LA ACTUACIÓN ES UN ARTE SAGRADO

“Mandala. La actuación es un arte sagrado”, es una obra de teatro en la que un maestro (y director de la misma, Nicolás Núñez) explica a sus alumnos (el público) que el arte sagrado de la actuación es similar a la realización de un mandala tibetano. La obra tuvo como sede a La Casa del Lago “Juan José Arreola”.

MANDALA

Por: Juan Rey
Fotografía: Alejandro Resendi

Desde las mismas fuentes donde toma el profesor Nicolás Núñez sus ideas, inspiraciones, procesos creativos, retroalimentaciones, producciones, fabricaciones espirituales, artísticas y humanas, nace la concepción de “Mandala”.

MANDALA M1

Viéndolo desde la perspectiva de Núñez, en conjunción con el arte del teatro, el hinduismo, el budismo y la experimentación de uno mismo con el todo, es como se dan encuentros nuevos. Porque no estamos hablando de un teatro común en el que el espectador sea sólo un acto-pasivo, sino de uno que le pone situaciones de novedad con el actuar mismo, tanto de pensamiento como de acontecimiento.

Todo es utilizable en las representaciones: el cuerpo, el aire, los sonidos, la voz, la vista, el pensar, el tacto, los olores; hasta la nulidad de algunos sentidos con tal de hacer sobredimensionar otros para el beneficio del evento. Lo que detona todo tipo de resultados, ya sean fallidos o llenos de anuencia. La prueba ya de por sí sola vale para el maestro Núñez. Con él y su gente, y el público como otro actor-colectivo, se va volviendo en cada uno una experiencia genuina, vasta, lúdica.

MANDALA 2

A lo que hay que darle más cuantía es a la misma prueba por la que el teatro del maestro trata de llevarnos, de ahondarnos, de atravesarnos, de chocarnos —no es sencillo que la gente quiera romper sus espacios vitales o áreas limítrofes, pues casi siempre permanecemos resguardados, herméticos ante experiencias no sólo que nos sean nuevas sino misteriosas, que nos hagan desequilibrar.

El riesgo en esta teatralidad se encuentra en su contingencia misma, la cual logra desbloquear, destronar, desorientar a la concurrencia y otorgarle un tiempo que tal vez ésta no se da en su existir cotidiano. Es aquí donde el arte del teatro logra su otro cometido: volver atemporal el transcurrir de los actos, las acciones, los sucederes y sucesos.

Pasarnos —literalmente— de las representaciones, a lo épico, de ahí a lo mítico, para pasar por el ritual y volvernos solamente energía que se vuelca al mundo, al cosmos, al orbe, al espacio, al sin-fin, a la nada, a un vacío donde puede re-crearse una y otra vez de múltiples maneras. Es cierto que este tipo de teatro no tiene los adeptos tan masificados. Algunos buscan entretenimiento, desahogo, distracción, ocio, diversión; otros, algo más, más allá del simple sosiego.

Siempre habrá peligros, he ahí la magia.

MANDALA F

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