Por Diego Espíritu / @deliriumdixit

Aprendí a hacer canciones —mis primeros poemas— escuchando a Luis Alberto Spinetta. El cuidado, la responsabilidad de quien destripa la tradición sin dejar de fluctuar por los coletazos presentes que los sabiondos con cejas arqueadas llaman vanguardia. No lo son, es un terremoto.

Para Spinetta (1950-2012), la melodía se trataba de salvar la brecha que existía entre la canción tradicional y aquel arrebato eléctrico, por ejemplo, de los Fab Four. Una rareza de freaks bien loquitos tocando infinidad de acordes suspendidos y progresiones medio esquizas. La lengua torcida por la imaginación. Luis Alberto: un chamuco insomne en DMT.

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Luis Alberto Spinetta / Foto: Eduardo Berti.

Esas gambetas con los dedos. No soy un virtuoso, decía el Flaco, sino un ejecutante con muchos trucos. Bueno, un “tramposo” que sabía ver las estrellas. Pero hasta para saber mentir hay que tener la gracia del Olimpo entre el anular y el índice. No cualquiera, loco, dirían. El Flaco era un autodidacta que si no deformaba algo, no estaba quieto. ¿No rompió las esquinas del mundo desde Almendra I hasta Un durazno sangrando con Invisible? Spinettalandia.

El del Flaco es un cancionero rapaz, atiborrado de homenajes al amor y la locura: Spinetta era aquel al que escuchó Petrarca en el monte Ventoux. Lo creo firmemente. Spinetta: un da Vinci moderno con la salvedad de la barba. Todo lo demás le pertenece: de-sa-tor-men-tán-do-nos.

El chasquido almendrino suena en los Walkmans viejos, en las caseteras, en los vinilos y ahora en los aipods. Describir la vida, decía el Flaco, era como hacerlo con un mosquito que intenta volar un jet; la contradicción ontológica del pescado rabioso; la ternura invisible de la azafata en un tren fantasma. ¡Ah Flaco, me tiemblan las manos nomás de pensarlo!

El cementerio de los endemoniados retumba en el cuerpo escuálido que rasguña frenéticamente su acústica. Los niños malditos, Rimbaud y Artaud, opacando el nihilismo de vedetes plásticos, su promiscuidad sin sentido. Spinetta, panadero ensoñado, poseído de alba, todo lo que dijiste es una gema que flota encima de mis ojos, a la mitad de la frente.

Spinetta, como Charly, no tuvo impedimento de mostrar las tensiones. Lección luego reafirmada por un Sting en TV, que subió al escenario a las Madres de Plaza de Mayo. Nadie de nosotros las haría subir… porque tienen miedo o por algo, recuerda en una entrevista Luis Alberto. La imaginación al poder, el Che es un hiperbeatle. Somos militantes de un sueño almendrino con arpegios disminuidos. ¿Quién rezará por nosotrxs?

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Foto: Eduardo Berti.

Una especie de Lennon prolífico para el oído porteño. Bah, la profecía se cumplió sin referencias a ningún otro baluarte. Spinetta es Spinetta, carajo. Que venga Thom Yorke a samplear el primer RCA de Almendra. Todos los de Spinetta Jade. En la tapa de los sesos le quedará uno de sus licks deliciosos de guitarra colgando. Como si el Trilce de Vallejo lo hubieran hecho música; como si el Altazor de Huidobro fuera remixeado: el replay value en la canción que no agota el oído: una y otra vez hasta erosionar cada una de las capas. Y bajan…

A Spinetta llegué casual y tarde, con la demora de quien no nace en cada canción: “Barro tal vez”, “Plegaria para un niño dormido”, “Muchacha (ojos de papel)”, ya está. El Big Bang. Poesía sin categorías ni nomenclaturas facilonas de la industria pequebu del rocanrol, man. Dice Michael Corleone que todos somos parte de la misma hipocresía, pero no: el Flaco es axioma del tiempo. Nada es tan real cuando la voz embona. El tono perfecto.

Entre el “rock nacional”, el que está en tu idioma, algún Carmen Balcells de la industria encontró una pepita de oro que decidió ponerle apodo dos tres padre para que la banda entendiera. Pero los de traje negro nunca entendieron nada. Luis Alberto era el puro sincretismo. El ojo de la frente nunca les reventó con un solo. Eran los mismos esos que le preguntaron a Dylan si conocía cuantos cantantes de protesta existían. Mil ochocientos cuarenta según las últimas encuestas de Mitofsky International. Judas, ellos.

Lo del Flaco era más bien un ritual, ¿no? Lo dijo: realizar música en estado casi tribal. La locura, el antidisco, la asíntota por excelencia de los rockstars del centro, borrachos de lucecitas. La tríada del sexo-drogas-rocanrol no es garantía de ser un poseso dionisiaco. A veces nada más es un pinche hoyo lleno de ratas. Kurcobian así nos lo recuerda, tal como años antes lo hacían tantos y tantos otros de la vieja escuela que no podían ya ni esnifar el smog de las urbes más grandes.

El slang de los muertos, el argot eterno que resuena en las orillas de la ciudad, donde las casas se apilan como si fueran las cuentas de un rosario mullido. Me suena a tantas cosas. ¡Fack! Pero mira qué escuchar el Artaud después de haber fumado un porrito es un cataclismo etéreo. Como si al Dark side… le hubieran metido tango y zamba. Piazzola en ácido, man. Bossa con quiebres frenéticos de jazzeros postvanguardistas. Y esa delgada línea que nos recordaba la pleamar de águilas. Cuanta ciudad, cuanta sed.

El Flaco me sacudió la cordura. Gracias a Krishna por eso y a todxs los dioses borrachos. El paroxismo de los inquietos, tata tatatataata sonaba en mi pecho. Eran las tarolas. Ah, Luis Alberto, un mago que se convierte en pordiosero, según cuenta la infinita enciclopedia. Al final el roncarol está bajo los techos de lámina que gotean. La prosodia más callejera, donde las cucarachas alteran el chispiadero de gotas multiformes. El sudor, las baquetas como lanzas rotas, las camisas con un Neil Young deslavado. Spinetta compartiendo el hitter con Daniel Johnston, pisteando Jack Daniel’s con Zappa¡Habría pasado sin duda! Fueron la vanguardia.

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Foto: Eduardo Berti.

Él es Luis y es la música, ¿no? Muchacha ojos de papel dime qué ves en mis manos, se están quemando mientras nos perdemos en el techo de este cuarto. El mundo es una canción de Spinetta y tú y yo sus únicos habitantes. La aguja sobre el vinilo y los cidis viejos y aquí estamos desnudos sobre la cama escuchando el color humano de almendra. Ningún cuarto de azotea es el mismo después de que esos riffs alienígenas truenan tu oreja.

Editor Yaconic

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