar. Yo creo que era como un condicionamiento pavloviano, que le llaman: fumar por condicionamiento, por imitación, qué sé yo.

Sin siquiera proponérselo dejó el vicio. Aunque comenzaba a sospechar que el tabaco ya le hacía daño, provocándole temblorinas tremendas, escalofríos, bajas de presión —y hasta no atinarle al vaso durante las crudas— no acudió a letárgicas citas con un hipnotista ni se engulló un tortuoso libro de superación personal. Tampoco se autochantajeó con el rumor visual de pulmones carbonizados, tráqueas perforadas y enfisémicos enfermos encadenados a un respirador artificial. Sólo dejó de fumar un día y los siguientes. Porque ya no le gustaba ni lo necesitaba.

II.- EL TATUADO

Al borde de la manga ranglán apenas se perciben las tenazas entintadas de un alacrán. Las pincitas resbalan por la parte superior de su antebrazo derecho y después se pierden como rodadoras en un desierto de cirios y cardones hasta desembocar en su manopla desnuda, árida, sólo enmarcada por un set de uñas largas y afiladas. Garras de songwriter, para rascar la guitarra.

Por la izquierda, impresos a la misma altura de su piel, se asoman dos carriles paralelos y con forma de cuña. Quizá una inscripción de Gran Tlatoani, tal vez la representación de un viaducto catatónico erupcionando la ciudad. No pregunto, frivolidad aparte, pero me gusta creer que como cada coma y acento en sus composiciones, sus rayones son más de lo que uno percibe a simple vista. Su moneda de identidad tiene dos caras: la nordaka raza y la chilanga banda. Es de aquí y es de allá.

(Los tatuajes de la vida van de aquí pallá,

me recorren todo el cuerpo como tren mortal;

si me caigo, ya cadáver sin identidad,

quién fui yo, por mis tatuajes lo adivinarás.

¡Simón, loco!).

III.- LA ANTORCHA HUMANA (¡JAM-ASS A MÍ!)

Fue con El Piporro por cigarros a Hong Kong, por las praderas del mar junto a Eugenia León y sesionó con mucha sazón al lado de Roberto González y Emilia Almazán, pero aun así se define a sí mismo como un solista involuntario. Su música nunca es la misma, siempre la trata de diferentes maneras. Cuando toca en el disco, cuando toca en divo, cuando toca solito, cuando toca acompañado; con José Manuel Aguilera, con Cecilia Toussaint, con Óscar Chávez o con Café Tacvba. Con su Hotel Garage o con sus Flashbax.

Entre carcajadas recuerda un palomazo, si no sui generis, sí bastante exótico. A finales de septiembre de 2014, la agrupación de Luis Álvarez —conocida por la brosa nostra como El Haragán y Compañía— interpretó a su lado “Chilanga banda”. El Foro del Tejedor se llenó con cello y sax y dieciseisavos frenéticos de los hi-hats y la rasposa voz, pero sin grumos, de López. Cada uno en una sintonía distinta durante siete minutos y medio.

—Salió una versión que por ahí alguieeeeen grabó y por más que le he dado lana no más no la quita HEHEHE. Salen cosas raras, ¿no?

IV.- EL CHANGO CHILANGO

Durante el día ha respondido ya unas cuatro entrevistas. Y las que faltan. Me atrevo a asegurarle que ni uno solo de estos encuentros ha estado salvo de mencionarle como “el autor de La Chilanga Banda”. Incluso su boletín promocional lo estigmatiza con ese mote, como si de un one-hit wonder se tratara.

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Radiohead, en un momento, dejó de tocar “Creep” porque pensaban que la canción era la del éxito y no la banda. Quiet Riot pensó en dejar de tocar “Come on feel the noize”, aunque al día de hoy es la rola que más les ha pegado. ¿Por tu cabeza no pasa la idea de decir “ya chole con esto”?

—Ya chole chango chilango, JAJAJA… Fíjate que no —dice—. Y no sólo ha sido el caso de “Chilanga Banda”,  con “Sácalo” igual.

Jaime López asegura no sentirse molesto porque alguien lo conozca sólo por alguna de estas canciones, siempre y cuando las efusivas peticiones no terminen por boicotear su show. No está peleado con ninguna de sus rolas —ni siquiera con la del Bicentenario—; más bien, da la cara por cada una de ellas.

En los ochenta, Jaime irrumpió en el mainstream con su cumbia socarrona “Ella empacó su bistec”, misma con la que se presentó en el programa Siempre en domingo, conducido por Raúl Velasco. Sus amigos le preguntaban el porqué de su elección “teniendo otras mejores”. Jaime dice que esa canción permitió que Velasco oyera “Bonzo”, la cual se volvió su favorita.

Después la tocó en el mismo foro y aquello dejó de parecer un circo de luces estroboscópicas y masas alteradas para convertirse en Bellas Artes. Cada canción tiene una función precisa, sentencia.

V.- EL DEMONIO AZUL

Piensa en sí, antes que nada, como un Dj que después pasó a ser compositor; tiene la idea que cada una de sus canciones es como un disco de 45 revoluciones por minuto y él sólo es la aguja que marcha sobre el ambiente. Aunque, por supuesto, hay alguno que otro vinilo que se encuentra descatalogado de su repertorio. Basta con que apenas alguien farfulle “Blue Demon Blues” para que derrape el scratch de un disco rayado, como el que se escucha en varios sitcoms cuando las cosas se ponen extremadamente incómodas.

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“No hay peor lucha, que Lucha Villa”, recitaba López en la sección intermedia del polémico y jocoso himno luchalibresco que le mereció el último lugar en el Festival de la OTI en 1985. Aunque cree que la canción se podría sostener, al día de hoy, sin esta afirmación, también sabe que fue determinante en aquel tiempo, cuando meterse con la intérprete vernácula era una afrenta mayor que hacer mofa del presidente. Si en su escudo de armas rotulara un eslogan, éste sería “llevar la ocurrencia hasta sus últimas consecuencias y atenerse a ellas”.

La Grandota de Camargo aguantó vara, se comportó a la altura, piensa Jaime, quien no recibió queja alguna de su parte. Tampoco hubiera puesto mucha resistencia en caso de que le hubiera querido partir la madre. En ese momento la sátira valió la pena, sanos los dos, en igualdad de condiciones; pero después del stroke que sufrió Lucha Villa en 1997, el blues del demonio azul se esfumó:

—Dejé de tocarla cuando le ocurrió esto, lo que tuvo, el problema de salud, y ahora sí se me hace de mal gusto. Aunque no es una cuestión de presunción de ética, no es autocensura ni nada.

VI.- EL ENCUERADO DE AVÁNDARO

Jaime tenía diecisiete años cuando Woodstock se volvió tropicoso y mexicanote. En plena euforia preparatoriana, no la pensó más y adquirió sus boletos en la XEW por 20 pesos. Asistió al festival en humilde camioncito —como decía su padre—, sin anticipación ni premura; pero sí con muchas expectativas, que prontamente se desintegraron a la luz del alba. Acompañado de Javier, su hermano paisano, sabe cómo llegó, pero difícilmente se explica cómo salió de ahí.

Un grupo de estudiantes representaba la ópera Tommy, una adaptación del disco de The Who, cuando pisó por primera vez la grama avandaresca. Ahí como que prometía, dice. Pensado a imagen y semejanza de la bacanal gabacha, el tamaulipeco más chilango —o al revés— encontró que Avándaro era más bien un ambiente cerrado, con poco criterio y sin pluralidad.

Mientras que la fiesta masiva que lo inspiraba se nutría de una paleta enriquecida con varios géneros musicales —confluyó el rock de Santana, el lado tropical que venía a desembocar al rock, el folk con Joan Baez, el blues evolucionado con Hendrix: ya la máxima evolución del blues fue tocar el himno gabacho como lo tocó—, Jaime veía en Avándaro apenas un embotamiento de rockers para rockers y por rockers.

—Yo esperaba ver al grupo de Los Folkloristas, por ejemplo, o a Óscar Chávez. No me pongo tan exagerado… con Rigo Tovar, no exageró, pero no hubiera estado mal. Yo esperaba ese panorama amplio.

Cuando aquello era ya realmente una revuelta, un lodazal, y llovía llovía y la música ya no era tanto lo importante, Jaime le comunicó a su hermano que era hora de partir. De casualidad, y por un callejón, dieron con un —desocupado— camión al mando de un conductor dormilón.

—Oye, ¿y este qué onda?

—No, pues este está fletado, pero si traen 20 varos… [Todo se medía como por 20 varos]

—Pues venga.

Los hermanos se subieron todos empapados al fondo del camión. Jaime se quitó la ropa y se sentó para no estorbar —porque Estorba El Griego, reafirma—; en eso, al rato, llegó una pintoresca flota de elegantes modos:

—Parecía, haz de cuenta… el Reclusorio Oriente era demasiado refinado: uuuuuna boooola de cabrones. Entonces recuerdo que llegan y uno de ellos me dice: “oyyyyyyy, estás rebueno”. PUUUUUTA NOOOOO… me volví a poner toda mi ropa y naaaaalgas contra… Y la verdad estuvo muy sabroso. A’i vamos muy sacados de onda mi hermano y yo pensando “¿a dónde fuimos a parar?”

VII.- LA CALACA

Jaime López rueda ya sobre la mítica ruta 61, la misma autopista donde se dice que Robert Johnson, El Rey del Delta Blues, vendió su alma al chamuco. Aunque divito y coleando y más López que nunca, “la calaca flaca ataca por acá, carnal, ¡al alba, ese!”.

Jaime López

—Si tu epitafio fuera canción, ¿cuál sería?

—Hay una canción de Dylan que es muy buena como epitafio. Dice “debajo de esto no yace nadie”. Seguramente lo pondrá en su epitafio. Yo me acuerdo que alguna vez, más que una canción, hice unos versos:

Aquí yace Jaime López

al cual le mutilaron

el corazón para que no amara,

pero se olvidaron de cortarle el

pene

¡aguas con su alma!

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