Comer, dormir, descansar y otras cosas que nos hacen sentir físicamente seguros son las primeras necesidades que buscamos satisfacer (supervivencia le llaman). Una vez puestas en la bolsa, vienen esos deseos que igual nos ponen en aprietos porque hay que hacer casi, casi circo, maroma y teatro para conseguirlas… ¡ah! Pues como el amor.

Para explicar de qué se trata cada una surgieron estudios y teorías, incluso obras pictóricas. Entre las más representativas se encuentran las del pintor estadounidense, Malcolm T. Liepke, quien tradujo nuestras necesidades básicas, esas que tienen que ver con lo emocional, a través del color, la forma y la luz.

Sus obras son principalmente retratos protagonizados por figuras femeninas en situaciones cotidianas (descansado en su cama, cargando un bebé o bailando). De fondo tienen espacios monocromáticos o espacios con pocos detalles porque lo que le importa al artista es la persona, no más. De hecho, uno de los mayores intereses de Liepke es crear un arte más personal porque, dice, es la forma en que los espectadores pueden relacionarse y experimentar una emoción verdadera.

Es decir, un cuadro protagonizado por un sujeto común, sin elementos específicos de una época, tiene más posibilidad de invitarte a tomar el tiempo para observarlo y, a la vez, encontrarte en él.  Esta necesidad de relacionarnos surge, según Liepke, por la única y sencilla razón de sentirnos menos solos.

La fascinación del artista por hablar en sus obras de las experiencias humanas que compartimos (la tristeza, melancolía, el deseo, el erotismo, por ejemplo) se despertó porque estas, como muchas otras cosas del mundo, le parecen esenciales para entender la complejidad del ser humano. Él ha revelado que pinta porque es difícil expresar por otro medio cosas que son tan hermosas y que no tienen palabras.

“Todos tenemos las mismas necesidades básicas de conexión, amor y comprensión. Intento alcanzar esas necesidades universales; es lo primordial en el arte. Intento decirlo a través del estado de ánimo, el color, la atmósfera y la textura. En pocas palabras: es lo emocional, y solo quiero expresarlo”.

Sobre el estilo que lo caracteriza, Liepke lo fue creando luego de que abandonó la escuela donde estudiaba, el Art Center College of Design, en Pasadena, California. En ese entonces (a mediados de los años 70), la abstracción y el arte conceptual eran los temas principales. El camino de Liepke era otro y se trataba de volver a los clásicos, pero no para copiar lo ya hecho sino más bien para darle continuidad en una época distinta. Así, inició su camino de autodidacta, el cual incluyó la revisión de grandes maestros de la pintura como son: Diego Velázquez, Edgar Degas, John Singer, James Whistler, Henri de Toulouse-Lautrec y Édouard Vuillard.

De ellos, como ha dicho en varias entrevistas, aprendió color, composición y técnica. Y fue precisamente de Velázquez de quien asimiló la atemporalidad de la figura, cuya importancia en su obra es clave.

Mantener las características de cada persona es sustancial para Liepke. Por ello, sus protagonistas son el resultado de un estudio previo de aquellas que el artista encuentra a su alrededor. Lo primero que hace es mirar, tomar fotos o realizar dibujos de las ideas que le llegan a la cabeza. Después, ya en su estudio, pega todo y fusiona algunos de los elementos de sus hallazgos. En palabras del pintor: “Miro mi propio mundo y lo pinto… pero también quiero que mis cuadros sean intemporales. Soy un canal para expresar la condición humana”.

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Claudia Aguilar

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