Hay que apoyar al manga mexicano” versa el meme que un día apareció en mi pantalla: varios ejemplares de Chambeadoras pa’ servirle a usté están ordenados sobre una mesa de voceador, quizás para su reventa. En todo caso, más bien se trataría de “hentai” porque las Chambeadoras son revistillas pornográficas, que en el fondo comparten con el “manga mexa” estereotipos muy definidos y una carga erótica machista.

Muchos de estos “cuentos”, como se les ha conocido en México desde sus inicios a las historietas, han girado en torno a tipos establecidos dentro de la sociedad y a una moral binaria, más bien religiosa, entre lo bueno y lo malo, lo privado y lo público, lo bien y lo lumpen (incluso étnico), lo recatado y lo meramente puerco.

Esta tipología social se halla lo mismo en los “cuentos” tipo Sensacional, es decir, títulos como El Libro Vaquero, El Sensacional Policíaco, El Libro Semanal, el Sensacional del Barrio, y un enciclopédico etcétera, que en el pornocómic de Acá los maistros, Almas Perversas, Chambeadoras, ¡Así soy! ¿Y qué? y otro cuantioso etc. Al final, la diferencia es que en uno aparece sexo explícito (a veces con miembros y fluidos exagerados) mientras en el otro se vela con un dejo de romanticismo rancio con torsos desnudos. No más.

Desde su aparición, se anclaron en lo más profundo de la cultura popular mexicana. Han sido, desde siempre, divertimento para la gente “de a pie”, ese espectro amplio que puede ir desde un macuarro, albañil, plomero hasta una recepcionista, caprintero, diablero y una lista de profesiones similares, por “bajas”, ¿O quien más puede leer semejantes cosas teniendo libros de autoayuda o Best Sellers al lado, no se digan fascículos de filosofía clásica?

En una sociedad clasista, como la de México, a lo “popular” se le suele restar importancia para considerarse naco, indio o sucio… sin clase. En el caso de estas publicaciones, los lectores también son encasillados bajo los mismos adjetivos, ante los ojos de un sector con mejor posición social y educativa, más preparado, más nice.

En este contexto, resulta irónico (guradando proporciones) que historietas como La Familia Burrón o Kalimán, igualmente “populares” en su época, hoy sean de culto, mientras que los Sensacionales buscan alejarse del ninguneo intelectual–académico–clasista (el caso del Libro Vaquero que ha publicado números especiales con guiones de novelistas como Yuri Herrera o Jordi Soler).

“Lo naco es chido”, diría la Botellita de Jérez, pero qué tan naco, pues el pornocomic aún se ve desde la lejanía culta, ya que sólo las clases más bajas, que sepan leer, los compran para excitación propia o grupal.

Cuando de niño visitaba al médico era común que apareciera un voceador de juegos (ya sabes: sopas de letras, crucigramas, las primeras apariciones de los sudokus) por los pasillos de nuestra respectiva clínica del IMSS. A éstos, aquel delgado joven sumaba cuadernillos para colorear, complementados por una caja de crayones. Así, el tedio provocado por una espera de poco más de tres horas (en promedio) aminoraba para mamás y críos en un ambiente familiar como es ir al doctor.

En ocasiones, al regresar caminábamos hacia la casa en vez de tomar el microbús. En el trayecto, siempre hubo un puesto de cuentos” que llamaban más mi atención que el Winnie Pooh o el personaje fílmico de novedad para colorear: librillos cuadrados, en sendas pilas, que mostraban en portada a vaqueros acompañados por mujeres de senos y caderas frondosas. Pilas al fondo, las caricaturas se tornaban aberrantes mas no poco atrayentes: mujeres con chichis grandotas acompañaban a “galanes” de caras torpes o, si aparecían en grupos, a machos gallardos bien parecidos (aunque al estilo cómic gringo).

Eran los 90, tiempo del nacimiento del naco – prole en Televisa; del kitsch ochentero mezclado con el gusto extravagante de vestidos feos y brandy Presidente en las mesas quinceañeras; de la techno cumbia y la quebradita; de Mario Besares pidiendo clemencia a Paco Stanley por lanzar bolsitas de perico en TV abierta; del Perro Bermúdez narrando zambombazos; de la mera extravagancia mexicana.

Sin embargo, estos “cuentos” de tendencia macho-erotizantes, cuya existencia recién concebía, nacieron hace 40 años, a finales de los 70, durante el inicio de la decadencia del Milagro Mexicano y al mismo tiempo que el cine de Ficheras que, culto o inculto, escaló las esferas institucionales mexicanas (cof cof Sasha Montenegro). No obstante, el pornocomic se emparenta mejor con la Sexicomedia Mexicana, o sea las películas del Tun Tun y Alfonso Zayas, colmadas de albures y chistes colorados, desnudos y, en ocasiones, porno al estilo (guiño guiño) Golden Choice en madrugada.

Cifras no oficiales calculan que en el año 1977 se editaban, en conjunto, 70 millones de historietas y fotonovelas. Aunque no se especifica, parece que ésta cifra es de publicaciones anuales. De cualquier forma, con ello alcanzaba, en teoría, para que cada mexicano tuviera en sus manos más de un ejemplar (64.3 millones de habitantes había entonces), que, seguramente, después intercambió o vendió para el gusto de otros.

Resulta innegable que los cuentos educaron sentimental y socialmente a algunas generaciones, pues su precio era muy bajo y cabía en cualquier bolsillo, por lo cual bien podían observarse en el micro, el metro, la base de taxis o el mercado, y varíaban según el interés de cada lector: una de vaqueros, un romance cursilon erotizado, o bien, uno más cahchondon mientras se esperaba a Manuela.

Además, sus estructuras temáticas y narrativas hacen al “manga mexa” digerible para cualquier lector, a través de una clave en melodrama. Para algunos, sus bases narrativas son de principios del siglo 19, las cuales  prácticamente se pueden reducir a tramas de persecución, reconocimiento o traición, o bien, a tópicos como el castigo, el retorno del hijo pródigo, la venganza, etc, aderezados por la bondad, nobleza, justicia, abnegación, culpa, entre otros. Sí, como las novelas que veías con tu jefa (o por gusto).

Un día de ocio, ingenuamente, decidí buscar aquella enorme mesa de cuadernillos de mi infancia “sólo pa’babosear”. Al llegar, encontré un puesto atiborrado de revistas viejas de todo tipo y algunos Best Sellers olvidados. Los “cuentos” se limitaban a algunas decenas, la mayoría pornocomic e incluso fotonovelas porno. “¿Todavía los compran jefe?” “A veces, pero ya no tanto, pocos los buscan. Por eso los dejaron de publicar”. Me respondió el revendedor. En ese momento una señora se acercó a preguntar por sopas de letras, tomó varias “Ya tenemos para entretenernos en la semana” le dijo a su nieto mientras se alejaban.

Resulta curioso como aquel meme generaliza, a partir del término “manga”, a todos los “cuentos” al mismo tiempo que muestra ejemplares de uno de los pornocómics mexicanos más emblemáticos, aunque no es del todo errado.

Las mujeres serán el centro de todo cuento. Si bien en los pornocómics aparecen con una pasión desmedida, calientes, promiscuas y sumamente abiertas (pero sólo en cuestiones sexuales), también viven la pasión al amar, el sufirmiento cuando son engañadas, o bien, la culpa por lo que ocurre en su entorno del mismo modo que las protagonistas de El Libro Vaquero o El Libro Semanal. Siempre para satisfacción de la sociedad machista que las lee: son engañadas por hombres pero salvadas por ellos

En ambos casos, el empoderamiento femenino existe, aunque a medias: después de sobrellevar una vida tortuosa, las mujeres suelen ser acogidas por hombres buenos para al final depender de éstos; la búsqueda de un hombre que las proteja es común, sobre todo si son madres solteras pues parece que es la única forma de sobrevir; también, la mención de la virginidad como “tesoro” resulta frecuente y sólo un hombre gallardo podrá “obtenerlo”.

Por el contrario, cuando no son virtuosas, abnegadas y sumisas, se les presenta como mujeres liberales, “malas” en su mayoría, que no son de familias rectas, cuzcas que sufren hasta que abren los ojos al bien y enderezan el camino, o hasta que caen en garras de las drogas, la cárcel o la muerte. Esto se aprecia de más claro en los pornocómic, sirva de ejemplo un número de Almas Perversas titulado, a manera del Alarma, “Bella y desequilibrada: usaba su buen porte para propagar un virus mortal”:

Una joven “logra” casarse luego de muchas aventuras con hombres que la abandonan después de “poseerla”. Sin embargo, un día encuentra en su cama a su esposo con su mejor amiga; en lugar de llorar, como siempre, decide asesinarlos cruelmente; sangre por las sábanas; huye.  

En días posteriores descubre que tiene VIH. En un afán de venganza contra los hombres, caza amantes en el metro entre arrimones consensuados y cogidas de callejón. Es atrapada por su caza vengativa; después, se le acusa por el “homicidio pasional”, no siente culpa.

En la cárcel uno de sus tantos cazados, el único que la había amado pero no fue correspondido, muere en una silla de ruedas frente a su celda, victima del virus. Narrador enfatiza el remordimiento que le acompañará hasta la tumba.

En general, se trata de una visión macha (mujer–hombre, nunca hay referencias a la comunidad LGBTTI (infinito), aparte del “lesbianismo” propio del porno) y moralista. En todo momento conservadora de las buenas costumbres, aunque normalice prácticas como la violación y el acoso de cualquier tipo, los golpes a las mujeres, la venganza y el asesinato, además de otras como el clasismo y el agandalle.

¿Podría decirse que se trata de apologías? Los editores advierten, en todos los números, que no fomentan éstas prácticas, además de utilizar la consagrada “Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”. Los cuentos son ficticios pero en nuestro México lo que antes parecía una de vaqueros ahora podría ser real: imagen con cuerpos lacerados y harta sangre viscosa junto a ellos ¿Dibujo de cuento o foto de El Gráfico?

Además, la deformación del cuerpo de la mujer, su exageración y cosificación, son visibles por todos lados, ya Sensacionales ya pornocómics, aunque no son propios de estas publicaciones. Es más, podría ser un estética arraigada en la picardía mexicana; por ejemplo, las edecanes de La Hora Pico, aquel programa realizado por el buen Miguel Galván, a.k.a La Tartamuda, llevan una obvia similitud con los esteretipos del “cuento” mexicano (y la sexicomedia del Zayas) de finales del siglo: cuerpo bien torneado, frondoso y en ocasiones exagerdado (cof cof Sabrina Sabrok), acompañado por albures y chistes rojos.

Más que condenar, obviar, o juzgar el contenido de estos “cuentos” (pornos o no) hay que observar cómo sus estructuras no son propias ni viejas sino que aparecen en la mayoría de medios de entretenimiento “populares” mexicanos: telenovelas, programas de revista o de sketchs, cine, revistas de life style o periódicos amarillistas del siglo 20. Unas pueden escalar a Hollywood (cof cof Eugenio Derbez) y otras ser relegadas a las verdulerías o el metro: sitios “sucios”, “nacos” y “gachos” que la mayoría hemos transitado

¿O a poco, en nuestros gloriosos noventas, nunca vieron Puro Loco, Otro Rollo, XHDerbez, La Hora Pico na’más pa’babosear? Si no, la neta es que les falta barrio, pero el tenerlo tampoco hace mejor a alguien: cuestiones de horizontes, nada más.

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Mario Castro

Mario Castro

Latinoamericano verborreico. Fotógrafo. Escribidor de debrayes. Corrector de horrores lingüísticos. Editor en veces. No alimentar con tristezas a este sujeto.

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