Por Antonio Marts / @AntonioMarts

El reto de cada libro es conseguir que cuando el probable lector lo tenga en la mano se quede con él y se lo lleve a casa, en lugar de regresarlo a la mesa de novedades o al librero del lugar. Más allá de la portada, lo que importa, sin lugar a dudas, es la historia. Y llegados a este punto, ¿qué nos puede atraer de un relato? Hay tantas respuestas como cantidad de libros publicados. Si nos remontamos a nuestra infancia la mayoría de nosotros puede recordar cuando escuchaba un cuento en boca de alguien más y como, a través de la narrativa oral, nos cautivaba. Una narración que sucedía en algún paisaje remoto de nuestra imaginación.

Con Mala Leche (Librosampleados, 2016) me ha sucedido algo similar. Si bien es una novela en la que cada capítulo funciona a manera de instantánea o polaroid (¿acaso carta de baraja?), me hace recordar las historias que se escuchan en un viaje en camión, al aguardar turno en la estética o en la sala de espera de alguna clínica de salud.

Esa narrativa oral, para muchos conocida como chisme, es en parte el tono con el que se encuentra narrada la historia de Virgo y Paty —en realidad más de Virgo que de Paty—, los protagonistas. Virgo, de dos metros de altura y un aire alemán, Paty la eterna amiga aconsejada y heredera (¿víctima?) de los consejos de él. Dicotomía contrastante, espejo bizarro uno del otro, relación sadomasoquista de bajo perfil. Pero, qué relación humana no comparte alguno de estos rasgos.

Mala Leche, Constanza Rojas

La novela de Constanza Rojas está fragmentada, construida de retazos, de pláticas y de personajes que aparecen en escena para desaparecer y reaparecer transformados por los golpes de la vida. Es también una novela lúdica, una especie de caleidoscopio de humor ácido e irónico, colmado de sarcasmo. Con esa actitud tan celebrada por muchos que frente al huracán optan por “mantener el estilo”, porque como en las telenovelas y en las películas, “antes muerta que sencilla”.

El gran reto es que se animen a leer Mala leche sin que les sea revelado mucho. Porque a riesgo de contradecirme, a la par de que nos reímos de las peripecias que se cuentan, vamos conociendo el interior de Virgo. Y entre mayor es nuestro conocimiento, podemos contrastar la vida de fiesta exterior con su mundo de soledad y abandono.

Mala Leche, Constanza Rojas

El oficio narrativo de Constanza consigue que en pocas páginas simpaticemos con los protagonistas, y a manera de sketch nos presenta de manera puntual personajes variopintos que matizan o realzan la vida de los actores principales. La prima, la leyenda del padre de Virgo, la madre como una especie de figura decorativa y la abuela. De a poco, la autora desentraña el pasado de Virgo y nos prepara para el desenlace.

La propuesta va más allá de lo puramente narrativo. La edición escapa del formato tradicional del libro y apuesta por un diseño que pueda dar pie a que seamos nosotros los que hagamos nuestra versión. Medio en broma (¿o muy en serio?) Constanza ha mencionado que el lector de Mala Leche podría arrojar al aire las páginas que lo forman y leer de manera azarosa la historia. Como una baraja en la que cada capítulo es un naipe.

Mala Leche, Constanza Rojas

Me parece importante que escapemos de la superficie de los personajes. Sí, se aborda el tema de género y la homosexualidad, pero esperen, no todo es pop, ni rosa, ni cliché. Mala Leche debe ser leído porque habla de seres humanos, sus personajes son personas que seguro encontramos en la calle, en el barrio y en el centro comercial. El gran acierto de Constanza es hacerlos presentes y recordarnos que a fin de cuentas todos estamos de paso, independientemente de las banderas que queramos o no esgrimir.

Editor Yaconic

Editor Yaconic

Revista de arte y cultura

Previous post

EN CASA NO ME DEJABAN HACER ESTO

Next post

EL REGRESO DE APHEX TWIN EN LA NOCHE AMERICANA