Por Daniel Centeno Maldonado

El Paso, Texas, 15 de noviembre de 1966. La puertas del cine Capri del centro de la ciudad están salpicadas de gala. Unos reflectores gigantes trazan de luces la noche. La alfombra roja se encuentra extendida sin una arruga. El alcalde, el jefe de policía y otras tantas personalidades de la comunidad fronteriza viven su momento de glamur. Posan con sus mejores trapos ante los reflectores y el rumor del populacho. Una limosina llega a la boca del teatro y deja al responsable del evento: Harold P. Warren (1923-1985). La euforia es total. Otra limosina hace lo mismo con algunos de sus actores. Otra llega al poco tiempo con parte del equipo. Y otra aparece en unos minutos con más gente. Todo transcurre como el típico estreno cinematográfico, salvo por un pequeño detalle: la limosina tiene la misma placa que todas las demás.

Algo más allá de la magia del cine se estaba gestando…

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Premier de Manos, 1966, El Paso

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“Nosotros, el resto de los actores y técnicos, nos encontrábamos a la vuelta de la esquina”, explica Bernie Rosenblum en el documental Hotel Torgo (2014). “La limo nos recogía por grupos. En ese momento fue cuando supimos que estábamos en serios problemas”.

Tampoco es tan peregrina la explicación: el líder de la tropa no tenía suficientes fondos para cubrir un transporte diferente para cada uno de los responsables de su primera película como creador: Manos: The Hands of Fate (1966). Y este detalle pícaro y casi cristiano de la multiplicación de limosinas se le perdona; pero no el resto de lo que sucedió en esa premier: después del panegírico hecho por el sheriff, el rollo arrancó a proyectarse; la única niña actriz en la película (Jackey Neyman Jones) comenzó a llorar en cuanto comprobó que su voz la había doblado una anciana o algún engendro; el público calló en los primeros minutos del disparate que estaba presenciando y luego comenzó a estrellar zapatos hacia la pantalla; los dignatarios locales y parte de los responsables de Manos se escurrieron de la sala como el agua en las alcantarillas; y una mujer mayor cayó a carterazos a Warren por el final un tanto pedófilo de su película de terror ciento por ciento paseña. Para resumir: la humillación fue total.

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¿QUÉ PASÓ ACÁ?

Esa es la gran pregunta que sigue haciéndose la gente desde entonces. Por eso viajan a la semilla en busca de respuestas. Y habría que entender esa travesía como una indagación hacia el buen Hal. Porque éste debía ser un tipo como cualquier otro: soñador, con ganas de hacer algo y quién sabe si de esos que prometen imposibles después de haber ajusticiado algunas botellas rodeado de amigos. Con la diferencia de que sus juramentos no caían ni cayeron en saco roto, como suele suceder en la vida real.

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Hal Warren, ya se dijo, era un hombre entusiasta. Se le conocía como un habitual de la escena teatral de El Paso, capaz de escribir libros y obras escénicas que solo él conocía. Vendía fertilizantes para vivir, y fue gerente de la compañía de seguros American Founder’s Life Insurance, pero sus miras iban a más. Todos los estudiosos coinciden en afirmar que Manos: The Hands of Fate nació de una apuesta que hizo en un café de Texas. Fue nada menos que a Stirling Silliphant (1918-1996, guionista ganador de un Oscar por En el calor de la noche). Y la prueba fue la siguiente: demostrar que cualquiera era capaz de hacer una película de terror exitosa con muy poco dinero y ningún conocimiento cinematográfico. Silliphant quizá le dijo que estaba loco, que era imposible, y Warren le restregó en la cara su equivocación con una prueba incontestable de su talento: la sinopsis y principio de su historia escrita ipso facto en una servilleta.

El resto fue aún más sencillo para el vendedor. Se trataba de buscar los fondos, la cámara, las locaciones, demás aparatos, vestuarios, intérpretes, técnicos, animales y quien sabe si un manual para dummies, por si se le ofrecía. Los 19 mil dólares con los que contó los juntó entre donaciones de sus vecinos y amigos. A los actores los sacó de los teatros locales y de la escuela de modelaje Mannequin Manor. (A ninguno le pagó, más bien les prometió pingües porcentajes sobre el dineral que iban a recaudar con su ingenio). La locación fue un rancho de Socorro prestado por el entonces abogado Colbert Coldwell. Y quién demonios sabe de dónde sacó Hal Warren la cámara Bell & Howell de 16 milímetros con la que encaró su ópera prima.

LUCES, CÁMARA, ACCIÓN

Quien diga que El Paso no es un sitio raro no conoce el lugar, ni su historia. Manos: The Hands of Fate da para volúmenes enteros sobre la peculiaridad de este universo texano. La misma trama parece salida de un alucinado de postín: un matrimonio con una hija pequeña elige El Paso para sus primeras vacaciones; se pierden, entran a un hotel atendido por un sátiro y se ven envueltos en serios problemas con una secta liderada por un líder que llaman “El Maestro”, quien a su vez idolatra a un ente diabólico (¿?) con forma de mano.

Pero el cine de autor tiene ésa y otras florituras. Si se saben colocar las cámaras, las luces, los micrófonos y se domina la continuidad, cualquiera puede jugar a ser un Buñuel o Lynch. Cualquiera… menos Hal Warren.  Porque si algo tiene Manos es el homenaje a la ineptitud en casi todas sus formas, pelajes y disciplinas. Aquí solo se mencionarán algunas pocas, por cuestiones de espacio: el actor John Reynolds (Torgo) hizo toda su interpretación bajo los efectos de alguna droga de las bravas, nunca se dice en el filme que es un sátiro; los actores y objetos aparecen y desaparecen de plano sin explicación; hay personajes y situaciones que no tienen relación con la historia principal; las tomas nocturnas suelen ser desenfocadas y llenas de insectos voladores; la voz siempre llega después del movimiento de labios; los intérpretes miran a la cámara y olvidan sus frases; la claqueta aparece en algunos instantes; la música brota sin lógica aparente; la noche y el día se confunden en las tomas de una misma secuencia; los saltos de eje son constantes; parte del equipo técnico sale en los cuadros; se mezcla el material de archivo con otro amateur; el metraje se caracteriza por silencios incómodos entre sus actores; el maquillaje, las escenas de acción, todo, realmente todo, es un desastre.

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¿Explicaciones? Muchas. Warren le ocultó a gran parte del equipo que su camarita alquilada solo podía filmar 32 segundos de un tirón, y a mano. Tampoco les dijo que no registraba sonido. Las luces no eran tan potentes, por lo que muchas escenas nocturnas perdían visibilidad o se arreglaban con soluciones muy borrachas en la historia. Bernie Rosenblum, Neyman Jones y Richard Brandt (este último el mayor experto sobre la película) cuentan que Warren, el Orson Welles de El Paso —fue el director, el escritor, el productor y el actor protagonista de su creación—, solo hacía dos tomas de cada plano. En cuanto intuyó parte del desastre que se le venía encima, algunos integrantes del equipo, un tanto molestos por la desconsideración e ínfulas del realizador en los dos meses y medio de verano que duró el calvario, le hicieron creer en la magia de la sala de edición para enmendar errores. Y, como esa magia tampoco es que exista a ese nivel, la película terminó editada a lo bestia y con dos mujeres y dos hombres (Hal incluido) que doblaron a la totalidad de las voces de los personajes.

Por esa y otras tantas razones, Manos estuvo por un tiempo casi medido por milésimas de segundos en el teatro Capri, en algún sitio de Las Cruces, Nuevo México, y en el autocine del área que tuviera la valentía de proyectarla. Warren no desistió ante la adversidad y escribió otro guión para enmendar su falta: Wild Desert Bikers. Nadie quiso apoyarlo. Lo transformó en una novela de nombre Satan Rides a Bike, y tampoco tuvo éxito al intentar publicarla.

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Con el tiempo Hal desistiría de sus empresas y esperaría a que la muerte viniera por él. Lo hizo el 26 de diciembre de 1985, cuando tenía 62 años, los últimos aquejado por problemas cardíacos y un cáncer de pulmón. Lo hizo con más pena que gloria. Y ya se sabe que el ser humano perdona pero no olvida. Por eso la maldad que tanto abunda en este triste mundo intentó que Manos: The Hands of Fate desapareciera para siempre de la historia del cine.

Y casi se logró el cometido.

EL AVE FÉNIX

Humillados y ofendidos, todos los implicados en la película no quisieron reconocer haber participado en ella. Las esperanzas de hacer carrera en Hollywood se les esfumaron, al igual que la de los beneficios que recibirían en taquilla. Cundieron las leyendas urbanas: que los porcentajes prometidos por Warren a su gente sumaban el 300 y dale por ciento, que el temprano suicidio de John Reynolds fue debido a Manos, que otros personajes del elenco desaparecieron en extrañas circunstancias, que El Paso quiso olvidar el episodio en su historia como quien padece los efectos de una resaca con licor barato.

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A casi 25 años del desastre los guionistas del programa televisivo de burlas a malas películas, Mystery Science Theater 3000, recibieron una caja con algunos tesoros. Entre los rollos reposaba el opus magnum de Hal Warren. En cuanto la pusieron a rodar no creyeron lo que tenían ante sus ojos: la mejor comedia inintencionada de la historia del cine. Por eso compartieron la experiencia el 30 de enero de 1993, cuando la película fue vista en el que se convertiría en el más popular de los episodios del programa de la cadena nacional Comedy Central.

El delirio fue total.

Una generación de fans nació al instante. Todos se encariñaron con la película, que terminó por bautizarse como la peor de todos los tiempos. La adoración al fugaz Reynolds fue el equivalente en la cultura basura a la del malogrado James Dean. Se lanzaron DVD`s, salvapantallas y hasta se hicieron musicales y obras de teatro inspiradas en Manos.

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La gente fue en tromba a dar con los sobrevivientes de la película. Unos canadienses hicieron en 2005 el documental Hotel Torgo, que contó con declaraciones de Rosenblum, Brandt y Colbert. Su misión solo buscaba una respuesta ante la única pregunta posible sobre el despropósito fílmico: ¿Por qué?

Pero una de las mayores pruebas de amor hacia Manos fue la de Ben Solovey. El joven camarógrafo de 26 años consiguió una copia en 16 milímetros y se propuso restaurarla. Hizo una colecta pública de 10 mil dólares en Kickstarter que superó los 48 mil. Él fue el responsable que a cinco décadas del episodio de la limosina del cine Capri, la ciudad natal de esta cinta volviera a presentarla con todos los honores posibles. La cita fue a pocos metros de su primer estreno, en el Plaza Theater, con buena taquilla, gente disfrazada de algunos personajes y la presencia de Jackey Neymar Jones, quien calificó el filme como un buen manual de todo lo que no debería hacerse en el cine. Además comentó que se encontraba en la culminación de un libro testimonial sobre su participación en el rodaje, habló de su papel en la secuela que se realizó en Socorro hace algunos años, The Search for Valley Lodge, y sobre el fenómeno en el que se ha convertido una película que desde tiene juego propio para Ipad. Si esa noche Neymar Jones hubiese llorado, como lo hizo en el estreno, sus lágrimas hubieran sido tan dulces como la miel.

Quizá en algún lugar del infierno Hal Warren ya se haya ganado el derecho a vivir en la paila más cómoda.

Editor Yaconic

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