Por Scarlett Lindero Cortes / @ayapocosi

Fotos: Daniel Geyne

Ser espontáneo: agilidad y soltura. Saber atajar lo que viene a chocar contra nosotros. Eludir lo que produce insatisfacción. O nos oprime. Ser como el agua, que resiste desde la debilidad. En Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante (2016) Luciano Concheiro invita a escapar esporádicamente de la vorágine moderna; huir. Su ensayo, que resultó finalista en el Premio Anagrama de Ensayo, propone una filosofía: el no-tiempo.

Ese no-tiempo —el instante— es un breve suspiro en el que se anula el devenir. Pero el error más grave sería creer que el instante constituye una experiencia similar a la emanada de la doctrina millennial del YOLO (You Only Live Once). Porque el YOLO es una especie de carpe diem capitalista. No llama a vivir una vida plena en la que nos demos cuenta que la libertad significa no necesitar nada, dice este Doogie Howser de la academia y la filosofía: Concheiro nació en la Ciudad de México, tiene 24 años, terminó la licenciatura en Historia a los 19, estudió Sociología en Cambridge a los 20 y es profesor de historia del pensamiento del siglo XX en la UNAM.

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Esa filosofía práctica del instante plantea la creación de una resistencia que otorgue la posibilidad de escapar de la velocidad que nos ahoga. ¿Cómo lo hizo? Luciano recorrió la historia e hizo un análisis de las secuelas directas del capitalismo. Un capitalismo que busca que se consuma más, se necesite más, y se sienta cada vez menos. A la sensación compartida de sentir que el-tiempo-pasa-más-rápido llega un posible esbozo. Concheiro se aventuró a pensar y proponer una nueva filosofía, en tiempos en los que experimentamos una crisis imaginaria para repensar el estado de las cosas.

Las fotografías del mexicano Gabriel Orozco acompañan el libro de Luciano. “Sus fotografías nos enseñan a mirar contemplativamente, a encontrar los instantes que están frente a nuestros ojos.” Una de ellas retrata la huella del vaho del tiempo en un piano.

En estos días se presenta en México Contra el tiempo. Busqué a Luciano para charlar sobre su obra. Le pedí que comenzara con una autobiografía. Pero no le gusta hablar de su semblanza académica: “Siempre digo que odio hablar de mí mismo porque todo el tiempo estoy conmigo. Me gusta más escuchar la vida de los otros y aprender de las experiencias y vivencias de cada uno. Pero supongo que Luciano es un joven que nació en México y que le gusta leer (entendida la lectura como una actividad creativa de diálogo constante con los textos), y que para poder seguir haciéndolo escribe.”

Luciano no solo lee textos discursivos: ve arte, cine, y además dialoga mucho. “El diálogo cabría en esta práctica de lectura-escritura que te comenté”. Ése es él y eso hace.

En Contra el tiempo adviertes que el ensayo va dirigido para tus contemporáneos, por la condición de aceleración inherente a nuestra época. ¿Es la aceleración la patología del siglo XXI?

Sí. Para mí es el principal rasgo de nuestra generación, entendido, como bien señalas, como una patología que se manifiesta en la política, en la economía y en nuestras relaciones sociales. Se manifiesta patológicamente en nuestros cuerpos y psique. Las patologías de nuestra época son varias, pero una muy clara es la ansiedad, el estrés, las prisas y la falta de concentración. Todas ellas emanadas, según el libro, por la lógica del capitalismo, que busca acelerar los ciclos de retorno del capital y en la búsqueda de lograr este objetivo, acelera todo, incluso nuestras vidas.

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¿Se puede pensar de una forma en que la temporalidad, el tiempo, no sea efímero?

Sí. Y creo que debemos luchar para conseguirlo. Es complicado, habría que ir a contrapelo en muchos sentidos, no solo en los temas o más allá de los temas, sino también, por ejemplo, en la forma en la que uno escribe, incluidos los medios de comunicación. El libro y el papel, al menos para mí, siguen siendo muy importantes, por el proceso que conllevan.

Durante tres años llevé un blog y me gustó mucho. Generé una relación con los lectores, pero tenía una dinámica que no acababa de cuadrar en los temas que exploraba. Poco a poco lo dejé y me concentré en la creación del libro, que lleva una temporalidad muy larga: no solo de investigación y escritura, sino de producción, de diálogo con mis editores, de relectura, de espera para la impresión. Los tiempos del libro y del pensamiento en libro pueden aportar ciertas cosas, digamos, insurgentes, frente a esta lógica avorazada de lo efímero. Y luego, claro está, de los temas que se traten.

Justamente, cuando hablas en el libro del consumismo derivado del capitalismo, me recuerda a las sociedades líquidas que plantea Zygmunt Bauman…

A Bauman no lo incorporo directamente en el cosmos de autores que están presentes en el libro. Y claro, no soy el primero en decir ni señalar este fenómeno de la aceleración. De hecho, siempre digo que de las cosas que más me alegraron en el proceso de escritura —que duró casi tres años— fue platicar con cualquier amigo o conocido sobre lo que llevaba en el libro y que me dijeran: “¡Claro, por supuesto, es algo que siento todos los días!”

El proceso de generar de teoría es una relación dialéctica entre las vivencias cotidianas y una serie de categorías analíticas de corte abstracto. Hay muchísimos autores con los que siento afinidad y con los que me siento hermanado en términos de cómo percibimos la situación contemporánea. Luego difiero con muchos en las causas y, sobre todo, en las soluciones.

¿Desde cuándo y por qué comenzaste a tomar consciencia del tiempo como medida histórica?

No puedo ubicar el punto exacto, pero quizá, en parte, viene de la vida cotidiana, algo en lo que esta condición acelerada nos afecta y perturba. Si Contra el tiempo estuviera dedicado, sería a todos aquellos que ya viven aceleradamente, es decir, que el capitalismo los despojó de su tranquilidad, de la pausadez de la vida y la densidad de las experiencias. Yo lo sentí: poco a poco, estaba cada vez más acelerado, estresado y ansioso.

Descubrí que no era una situación individual, o que necesariamente se explicara por mi historia personal. Yo era un producto más. Eso es lo que busca en el fondo el libro, que los lectores se den cuenta que consumimos todo el día y que de lo que habla esta teoría no es más que de ellos mismos. Por eso la resistencia también viene de la vida diaria, que creo es el primer espacio que tenemos que reconquistar frente al capitalismo.

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¿Crees que la aceleración sea causa de las ciudades o países que están sujetos al capitalismo o podemos pensar en otro contexto social en el que la temporalidad sea distinta?

Gran pregunta. Digamos que hay otras realidades. Estoy hablando en términos teóricos. Eso siempre debería un disclaimer de este libro, que es de teoría y filosofía, hay generalizaciones y no siempre opera la realidad. Habrá que ver de qué manera funcionan las categorías analíticas que propongo. En México es evidente que hay otras temporalidades.

De lo que hablaría es que la aceleración es la temporalidad hegemónica del capitalismo. Está en tensión con otras temporalidades, pero se vive de manera muy clara en los países más netamente capitalistas. Creo que la aceleración —de hecho esa es una de las razones por las cuáles actualmente es tan radical, aunque empezó a gestarse en el siglo XIX como la conocemos— ya conquistó la mayor parte del mundo. Lo único que le queda es acelerarse cada vez más, a un nivel mayor.

El término “shitstorms” que retoma el filósofo Byung-Chul Han, y que mencionas, se refiere a que la participación política se limita a una sucesión de tormentas de indignación que se esfuman a la misma velocidad con la que surgieron. ¿Actualmente carecemos de una imaginación política? ¿Tenemos una atrofia en ese sentido?

No creo que sea una atrofia. Más bien es que la razón neoliberal ha invadido nuestras vidas, está ahí, permanentemente, intentando conquistar nuestras mentes, intentando que no imaginemos otro futuro y otro presente. Lo que creo es que ese sistema busca su perpetuación y en esa medida anula los pensamientos radicales. Efectivamente, vivimos en una época de crisis de imaginación crítica. Y sobre todo de crisis de imaginación de otros escenarios, de otros mundos, de otros presentes.

Creo que lo primero que hay que hacer es abrir esos resquicios de posibilidad, de potencialidad, para la imaginación de otros presentes. Eso es el instante, que es mi gran solución. Gran con muchas comillas, porque es minúscula, no es grandilocuente y en realidad no es nada profundo en el sentido de que no transforma nada. Para mí el instante, entendido como una experiencia temporal, radical de suspensión del tiempo, es un umbral un intersticio, una bisagra, entre este tiempo y la posibilidad de otro.

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¿Qué problemas de corte social te ocupan del México contemporáneo?

¡Ay, caray! Está muy complicado. En parte de ahí proviene mi interés de vivir aquí, porque estamos ante un abismo profundo de la crisis civilizatoria. Tengo la idea de que México es el futuro del mundo. Aquí ya nos llegó el peor futuro del mundo. Lo que se piense desde aquí tiene que ser de una radicalidad inaudita porque tiene que repensarlo todo. Cuando pienso a México no lo hago localmente, sino como un fenómeno global. La necropolítica en la que vivimos, el capitalismo gore, como se ha planteado, es el tema fundamental. El narcotráfico, los feminicidios, los ejecutados, la corrupción, son un fenómeno más del capitalismo exacerbado. Es algo fundamental que muchos ya están pensando, lo cual es vital no solo para la situación que vivimos aquí, sino para el exterior.

Otro tema es cómo escribir y pensar la escritura en un lugar como en el que vivimos, rodeados de muertos. Eso es una pregunta que Cristina Rivera Garza ha defendido y me parece esencial: cuestionarnos cuáles son los planteamientos éticos y estéticos que debemos hacernos.

En las redes sociales vivimos inmersos en una infoxicación. ¿Crees que de éstas podamos buscar nuevas salidas para reforzar los lazos humanos?

Claro. No soy un primitivista que busca erradicar la tecnología, ni creo que está prefigurada para un uso en particular. El uso que se le da a la tecnología dentro del marco capitalista es uno muy preciso, emanado de una teoría del valor particular, de una idea mercantil de las relaciones humanas y del humano mismo. Si, digamos, repensáramos esos valores de los cuales emana el uso de la tecnología, claro que se podría dar.

El espíritu hacker de alguna manera es otro uso no mercantil. La tecnología se puede utilizar de otra manera, pero hay que imaginar primero lo Otro, no creer que las tecnologías nos lo dan. Es decir, es una posición inversa, no de determinismo tecnológico.

Otro concepto que utilizas es la cronopolítica, ¿de qué manera se puede convivir con los medios de comunicación de una manera sana?

La cronopolítica, básicamente, es un entendimiento político del tiempo; es creer que las categorías del tiempo y espacio, por ende, no son a prioris kantianos, inmutables. Son construcciones socialmente determinadas, por lo tanto tienen que ser pensadas políticamente. Entonces podemos imaginar transformaciones de ellas.

En ese sentido, actualmente, los medios de comunicación imponen un tiempo particular. Habría que pensar, quizá, nuevos medios que emanen de distintas temporalidades y de distintas formas de relaciones humanas para pensarlos políticamente. Hacer un análisis del tiempo de los medios sería un primer paso para esta cronopolítica; entender qué tipo de tiempo propicia o bajo qué lógica están operando es ya un primer acercamiento.

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En Contra el tiempo mencionas que nuestro destino es ser sujetos sin memoria, que nuestros dispositivos ahora fungen como memoria externa. El “Efecto Google”, ¿cómo padeces esta situación?

Cuando hablo —y eso es muy importante en este libro— no lo hago desde una superioridad moral, ni desde una Torre de marfil de pureza. Estoy embarrado en el lodo. Mucho de lo que digo no es para decir “ustedes, juventud equivocada”, porque yo soy parte de eso. Mi memoria está almacenada en mi Facebook, en mi Twitter, en mis WhatsApp, estoy operando desde esa manera. Lo que busco decir es “ya que estamos en esto, ¿cómo salimos, cómo imaginamos colectivamente una salida?”

Esta resistencia tangencial que mencionas, que opera desde la filosofía práctica del instante, ¿es una nueva forma de insurrección?

Sí. Creo que sí es una nueva forma de insurrección, pero es una insurrección que no sigue los principios clásicos de las insurrecciones, al menos de la modernidad occidental. Es decir, es una resistencia que no busca la transformación o el combate, sino todo lo contrario: la huida. Quizá el principio sería uno que los niños tienen bien claro: cuando no puedes ganarle al de enfrente, mejor húyele. Esta resistencia es una insurrección no pacífica ni pasiva, más bien de escape.

Además de las prácticas que mencionas en el libro, ¿qué otras cosas haces en tu cotidianidad para fomentar esta filosofía?

Planteo una serie de prácticas que imagino como posibles y que me han funcionado, pero no busco hacer un manual y tampoco quiero aparentar ser como un gurú de la filosofía práctica del instante, porque precisamente esta filosofía, como la concibo, es más bien un contenedor vacío que debe ser alimentado por práctica constante.

Las prácticas están delimitadas a un contexto, y yo apelo mucho hacía la imaginación, por eso las narro desde un Yo autoficcional. Porque no son ni siquiera ejemplos, sino anécdotas de momentos. Espero que los lectores descubran las propias. Eso en realidad es una de las cosas más importantes de el instante. No es algo que yo inventé, porque ya existe. Si bien sistematizo entorno a éste, existe previo a la teoría. Lo que busco es que nos demos cuenta de sus existencia y replicarlo, que funcione.

Imaginas y te cuestionas cómo sería una “Maquina de la Lentitud”…

Creo que, más que ir lento, tenemos que escapar del tiempo. Un primer paso podría ser imaginar otras temporalidades. No sé cómo sería una máquina de otro tipo de temporalidades, que más bien sería una anti-máquina. Tampoco sé si estaría relacionada a lo orgánico, a otros tiempos, más de corte cíclico.

Quizá, entendidas como máquina, en tanto un artificio, serían las fotografías de algunos artistas. Por ejemplo las fotografías de Orozco que acompañan mi ensayo. Para mí, esos son dispositivos de generación de otra temporalidad. No en el sentido de que capturen otra temporalidad, sino que permitan su desencadenamiento. Digamos, ciertas enseñanzas o parábolas, paradójicas, que ayudan a que uno viva en otra temporalidad.

¿Crees que aún exista la figura del político-filósofo?

Yo espero que sí. No del político que luego se lanza a ser diputado sino el que opera políticamente, en ese sentido espero que sí. Quizá imaginando nuevas formas de hacer política, por ejemplo el Comité Invisible. Las intelectuales colectivas operan directamente en la realidad, pero también imaginan y piensan juntos de una manera anónima…

¿No hay otro mundo, hay simplemente otra manera de vivirlo?

Exacto. Y eso es justamente lo que defiende el Comité Invisible: no es que podamos construir otro mundo, éste es el que tenemos. Lo que es distinto son las ideas de la felicidad, de lo que es la vida, de lo que es el tiempo. A fin de cuentas eso es la cronopolítica, una visión política de lo que es el tiempo.

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Casi para terminar, dime un buen libro que has leído recientemente.

Habría que tratar de acotar. Leo ficción, poesía y mucha teoría. Y un libro que recién terminé en el que se entrecruzan estos géneros, es el nuevo de Cristina Rivera Garza, que se llama… Había mucha niebla…

¡El Efecto Google!

¡Sí! [Luciano busca en su celular]… se llama Había mucha neblina o humo o no sé qué. Es de Random House. Me voló la cabeza.

¿Cuáles son tus lugares favoritos de la ciudad? ¿Acaso uno donde escapes del tiempo?

Más que lugares, es la densidad con cómo se viven los lugares y con qué personas se viven. No diría que tengo lugares predilectos sino momentos predilectos; es decir, no creo que sea una condición intrínseca del lugar. Hasta casi diría que disfruto el tráfico o el ruido, dependiendo de cómo esté viviendo ese momento. Hay cosas que influyen para hacerlo, por ejemplo el llegar a un lugar nuevo o recorrer un lugar sin lógica lineal, que sea más como una deriva como los situacionalistas hubieran querido.

Editor Yaconic

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